El mundo está loco

Negando el holocausto

Escrito por Pablo Capanna el . Publicado en El mundo está loco

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Increíblemente, en Europa y Estados Unidos existen grupos, autodenominados “revisionistas”, que niegan la existencia del Holocausto. Incluso hubo un juicio, iniciado por el “revisionista” David Irving y en el que declaró el historiador Eric Hobsbawm, que buscaba “demostrar” que el exterminio había sido efectivamente llevado a cabo. En esta edición de Futuro, Pablo Capanna analiza las implicancias del debate y examina la curiosa forma de razonar de los refutadores. Y explica por qué estos revisionistas justifican nuevos demagogos y hasta nuevos genocidios.

El 5 de mayo de 2002, un alarmante avance electoral del racista Le Pen consiguió sacar de su apatía al electorado francés y lo obligó a cerrar filas para contenerlo. Le Pen, que siempre tuvo a la xenofobia por eje de su discurso, ha minimizado más de una vez al Holocausto y suele calificarlo apenas como “un detalle de la historia”. Es una actitud que también se encuentra en el austríaco Haider y en otros exponentes de la ultraderecha xenófoba que se ha afianzado en Austria, Suiza, Bélgica, Dinamarca, Noruega, Holanda y Alemania.

Es inevitable que con el paso del tiempo la memoria colectiva se diluya, trivializando las mayores atrocidades y quitándoles su carga de horror, para convertirlas en tópicos escolares. Por eso es necesario recordar.

También es cierto que la investigación ayuda a poner en foco los hechos de cualquier proceso histórico, incluyendo el Holocausto. No hace más que ejercer ese legítimo “revisionismo” que está en la naturaleza de la ciencia, según el cual toda teoría es modificable a la luz de nuevas evidencias o de nuevas interpretaciones de los hechos conocidos.

Pero lo que no resulta legítimo es esa suerte de “pseudohistoria” que pretende invalidar todo lo que hemos metódicamente reconstruido, por lo general apelando a teorías conspirativas que pretenden revelar “eso que siempre nos ocultaron”.

Mientras ese revisionismo pseudohistórico se limite a decir que Cleopatra era negra, que los Templarios colonizaron la Patagonia o que los extraterrestres construyeron las Pirámides, no pasará de ser un atentado a la inteligencia, en cierta medida inofensivo.

Pero cuando llega a negar que haya ocurrido algo tan documentado como el Holocausto, que todavía cuenta con testigos y abrumadoras pruebas, la cuestión se torna mucho más peligrosa. El revisionismo del Holocausto ofrece justificación a nuevos demagogos y hasta justifica nuevos genocidios, como hemos visto no hace mucho con las “limpiezas étnicas” de los Balcanes.

¿Cuáles pueden ser los motivos y las “razones” para negar el Holocausto? Para el caso de aquellos racistas que no se atreven a reivindicar públicamente el genocidio, la intención parece ser de exculpar a los nazis por un crimen que sigue causando repugnancia en cualquier sociedad. En otros casos el fenómeno es más complejo: la Shoah y los otros genocidios nazis son algo tan desmesurado que para muchos resulta imposible de asimilar. Por eso algunos recurren a la negación como una defensa psicológica, levantando una suerte de bloqueo para evitar enfrentarse con los hechos. Por último, existen algunos casos que parecen competir más a la psicopatología, como lo revela su discurso paranoide y sus flagrantes contradicciones.

Los revisionistas

En abril de 2000 un tribunal británico condenó al historiador David Irving a pagar elevadísimas costas por un juicio que él mismo había iniciado contra Deborah Lipstadt. En uno de sus libros, la profesora de la Universidad de Emory lo había acusado de ser “uno de los más peligrosos negadores del Holocausto”.

Junto a Pierre Vidal-Naquet y Michael Shermer, Deborah Lipstadt está entre los intelectuales que han enfrentado a ese nuevo revisionismo que se empeña en trivializar al genocidio nazi. Por su parte, David Irving es lafigura que más méritos académicos reúne dentro de las dispares huestes del movimiento revisionista.

