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La guerra de Georgia-Implicaciones estratégicas

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Este texto trata de los hechos acontecidos, las razones de los mismos y, muy en especial, de la política rusa no sólo hacia Georgia, sino en tanto que potencia resurgente en el mapa europeo y mundial.

1.- POR QUÉ PASÓ LO QUE PASÓ

En estas semanas desde el inicio de hostilidades y tras el alto el fuego, ha habido básicamente dos formas de entender la invasión rusa de Georgia del pasado agosto: una, que considera dicha agresión como un acontecimiento puntual y aislado, motivado por una dinámica de acción/reacción que acabó fuera de control en una escalada militar y en la guerra; y una segunda, que contempla la invasión de Georgia como un episodio más dentro de la trayectoria rusa de imponerse como un poder hegemónico en parte de Europa y como un actor determinante a escala mundial.

Las reacciones rusas frente al criticismo internacional generado por sus violentas actuaciones (el envío de bombarderos estratégicos a Venezuela; el anuncio de maniobras navales nucleares en el caribe…) ponen de manifiesto la endeblez de la primera explicación. Máxime si se tienen en cuenta todos los precedentes a la guerra y la política de creciente intimidación que ha vendo mostrando Moscú para con sus vecinos en los últimos tres años.

No parece que sea sólo el futuro de Georgia como estado soberano y unido lo que se ha puesto sobre el tapete. La guerra trasciende con mucho el ámbito bilateral ruso-georgiano. De hecho, puede afirmarse que marca un antes y un después en la forma de concebir el orden internacional. Así como la Guerra de los Seis días dio forma a lo que hoy es el Oriente Medio, posiblemente la Guerra de los Cinco días también tenga consecuencias a largo plazo para las relaciones entre las naciones. Dependiendo de las políticas que se desarrollen a partir de ahora frente a Rusia y de cuál sea el comportamiento futuro de Moscú, dichas consecuencias para el orden internacional serán más o menos profundas y más o menos duradera. Pero por lo que se está viendo en estos días, todo apunta a un escenario poco prometedor.

El objetivo de este análisis es exponer, aunque sea de manera provisional, cuáles pueden ser dichas implicaciones y qué respuesta estratégica debería ser la más apropiada para lidiar con ellas. Pero antes debemos hacer un poco de memoria para aclarar los acontecimientos recientes.

¿Qué ha pasado?

Lo que sabemos con certeza es bien sencillo: el martes 7 de agosto, el primer ministro de Georgia, Michael Saakashvili ordena una operación militar en Osetia del Sur destinada, en principio, a poner fin al fuego artillero que venía castigando a las tropas y poblaciones georgianas desde enclaves en Osetia del Sur tras las líneas de las fuerzas de paz rusas.

También es seguro que casi de manera inmediata, tropas rusas perfectamente coordinadas entraron en suelo de Osetia y comenzaron su avance hacia el sur.

El gobierno de Tbilisi ha hecho públicas las transcripciones de una interceptación de comunicaciones entre soldados rusos en Osetia del Sur que aparentemente evidenciarían que la invasión rusa comenzó antes de que los militares georgianos penetraran en suelo osetio. Su argumentación, lógicamente, es que dicha operación se debió a la necesidad de defenderse frente a las fuerzas rusas.[1]

Sea como fuere, la realidad es que en cuestión de horas, el regimiento motorizado 503, con base en Vladikavkaz, había cruzado el túnel de Roki (el principal paso terrestre entre Georgia y Rusia), previamente asegurado en sus dos extremos por elementos Spetnaz de la Brigada 45, camino de Tskhinvali, la capital de Osetia del Sur, bajo el asalto de unos 300 militares de Georgia.

Paralelamente, Moscú movilizaba elementos de la división aerotransportada 76, con base en Pskov, los desplazaba a Beslán y de ahí por tierra a Osetia del Sur; al igual que lo hacía con elementos de la División 98, con base cerca de Moscú, en Ivanovo, como fuerzas de refuerzo.

