Diamantes sangrientos
Por Greg Campbell

Ismael Dalramy perdió las manos en 1996 a consecuencia de dos rápidos hachazos. No recordaba -o no podía recordar- el dolor de los hachazos. Pero sí recordaba cómo le ordenaron a punta de pistola que pusiera las muñecas sobre un tocón en el que chorreaba la sangre de sus vecinos, que se retorcían en el suelo a su alrededor tratando de contener la hemorragia de sus brazos, o se alejaban tambaleantes.
Dalramy recuerda también que fue un acto rápido y metódico: la víctima que tenía delante de él en la cola fue rápidamente apartada a patadas, y de repente se encontró frente a un bloque de madera ensangrentado y una banda impaciente de adolescentes armados hasta los dientes ansiosos por acabar con las órdenes del día. No se resistió a sus captores, ni les pidió clemencia. En lugar de ello, se quitó de uno de los dedos de la mano izquierda un tosco anillo de metal que había hecho su hijo, y se lo metió en el bolsillo: una de las últimas cosas que sus manos harían por él.
Hasta aquella mañana, cuando los rebeldes del Frente Revolucionario Unido (FRU) atacaron la ciudad con cohetes y fusiles, precipitándose por las calles en camionetas cuyos techos habían aserrado para convertirlas en vehículos de exterminio, resultaba fácil pensar que habría tiempo suficiente para escapar si surgía la necesidad de hacerlo. La húmeda ciudad selvática de Koidu, donde vivía la familia de Dalramy desde hacía generaciones, constituye uno de los epicentros de la producción de diamantes en bruto de la zona oriental de Sierra Leona. En los meses anteriores al día en que el FRU le amputó las manos a Dalramy, Koidu se había visto rodeada de un número cada vez mayor de fuerzas rebeldes que se arrastraban a través del denso entramado de palmeras y bananos de la jungla. Los bandidos del FRU entraban esporádicamente en la ciudad para robar alimentos y provisiones, y para amenazar a sus habitantes, pero un ataque total parecía algo improbable.
Aunque al verla nadie lo diría -Koidu es como muchas ciudades rurales de Sierra Leona, compuesta de chozas de color pardo y calles sin asfaltar de color rojizo-, desde hace tiempo el área que la rodea ha sido fuertemente codiciada en la guerra que desde 1991 ha desgarrado a este país de África occidental. Ya desde que los primeros geólogos británicos descubrieron diamantes en las junglas de Sierra Leona, en la década de 1930, los mineros han extraído algunos de los diamantes más valiosos del mundo de los pequeños pozos encenagados dispersos por toda la selva circundante. Esos pequeños fragmentos de cristales de carbono de un color blanco lechoso se transforman en piedras preciosas que luego exhiben las manos, las muñecas, los cuellos y las orejas de personas de todo el mundo, muchas de las cuales probablemente ni siquiera han oído hablar nunca de Sierra Leona.



