Eunucos en el Cristianismo

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Eunucos en el Cristianismo

Eunucos en el Cristianismo antiguo: ¿Santos o locos herejes?

La Historia del Cristianismo antiguo está plagada de fenómenos a menudo escalofriantes y macabros, como la difusión de la castración como vía de santidad.

Los primeros siglos del Cristianismo, aquellos que median entre la muerte de Jesucristo y la consolidación de la religión fundada por sus Apóstoles entre los siglos I al IV d.C., fueron tiempos convulsos, nebulosos, caracterizados por numerosas paradojas y rarezas dentro del seno de la Iglesia, difíciles de estudiar desde un punto de vista científico, pero realmente fascinantes, incluso sobrecogedoras.

La obsesión por el pecado

Esta etapa fundamental para la conversión del Cristianismo en una religión sensu stricto, sobre todo tras el edicto de tolerancia del 314 (Edicto de Milán, de Constantino el Grande), y la proliferación de las primeras órdenes monásticas, es una de las fases más interesantes de la Antigüedad Tardía, llena de claroscuros y fascinantes peculiaridades.

Sobre todo, dada la existencia de ciertos fenómenos sociales y culturales en el mundo romano cristianizado, ligados con la religión, o mejor dicho, con ciertas interpretaciones sesgadas o distorsionadas de determinados pasajes bíblicos, y que llevaron a la aparición de ciertas prácticas pías ascéticas que, en un afán excesivo por huir del pecado y la tentación, acabaron degenerando en actos puntuales pero tan macabros como la castración de muchos varones cristianos piadosos.

Numerosos jóvenes cristianos, obsesionados con las ideas de pureza, la castidad, y el rechazo de las tentaciones, llegarían a límites tan inimaginables como la castración, entre los siglos II y V d.C.

La castración como vía de santidad

Para la justificación de tales prácticas, evidentemente sangrientas y brutales pero vinculadas a una búsqueda de métodos totales de asegurarse un lugar en el cielo, huyendo de los vicios de la carne y, concretamente, del pecado de lujuria, aquellos individuos se basaron en diversas interpretaciones parciales o exageradas de los Evangelios, especialmente en el famoso pasaje de Mateo, XIX, 12, en donde Jesús afirmaba que "Hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda."

Probablemente a causa de ciertas influencias gnósticas, la autoemasculación pudo ser entendida por algunos cristianos como un acto de máxima piedad, así como una demostración práctica de su desvinculación del mundo terrenal. El cuerpo, con sus vicios, era visto frecuentemente como una mera carcasa para contener lo único realmente inmortal del hombre, su alma. Pero a la vez ataba a ésta al mundo, obligándola constantemente a lidiar contra las tentaciones, por ejemplo, del cuerpo femenino.

El mártir y apologista cristiano Justino (ca. 114-168 d.C.), recogía en un escrito el caso de un mozalbete cristiano de Alejandría, que solicitó al gobernador romano permiso para ser castrado, petición que fue denegada, puesto que la castración había sido prohibida por la Ley romana, pero con la que, según Justino, el joven trataba de demostrar públicamente su elevada moral cristiana y anular cualquier sospecha sobre su supuesta promiscuidad.

Este es solo un ejemplo entre muchos. Aquellos cristianos tan rigoristas querían a toda costa asegurarse un dominio absoluto del cuerpo, lo que les llevaría a decisiones tan radicales como la emasculación, bien realizada por otras personas, bien por uno mismo, a veces sin demasiada reflexión previa sobre las consecuencias a posteriori.

La castración pronto llegó a convertirse en una práctica muy extendida en el Cristianismo antiguo. A comienzos del siglo III, aparecieron incluso algunos defensores radicales de la autocastración en este contexto, como Sexto, autor de un interesante libro de carácter moralista, en donde veía la castración como un medio óptimo para alcanzar la perfección cristiana. Aquellos partidarios de la castración veían en ella una prueba indiscutible de la predisposición espiritual del castrado hacia la santidad o, cuando menos, hacia la vida casta y pura.

No obstante, se reconoce una notable paradoja dentro del mundo cristiano, pues mientras algunos obispos veían bien aquella actividad, alabándola o habiéndose ellos mismos convertido en eunucos, otros, los detractores -que suponían la inmensa mayoría- la deleznaban y prohibían rotundamente en sus comunidades, entendiendo la emasculación como una actividad cruel, inhumana y dañina para con el cuerpo, dado íntegro por Dios, o bien como todo lo contrario a una verdadera vía de santidad, pues aparte, suponía una anulación del sacrificio que implicaba la renuncia de forma natural al pecado.

Eunucos en el Cristianismo

Defensores cristianos de la autocastración

Muchos monjes, que debían llevar por fuerza una vida distanciada del mundo, se contarían entre los más preclaros defensores de la automutilación de los genitales, vista como forma radical de asegurarse dicho alejamiento del plano terrenal, de los vicios de la carne pecaminosa.

Llama la atención al respecto el caso de los monjes valesianos de Transjordania, mencionados en el célebre tratado Panarion (378 d.C.), escrito contra las herejías de Epifanio de Salamina, oscuro grupo de monjes en cuya hermética comunidad la autocastración era entendida como único medio válido de ascender al los Cielos, y por tanto como absolutamente obligatoria.

Esto, unido al hecho de que, en su exagerada obsesión por salvarse no solo a ellos mismos, sino a los demás mortales del pecado, acababan castrando por la fuerza a cuantos desdichados varones se acercaban, incautamente, a sus monasterios, acabaría costando a los valesianos su inmediata expulsión de la Iglesia oficial bajo acusación de herejía, y una mala fama de locos fanáticos sin parangón entre las comunidades monásticas de la época.

El famoso Orígenes de Alejandría, uno de los teólogos más importantes del Cristianismo del siglo III, se castró por voluntad propia tras la lectura del citado pasaje de Mateo, XIX: 12, con apenas 18 años de edad. Más tarde se arrepentiría de aquel acto que podríamos calificar de "locura de juventud", pero para entonces, ¡ay!, el mal ya estaba hecho y no había vuelta atrás.

El citado Epifanio de Salamina se manifestaría, por su parte, totalmente en contra de la castración, no solo por su carácter horrible -sobre todo cuando iba dirigida hacia pobres gentes que no querían perder su masculinidad-, sino porque, en su opinión, eliminaba el libre albedrío e imposibilitaba la vía natural de santidad, basada en que, teniendo un cuerpo completo y sano, se negaban los deleites de la carne.

Autor: Juan Antonio Cantos Bautista

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