Irving no niega que los nazis hayan masacrado una enorme cantidad de judíos, pero afirma que el exterminio no fue sistemático. Al principio, afirmaba que Hitler no sabía nada del genocidio hasta el año 1943; luego llegó a sostener que ni él, ni tampoco Göring y Goebbels jamás firmaron ninguna orden de exterminio. En 1977 llegó a ofrecer una recompensa de mil dólares para quien probara lo contrario, pero luego prudentemente optó por retirarla.

Sin formación universitaria, el autodidacta Irving no deja de ser reconocido como autoridad en la historia de la Segunda Guerra Mundial. Niega que hayan existido seis millones de víctimas del Holocausto y descarta que el gas Zyklon B fuera usado para matar. Cuando en 1992 sostuvo que la reconstrucción de la cámara de gas que se exhibe en Auschwitz era “un fraude”, fue expulsado de Alemania y más tarde de Italia, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, en todos los casos por orden judicial.

Sin embargo, pese a la notoriedad que le dio el juicio de Londres, Irving no es la figura principal del movimiento. Su laboratorio ideológico, el IHR o Instituto del Revisionismo Histórico, funciona en California.

El IHR nació gracias a una donación de una nieta de Edison y durante quince años fue dirigido por Tom Marcellus, un ex militante de la Iglesia de la Cienciología de Hubbard. Después del atentado que sufrieron sus oficinas en 1985, sus autoridades se han hecho más discretas. Actualmente el instituto es dirigido por el historiador Mark Weber, que niega ser neonazi aunque en otro tiempo ha sido un militante de la “supremacía blanca”. Entre las numerosas publicaciones del IHR abundan las apologías del nazismo. Un ejemplo clásico es el libro Imperium (1992) de Francis Parker Yockey: dedicado a Adolf Hitler, niega la evolución, opina que el darwinismo nos ha embrutecido y considera “parásitos” a negros, judíos y comunistas...

A pesar de que sus dirigentes se presentan como perseguidos y acusan penurias, el IHR parece contar con abundantes subsidios. Hace años ofreció una recompensa de U$S 50.000 para quien probara que hubo un solo judío gaseado en Auschwitz. El premio se lo llevó un sobreviviente del Lager llamado Mel Mermelstein, quien en un gesto de propaganda fue agraciado con U$S 40.000 más, como “resarcimiento moral”.

Otro exponente del revisionismo es Robert Faurrisson, un profesor de literatura de Lyon que tuvo que dejar sus cátedras por sus posturas racistas y suele desafiar a que le den “una sola prueba” de que las cámaras de gas fueron usadas para aniquilar. Pero también hay personajes como Ernst Zündel y David Cole.

Los delirantes

El más grosero de los negadores es sin duda el pintor comercial Ernst Zündel, un sexagenario alemán que vive en Canadá. Abiertamente neonazi, Zündel se propone “rehabilitar al pueblo alemán” denunciando el “fraude” perpetrado por los judíos. Como buen antisemita, Zündel no deja de decir que la mayoría de sus clientes son judíos y hasta que una vidente judía le auguró un gran destino. También escribió un libro donde “demostraba” que los ovnis son armas secretas del Reich, cuya base estaría en la Antártida.

Sin embargo, entre los revisionistas hay gente aun más increíble. Es el caso de David Cole, hijo de madre y padre judíos, que fue militante trotskista y asumió la “causa” del revisionismo en un intento casi adolescente de provocar al establishment mundial. Cole proclama que el “Holocausto” es tan sólo una abstracción creada por los judíos para hacerse compadecer y justificar al estado de Israel. En la Guerra Mundialno hubo genocidio sino muertes “naturales” y algunas ejecuciones aisladas, suele afirmar.

Este año se conoció la película The Believer, que fue premiada en el Sundance Festival. Quizás nos ayude a entender a Cole, porque la historia que relata se inspira en una esquizofrenia aún más aguda; el caso (real) de un judío devoto de los sesenta que por las noches militaba en el Ku Klux Klan...

