El mundo está loco

Maltrato a las mujeres en el mundo

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Millones de mujeres son tratadas como mercancía y viven en condiciones feudales

Por increíble que parezca, a las mujeres de medio mundo les trae al pairo la equiparación salarial, la igualdad de oportunidades y la discriminación positiva, algunas de las reivindicaciones que se oyeron en Occidente el día de la Mujer Trabajadora. Para millones de mujeres resulta más acuciante luchar por sus vidas y las de sus hijos, decidir sobre su propia sexualidad y, sobre todo, conseguir ser tratadas como seres humanos, no como objetos o propiedades de los hombres. Una criada indonesia de 29 años ha sido condenada en los Emiratos Árabes Unidos a morir lapidada, una de las ejecuciones más crueles y degradantes, si es que hay alguna que no lo sea; su “delito”: haber cometido adulterio. En la Edad Media se quemaba a las brujas; en el año 2000 las adúlteras son muertas a pedradas.

Y, como en la edad media, la vida de las mujeres vale menos que la de los hombres. La Unicef sostiene que en sociedades rurales de países subdesarrollados más de un millón de niñas mueren asesinadas por sus padres cada año “por el sólo hecho de haber nacido mujeres”. Kartin Karikender, la “adúltera” condenada a la pena capital, se sumará a una larguísima lista si su ejecución se lleva a cabo. Su amante, por cierto, fue absuelto. Según Amnistía Internacional, “a diario mueren más mujeres y niñas por discriminaciones y violencia sexuales que por ningún otro tipo de atentado contra los derechos humanos”.

Una reciente denuncia de la organización no gubernamental francesa Plan Internacional France recordaba que 6.000 niñas de entre cuatro y doce años sufren cada día ablaciones de clítoris y otras mutilaciones sexuales, una práctica ancestral que afecta a 130 millones de mujeres, sobre todo en una veintena de países de África y en algunos de Asia y Oriente Medio, aunque ya ha habido casos entre inmigrantes de Norteamérica y Europa. En España ha habido sospechas, aunque nunca se confirmaron y no fueron a juicio.

Las tasas de analfabetismo son mucho más elevadas entre las mujeres que entre los hombres. El problema es especialmente grave en el Tercer Mundo. Llevar pantalones puede costarle 50 latigazos a una mujer en Sudán. En Afganistán, donde además les está vedado el disfrute de la sanidad, la educación y los transportes públicos por el terrorismo religioso de los talibanes, las mujeres que osan mostrar el tobillo -¡el tobillo!- o que son sorprendidas con zapatos “inadecuados” también son azotadas en público. En la opulenta Arabia Saudí conducir un coche puede suponer ir a prisión si quien conduce es una mujer. Las discriminaciones y situaciones injustas, sin embargo, no conocen fronteras ni rentas per cápita. Ningún rincón del mundo, por ejemplo, se escapa a la violencia doméstica.

El estudio “Los derechos humanos, un derecho de la mujer”, publicado por Amnistía Internacional, sostiene que “en algunos países los maridos tienen derecho a pegar a sus mujeres, en muchos pueden hacerlo sin temor a ser castigados, y son innumerables los países donde este problema no recibe un tratamiento serio”. Cada año, centenares de mujeres son desfiguradas en Paquistán y el norte de India por ataques con ácido a manos de novios o maridos despechados. El segundo de estos países admitió en 1992 más de 4.700 muertes por disputas relacionadas con las dotes (5.000, un año después).

En Irán, donde a las mujeres ni siquiera les dejan fumar, el lesbianismo puede castigarse con la muerte, como en muchos otros Gobiernos teocráticos. Estas historias, como la de la “adúltera” Kartin Karikender, no deben hacer olvidar que también en el mundo desarrollado el Estado se mete a veces en la cama de sus ciudadanos. Las relaciones entre adultos del mismo sexo, mantenidas en privado y con mutuo consentimiento, reciben penas de prisión en Arkansas, Kansas, Tennesse, Montana y Missouri, lo que constituye, entre otras cosas, un grave pisotón a la libertad y al derecho a la intimidad. Organizaciones no gubernamentales como Human Rights Watch han denunciado que las mujeres encarceladas en Estados Unidos sufren una doble victimización: por su condición de presas y de mujeres. El Departamento de Justicia reconoció en 1993 “abusos sexuales generalizados” entre las internas de una cárcel de Georgia; una veintena de funcionarios fueron destituidos.