Por su parte, la fuerza aérea desplazó al teatro de operaciones lo que los analistas consideran su “equipo A” armado con munición de precisión para poder conducir oleadas de bombardeo estratégico sobre Georgia y no sólo contrarrestar la presencia del ejército georgiano en suelo de Osetia del Sur. De hecho, la campaña aérea no tuvo en consideración frontera alguna y se lanzó desde el principio a destruir infraestructuras de comunicaciones y energéticas en profundidad, llegando a volar, incluso, el radar del aeropuerto internacional de la capital de Georgia.

Al mismo tiempo, una flotilla del Mar Negro, en torno al crucero de misiles de crucero Moscú, disparaba contra buques con pabellón de Georgia y cortaba el tráfico marítimo hacia los principales puertos del país.

Simultáneamente, elementos del 58 Ejército penetraban en Abjazia, un territorio que no entraba para nada en la disputa en estos momentos y planificaba junto con guerrilleros e independentistas una operación de asalto contra suelo de Georgia desde ese territorio y que acabaría ocupando Georgia y fijando por la fuerza una nueva frontera sobre el río Inguri, un territorio que nunca ha estado en disputa y que es ahora arrebatado a Georgia.

Entre la toma por las fuerzas rusas de la capital Osetia, el 8, y el cese de hostilidades el día 12, los rusos avanzaron sobre suelo georgiano, ocupando la ciudad de Gori y el puerto de Poti, entre otra serie de objetivos estratégicos, llegando a pocos kilómetros de Tbilisi. En su camino y apoyados por la aviación, fueron sembrando la destrucción de la práctica totalidad de las infraestructuras de las fuerzas armadas y de seguridad de Georgia, así como infraestructuras civiles, sin que las defensas georgianas pudieran prácticamente oponer una resistencia significativa.

Aquí hay que recordar que el ejército de Georgia es claramente modesto, con unos 15 mil soldados en cuatro brigadas, una de las cuales estaba desplegada en Irak en el momento de la invasión y otra a medio completar. El entrenamiento que habían venido recibiendo estas fuerzas, había sido, además, muy orientado a la lucha contra el terrorismo y no para la defensa del territorio. Sin capacidad de ser reforzados, sin defensas aéreas dignas y con sus líneas de comunicación cortadas, resistir era simplemente imposible.

De hecho, en cuatro días, el ejército ruso estaba en disposición de informar a los dirigentes en Moscú haber alcanzado sus objetivos estratégicos. El día 12, el presidente francés, Nicolás Sarkozy, actuando como presidente de turno de la UE, acordaba con Moscú las condiciones de un alto el fuego (volveremos más tarde sobre ello), inicialmente rechazadas por Saakashvili por imponer de facto la división de su país pero que, tras un intenso forceo diplomático y repetidas clarificaciones y reglas de interpretación, fue firmado por Georgia el 15 de agosto.

La guerra había acabado. Al menos en su fase de abiertas hostilidades militares.

¿Por qué ha pasado lo que ha pasado?

¿Esta guerra se ha debido a una escalada entre las partes o, más bien, se explica por causas más profundas? Para mí, está muy claro: no ha sido una guerra que Moscú se haya visto obligado a luchar, sino que ha elegido voluntariamente hacerlo, en el momento que más le ha convenido y con una clara intencionalidad político-estratégica que supera con creces sus disputas con los dirigentes georgianos.

Está de moda en estos días decir que Saakashvili es un político inepto, que ha apostado en un pulso irresponsable contra Rusia, calculando pésimamente sus opciones. En el mejor de los casos se dice de él que ha caído ingenuamente en la trampa que le han tendido desde el Kremlin. Supongo que habría que estar viviendo en Tbilisi para darse cuenta de hasta qué punto Saakashvili tenía pocas opciones abiertas en su mano de querer seguir al frente de su país.