La contabilidad del horror

Entre los historiadores académicos del Holocausto existen dos escuelas. Según la interpretación “intencionalista”, el exterminio fue planeado y ejecutado deliberadamente. Los “funcionalistas”, en cambio, entienden que se produjo por necesidad cuando a los alemanes se les hizo imposible seguir manteniendo a tantos prisioneros confinados en ghettos y campos de concentración.

Esta última tesis, que cada vez cuenta con menos apoyo en la comunidad científica seria, ha sido apropiada por los revisionistas, quienes afirman que la “solución final” de los nazis era sólo la deportación masiva. Los judíos habrían muerto por hambre y exceso de trabajo precisamente “a causa de los bombardeos aliados” que impedían el suministro de alimentos y el apoyo sanitario a los Campos.

Los revisionistas afirman que la cifra de seis millones de muertos judíos es falsa. El neonazi Zündel sólo admite 300.000 víctimas; el “fascista moderado” Irving oscila entre los 500.000 y los 600.000, pero algunos revisionistas aceptan hasta dos millones. ¿Dónde están entonces todos aquellos que desaparecieron de las estadísticas en esos años? Refugiados en Siberia, Israel y EE.UU., afirma Zündel sin inmutarse. En una entrevista con Michael Shermer, Irving llegó a citar un documento donde Himmler admitía que estaban matando judíos, incluso niños, como prueba de que se trataba de apenas 600.000.

¿Para qué servían entonces las cámaras de gas, el Zyklon B y los crematorios, de los cuales tenemos planos, órdenes de compra y macizas ruinas?

El gas era usado sólo para exterminar los piojos de uniformes y ropa de cama, nunca contra personas. Así lo afirma un informe que preparó un supuesto ingeniero llamado Fred Leuchter por encargo de Zündel. De hecho, hasta ahora ningún revisionista se ha ofrecido para pasar la prueba de la blancura con el Zyklon B.

¿Y los crematorios? Fueron una medida sanitaria que se hizo necesaria cuando hubo que deshacerse de los cadáveres de aquellos que morían de inanición...

¿Qué ocurre, por fin, con las confesiones de Eichmann? Carecen de valor, porque fueron obtenidas bajo presión por los israelíes...

“Una sola prueba”

La torcida lógica de la negación pretende “deconstruir” al Holocausto (que no es un solo evento sino un fenómeno complejo) haciendo hincapié en errores o inconsistencias puntuales para pulverizar el concepto mismo. La reconstrucción histórica del Holocausto se apoya la evidencia coincidente de documentos, testimonios, fotos, evidencias físicas y demografía. De hecho, la investigación ha permitido ajustar la cifra de las víctimas en torno de los cinco millones, lo cual no altera en nada la cuestión de fondo.

Los revisionistas atomizan los hechos y caen de lleno en lo que suele llamarse “falacia de la instantánea”. ¿Si sólo analizamos cada fotograma de una película, dónde quedará el movimiento?

Irving cita como prueba una orden de Himmler que dice textualmente “Transporte de judíos desde Berlín. No liquidar”. De ella deduce que el jerarca prohibió matar a los prisioneros, aunque admite que la matanza terminó por ejecutarse, por error de algún oficial. Esta supuesta “prueba” sólo adquiere sentido en un determinado contexto. ¿Si no hubiera existido la política de liquidación, para qué dar una orden expresamente negativa, si no para hacer una excepción a una política que se daba por decidida?

El pivote de toda la argumentación de Irving es que no existe en los archivos del Reich una orden escrita firmada por Hitler en la cual se ordenara ejecutar el genocidio. Para poder sostenerla recurre a una cuestión lingüística: en los discursos de Hitler, Himmler, Frank y Goebbels se habla de “ausrotten”, que significa “exterminar”. Pero en el alemán de esa época, “ausrotten” significaba apenas “desarraigar”, es decir deportar, como corrige Irving abandonando el empirismo para volver al prejuicio.