Ya sea en la cárcel o en cualquier tipo de situación extrema, las mujeres siempre tienen más posibilidades de recibir por partida doble. En 1993, el entonces secretario general de la ONU, Butros Ghali, denunció que “algunos estados han encontrado en el uso sistemático de la violencia sexual contra las mujeres un arma de guerra para degradar y humillar a poblaciones enteras”. Esta infame táctica militar ha sido empleada, por no aburrir al lector con un recuento interminable, en la ex Yugoslavia, Ruanda, Kuwait, Liberia, Sierra Leona, Timor Oriental, Dibuti, Somalia, Argelia, Chechenia… Sostiene Amnistía Internacional que, digan lo que digan los tratados internacionales, los cuerpos de las mujeres son considerados todavía hoy botín de guerra.

También en la edad media los vencedores violaban a las mujeres del bando contrario. El tiempo parece no contar para según qué cosas. Y mientras los conflictos armados crecen, crecen los refugiados. Se calcula que ya son casi 25 millones; la mayoría, mujeres y niños. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la mujer data de hace tan sólo 21 años. Sus acuerdos son papel mojado en muchos países. Estados Unidos ni siquiera ha suscrito este pacto, como tampoco lo ha hecho con la Convención de los Derechos del Niño.

Millones de mujeres siguen malviviendo en condiciones medievales. Las refugiadas son más vulnerables. Como las presas, como las ciudadanas de zonas en guerra. No hace falta ir a Afganistán, que ocupa la última plaza de la lista de la ONU sobre desarrollo de la igualdad entre hombres y mujeres, para conocer casos de matrimonios forzados, venta de mujeres o condiciones de semiesclavitud, cuando no esclavitud lisa y llanamente.

Todo ello, en el año 2000.

Voces rescatadas del horror

Relatos en primera persona de culpables de no haber nacido hombres

Son sólo seis voces, seis denuncias de una mínima parte del problema. Faltan las de las casadas contra su voluntad, las mutiladas, las acosadas sexualmente, las vendidas, las forzadas a ejercer la prostitución, las víctimas de discriminación por razón de sexo, las que dan a luz entre desgracias. Son sólo seis voces. (Los relatos proceden en su mayoría de denuncias de grupos de defensa de los derechos humanos.)

IRÁN

“¡Abajo la tiranía! ¡Viva la libertad!”

En febrero de 1994, Homa Darabi, profesora de Psiquiatría Infantil, se arrancó su chador en una concurrida calle de Teherán, se roció de gasolina y se prendió fuego al grito de “¡Abajo la tiranía! ¡Viva la libertad! ¡Viva Irán!”. El acoso de los integristas islámicos la forzó a abandonar su carrera. Quiso que su muerte fuese una protesta en favor de la justicia.

ESTADOS UNIDOS

Presas obligadas a parir con grilletes

Estados Unidos se conmocionó en 1999 con el relato de una ex presa, Warnice Robinson, obligada a dar a luz esposada. El escándalo motivó que en Detroit se aprobara una disposición que prohibiera en todo el estado de Michigan inmovilizar a reclusas embarazadas, tanto antes del parto como durante el alumbramiento.

ETIOPÍA

“Estaba encinta, pero le daba igual”

“Éramos cuatro. Mis dos hijos, de dos y cuatro años respectivamente, nuestro guía y yo, que estaba embarazada de cinco meses. En el camino nos pararon dos hombres que nos preguntaron adónde íbamos. Cuando se lo dijimos, uno de ellos se abalanzó sobre mí, me tiró al suelo y me dijo: ‘Sin sexo, no pasaréis’. Me obligó a desnudarme y me violó delante de mis hijos. Sabía que estaba embarazada, pero le daba igual”. (Testimonio de una refugiada que huía de los señores de la guerra que devastan Etiopía.)

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