La guerra estallaría públicamente el 7 de agosto, pero venía fraguándose desde mucho antes. Sin necesidad de remontarse a los primeros 90 y el desmembramiento de lo que fue el imperio soviético, baste decir que la tensión entre Georgia y Rusia había venido creciendo exponencialmente desde que Saakashvili llegó al poder e introdujo un rumbo democratizador, liberalizador y decididamente pro-occidental para su país. En buena medida instigado por los propios rusos, Osetia del Sur realizó un referéndum para su independencia en 2006, en el que sólo participaron los no-georgianos y como consecuencia del mismo, las conversaciones sobre el estatuto de la región entre Tbilisi y Tskhinvali, se suspendieron. Ese mismo verano, la tensión subió de nuevo al arrestar Georgia media docena de oficiales de inteligencia rusos, a los que se acusaba de poner bombas en Gori. Como venganza, Moscú bloqueó el único paso por carretera entre ambos países, suspendiendo el correo y las comunicaciones e imponiendo un embargo a las exportaciones desde Georgia. Según el departamento de Estado americano, Rusia realizó arrestos en masa de ciudadanos de origen georgiano, a los que sometió a deportaciones forzadas.

Las provocaciones rusas continuaron escalando desde ese momento sin descanso. Así, por ejemplo, en marzo de 2007, helicópteros rusos atacaron las instalaciones gubernamentales georgianas en el valle de Kodori en Abjazia; en agosto de ese mismo año, cazas rusos violaron repetidamente el espacio aéreo de Georgia y dispararon contra una instalación de radar, sin éxito. En marzo de este año, Moscú suspendió las sanciones contra Abjacia, abriendo la puerta a su rearme; tras la cumbre de la OTAN en Bucarest, Putin anunció relaciones más estrechas con las dos regiones; el 20 de abril, aviones rusos derribaron un UAV que volaba sobre Abjacia; en mayo y junio, Moscú rechazó enviar representante alguno a las reuniones organizadas por la ONU del club de amigos de Georgia, impidiendo un serio dialogo sobre la crisis; en julio, mientras Condoleeza Rice visitaba Tbilisi en un intento más de evitar responder a estas provocaciones, cazas rusos sobrevolaron ostensiblemente la capital de Georgia; a comienzos de agosto explosionaron dos bombas en poblaciones georgianas de Osetia del Sur; el 3 de agosto, Rusia declaró que Osetia del Sur avanzaba a un conflicto mayor militar y recomendó la evacuación de cientos de niños y mujeres hacia el norte; finalmente, el 5 de agosto, Moscú anunció que defendería a sus ciudadanos en Osetia del Sur, ciudadanos rusos, hay que recordarlo, que lo eran gracias a la generosa política de conceder pasaportes rusos a los osetios por parte de Moscú en un intento más de desestabilizar el equilibrio étnico y nacional en la región.

Finalmente, el mismo 7 de agosto, el ministro georgiano para la resolución de conflictos se desplazó a Osetia para una reunión de urgencia con sus homólogos, esfuerzo que fue rechazado por los osetios y rusos. Ese mismo día los osetios intensificaron los ataques de artillería y cohetes contra suelo de Georgia.

La operación para silenciar dicho fuego y recobrar el control georgiano sobre la capital de Osetia del Sur podría haberse evitado si las autoridades rusas lo hubieran querido. Pero no lo querían ya que la reacción de Saakashvili les daba un pretexto ideal para poner en marcha sus planes. Contra Georgia y como ejemplo frente al resto del mundo.

En otro orden de cosas, hay que señalar que la operación militar estaba cantada. Moscú tenía a sus tropas listas y hacía pocas semanas que acababa de realizar unas maniobras a gran escala bajo el nombre de Cáucaso 2008, con las mismas unidades y en la misma región. Aunque en ese momento todos los ojos creían que las intenciones de Moscú iban dirigidas a Abjacia y no a Georgia.