A los argentinos, esta insistencia en pedir una orden escrita o las piruetas semánticas en torno de la palabra “ausrotten” no dejan de recordarnos las disquisiciones en torno de la frase “aniquilar la subversión” con que los militares de la junta pretendieron cargar toda la responsabilidad al gobierno civil que los precedió.

En el juicio de Irving fue convocado como testigo el gran historiador Eric Hobsbawm quien, tras recordar que es imposible negar la existencia del Holocausto, admitió que no existe (o por lo menos, todavía no se ha podido encontrar) una orden firmada por Hitler para ejecutar el genocidio. La prensa dio cuenta de esta aseveración de un modo un tanto sensacionalista, recordando que Hobsbawm es marxista y judío. Pero hay que tener presente que cuando uno se somete a un interrogatorio bajo juramento debe limitarse a contestar preguntas puntuales y de hecho el documento en cuestión nunca se ha encontrado.

Lo que afirmó Hobsabwm es que desde un punto de vista estrictamente científico si no existen pruebas decisivas (aunque haya abundantes presunciones) es imposible probar o refutar una hipótesis, por improbable que sea. Lo cual vale en especial para una ciencia como la historia, donde no es posible aplicar el método experimental. Aunque contáramos con la máquina del tiempo nos resultaría muy difícil localizar un documento puntual que quizás nunca haya sido escrito. Para la comprensión de los procesos históricos el empirismo positivista no alcanza. Al fin y al cabo, tampoco podría hallarse “la” prueba de la evolución que exigen los fundamentalistas del creacionismo.

Determinar si el Holocausto fue intencional o no depende de que exista un papel con una orden explícita: la intención de exterminio está en un sinnúmero de documentos, desde Mein Kampf en adelante, más allá de todas las sutilezas semánticas de Irving.

La política de exterminio estuvo implícita en todo el discurso nazi, y todavía antes, si nos remontamos a sus fuentes ideológicas. Varios años antes de que se fundara el NSDP, el ideólogo “ariosofista” Jörg Lanz von Liebenfels (1874-1954) ya proponía que no sólo los judíos, sino todas las “razas inferiores” fueran sometidos a la esterilización, la esclavitud, el uso como bestias de carga, la deportación a Madagascar y hasta la “incineración como sacrificio a Wotan”. Y en este caso, podemos decir que lo firmó.

La falacia Etica

Los griegos hablaban de la “paradoja del montón”. Si tengo un montón de piedras y las voy quitando de una en una, ¿llegará el momento en que una sola piedra, la última, pueda considerarse un montón? Planteado de otro modo: ¿cuántos pelos forman una barba? Si voy depilando un mentón pelo por pelo, terminaré teniendo una barba de un solo pelo?

Así razonan los “revisionistas”, al ajustar las cifras para ocultar el sentido. Supongamos que se impugna la cifra de seis millones de muertos. Alo sumo fueron dos millones, dirá alguno. Menos aún: 600.000, afirmará Irving. Mejor lo ajustamos en 300.000, dirá Herr Zündel, ya con problemas para explicar las desapariciones. Pero aun si aceptamos cien mil, cincuenta mil, diez mil, ¿la cantidad de los crímenes cambiará en algo la calidad del delito? ¿No bastará con un que un solo individuo sea asesinado por pertenecer a una determinada etnia para que haya genocidio? Matar de hambre o por agotamiento a gente inocente ¿no es lo mismo que exterminarlos con gases?

No por insidioso, el argumento de los revisionistas deja de ser común, y todos lo hemos sufrido en Argentina, cada vez que los “expertos” descalificaban lo que nos decía la experiencia. “¿Quién dijo que la ciudad está llena de cartoneros? Usted sólo ha visto cuatro o cinco, y eso no lo autoriza a generalizar...” ¿Cuántos desocupados hacen falta para decir que estamos en decadencia? ¿Quién firmó el Estatuto del Corrupto? ¿Dónde están los contratos de las asociaciones ilícitas?

Razonamientos como éstos suelen garantizar la impunidad.

Pablo Capanna / publicado en Página 12

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