Difícilmente puede calificarse esta guerra de una sorpresa total. Todos los indicios estaban claramente encima del tablero. Pero no se han visto. Y no por falta de información al respecto. Simplemente, como tantas otra veces, que Moscú se lanzase sobre un cuasi aliado de la OTAN con el objetivo de derribar su gobierno, desmembrarlo y anular en la práctica su soberanía, no cuadraba con lo que se esperaba de Rusia., una nación “nomal”, con un comportamiento “normal”. El ansia de cooperación, paz y amor, universal cegaba el hecho de que “el mundo no está hecho de valores democráticos, la ley internacional, las buenas intenciones, globalismo, cálculos racionales, o la búsqueda de diálogo”.[2] No han sido los datos o su ausencia, sino nuestro mindset lo que ha llevado a malinterpretar los objetivos reales de Moscú. Y el hecho de que haya sido la crónica de una sorpresa anunciada vuelve a poner en el disparadero la capacidad real de los servicios de inteligencia occidentales para interpretar qué pasa en el mundo.

Los oscuros designios de Moscú

Las autoridades rusas han ofrecido diversas y consecutivas justificaciones para su agresión sobre Georgia. Ninguna convincente. El 8 se dijo que la intervención militar era la respuesta al ataque georgiano sobre Osetia del sur; dos días más tarde, ya ocupando suelo georgiano más allá de Osetia y Abjacia, la explicación dada fue detener el “genocidio” de Tbilisi contra la minoría de Osetia, denunciando la muerte de 2000 osetios en las primeras escaramuzas.[3] Sin embargo, el alcance de las operaciones, el objetivo declarado por Lavrov, ministro de asuntos exteriores ruso, de acabar con Saakashvili, y las declaraciones de Medveded del pasado 31 de agosto, en donde expresa inequívocamente que Rusia se atribuye el derecho a defender sus intereses y a sus ciudadanos allí donde sea necesario, superan con creces las justificaciones dadas por Moscú durante la guerra.

Es más, el hecho de que la oficina general de la fiscalía rusa iniciara una causa por genocidio contra Saakashvili el 14 de agosto, esto es, persiguiera a un ciudadano no-ruso, por supuestos crímenes cometidos fuera de Rusia contra ciudadanos de otro país, dice mucho de la visión que tiene Moscú sobre el mundo que lo rodea.[4]

Por otra parte, el 25 de agosto, la Duma, requería el reconocimiento de Abjacia y Osetia del Sur como estados independientes, reconocimiento que Moscú se apresuró a realizar oficialmente, tal y como lo anunció su propio presidente, un día más tarde, el 26 de agosto, desdeñando por completo el espíritu de lo pactado en el acuerdo de alto el fuego.

Suele decirse que el reconocimiento de la independencia de Kosovo por la mayoría de los aliados occidentales, alentados entre otros por los Estados Unidos, está detrás de toda la actuación rusa en la zona. Y en cierta medida es así, pero no por las razones que se manejan. La fecha sobre Kosovo que está en las mentes de Moscú no es la de su independencia (17 de febrero de 2008), sino el 24 de marzo de 1999, día en que sin contar con el Kremlin, la OTAN se lanzó a bombardear a Serbia.

Si miramos atrás, en aquellos días, Moscú negaba la urgencia de una intervención, se mostraba escéptico sobre la supuesta limpieza étnica llevada a cabo por las tropas de Milosevic, y se negaba a aceptar que la OTAN, una organización de la que no formaba parte, se otorgara el derecho y al legitimidad de actuar militarmente sin un mandato de las Naciones Unidas.

No es el momento de volver en detalle a aquella penosa campaña aérea que casi acaba con la OTAN, baste con recordar el hecho de que aquella intervención sentenció políticamente a Boris Yeltsin y anunció el ascenso de Vladimir Putin y de los nacionalistas rusos.

El hecho de que Rusia se tragara la guerra sobre Kosovo –o fuera incapaz de impedir las sucesivas ampliaciones de la Alianza Atlántica-, emitiendo sólo unos balbuceos diplomáticos, puede haber llevado a la creencia occidental de que Moscú tendría que acomodarse a cualquier cosa. Tal vez por eso se negaran a aceptar las posiciones de Moscú sobre el reconocimiento de la independencia de Kosovo, algo que los dirigentes rusos no veían como necesario y sí como contrario a la norma internacional y de graves consecuencias.

El problema, como apunta George Friedman, “no es que los europeos y americanos no escucharan a los rusos. El problema fue que simplemente no los tomaron en serio.

Habían oído tantas veces a los rusos que no entendieron tres cosas: la primera, que los rusos habían llegado ya al límite de su paciencia; segunda, que las capacidades militares rusas no eran las de 1999; y tercera y más importante, que la OTAN, los europeos y los americanos, no reconocían que estaban tomando decisiones políticas que no podían sostener militarmente”.[5]

Una cosa está muy clara ya: la Rusia de Putin de 2008 en poco se parece, psicológica, política y militarmente, a la Rusia de la que se hizo cargo en agosto de 1999.

La Putincracia

Es un axioma neoconservador que la naturaleza de un régimen determina, afecta y se expresa en su política exterior. Y la guerra de Georgia ha expuesto claramente el carácter del régimen de Moscú.

Internamente ha dejado bien patente quién está al mando y en pleno control del gobierno y del Estado: Vladimir Putin, no Medvedev. Era Putin quien se sentaba en Pekín junto a los otros altos dignatarios y fue Putin quien se desplazó desde China a Vladikavaz, en Osetia del Norte, para alentar las operaciones y prometer un futuro ruso para la región.[6]

Cuando llegó al poder en 1999 su objetivo político principal era consolidar el poder central, luchar contra los oligarcas y la oposición que pudiera causarle problemas, y remodelar el decadente poder militar en una fuerza moderna y eficaz. Todos sabemos cuales han sido algunos de los episodios a través de los cuales Putin ha devenido lo más parecido a un Zar (desde Jodorkowski a Litvinenko). Baste decir que bajo la mano de hierro de Putin, Rusia se ha alejado de lo que es una democracia para convertirse en un estado crecientemente autoritario.

Si teníamos alguna duda sobre lo conseguido en estos años, en términos de poder, por Vladimir Putin, la guerra en Georgia nos ha brindado la prueba irrefutable de quién es quien en Moscú: Mientras Putin actuaba como portavoz de Rusia y comandante en jefe de sus fuerzas, el presidente Medveded proseguía plácidamente de vacaciones a bordo de un crucero por el Volga.

Militarmente, la intervención contra Georgia también es importante para los rusos. No olvidemos que es la primera vez en muchos años que tropas rusas actúan fuera de su territorio nacional. Ni tampoco desdeñemos que es la primera vez en aún más años, que salen victoriosos de una contienda. Ser capaz de actuar y ganar esta guerra era un revulsivo contra años de decepción para los militares rusos y sus líderes. Como muy bien ha apuntado Fred Kagan, “esta guerra supone para los rusos lo que fue Desert Storm para los americanos y poner fin a los complejos de Vietnam”.[7] Con Georgia atrás quedan los años de Afganistán o Chechenia, por ejemplo.

Las fuerzas rusas han sido capaces de actuar combinadamente, han demostrado que pueden contar con capacidades y estructuras expedicionarias, se han desenvuelto con soltura y brutalidad y han vencido. Igualmente, el dato de que todas las unidades empleadas estuvieran compuestas por soldados voluntarios/profesionales, revela cuál es la dirección que puede tomar el ejército ruso a fin de desembarazarse de las ineficiencias de los conscriptos.

Un punto de caución, no obstante: las tropas rusas no se han convertido de la noche a la mañana en imbatibles. Sus oponentes, el ejército georgiano, no era un adversario serio con el que medirse.[8] Y aunque los rusos arrollaron con todas las defensas, también se han puesto de relieve sus graves deficiencias. Por ejemplo, la aviación, a pesar de contar con munición guiada de precisión, fue incapaz de destruir objetivos fijos no endurecidos (pipe-lines y radares) a pesar de intentarlo desde bien pronto y mucho del daño logrado lo fue gracias a oleadas sucesivas. Nada que ver con la precisión de la fuerza aérea americanas o israelíes.

Al mismo tiempo, Moscú ha dado sobradas pruebas de dominar con creces el ciberespacio, un campo de batalla crucial para la guerra moderna.[9]

Pero a pesar de todo, no parece una exageración afirmar que con Georgia, hay un antes y un después para los militares rusos. Y que eso lo vamos a ver pronto traducido en términos presupuestarios y en esfuerzos de modernización y guerra asimétrica.

Por último, esta guerra tiene unas claras implicaciones en materia de política exterior para Rusia y, por ende, para todos nosotros. Se trata del advenimiento de la “doctrina Putin”.

El primer ministro-presidente-primer ministro ruso llegó a su perpetuo cargo con el deseo de recobrar para Rusia el lugar en el mundo que se merecía, que no era y no debía ser el de la Rusia postrada de Gorbachev, ni el de la Rusia débil y decadente de Yeltsin.

Aunque la “doctrina Putin” no ha sido formulada públicamente hasta fechas muy recientes y no por su boca, sino por la de Medveded en una larga entrevista concedida a la cadena de televisión rusa Rosiya el pasado 31 de agosto, se ha venido cociendo durante todos estos años. De hecho, ya en su discurso del estado de la nación en 2005 Putin, en un vericueto político-histórico- afirmó que el colapso de la Unión Soviética había sido “la más grande catástrofe geopolítica del Siglo XX”.[10] ¿Por qué? ¿Por qué la gran Rusia soviética había dejado de ser soviética? No. Porque la Gran Rusia había dejado de ser grande. 14 de las 15 repúblicas de la URSS se habían apresurado a abandonar a Rusia; sus antiguos aliados, se pasaban en masa a sus antiguos enemigos en la OTAN; y disminuida en su poder, perdía la posibilidad de imponer o hacer valer sus criterios.

El proyecto doméstico de Putin, a saber, consolidar su poder personal, consolidar el poder del Kremlin frente a los oligarcas, y consolidar el poder de Moscú sobre las otras regiones de Rusia, cuenta a su vez con un capítulo exterior: recuperar lo que considera suyo, el llamado espacio post-soviético; y, en segundo lugar, hacer de Rusia un actor en la escena mundial respetable, respetado y, si acaso, temido.

No es otro el sentido de las palabras de Medvedev, cuya visión del mundo y del papel de Rusia en él se puede resumir en cuatro importantes puntos:

  1. Rusia no acepta como algo natural un orden unipolar, sino que luchará porque el mundo sea multipolar. No se someterá ala hegemonía de los estados Unidos, por importante que sea como país;
  2. Rusia acepta como su deber, proteger a sus ciudadanos allí donde se encuentren; así como responder a los ataques contra sus intereses. No importa dónde;
  3. Hay países y regiones donde Rusia tiene intereses privilegiados que deben ser reconocidos y aceptados; y
  4. Rusia puede mantener relaciones pacíficas y positivas con todos quienes acepten estos principios.

Sarcásticamente las palabras de Medveded han sido recogidas como “¿cuál es mi doctrina?: Haced lo que Putin diga”.[11] Pero no son para ser tomadas ni a la ligera ni en broma. En 1894 el zar Alejandro III dijo aquella frase de “Rusia sólo tiene dos aliados fiables: su Armada y su Ejército” y no en balde Sergei Ivanov, siendo ministro de Defensa, la citó en 2003, tras verse impotente para frenar la intervención militar contra Saddam Hussein.

Hay una cosa muy clara: mientras los europeos se entretienen con eso del “soft power”, la Rusia de Putin se ha ido reconstruyendo sobre el “hard power”, sobre su explotación y las ventajas de recurrir a él.

Hace ahora cuarenta años, el 26 de septiembre de 1968, tras la invasión soviética de Praga y el aplastamiento de la revolución de la primavera allí, el máximo líder de la URSS, Alexandr Brezhniev, hacía pública lo que pasaría a la Historia como su doctrina: Una vez socialista, siempre socialista. Y la URSS tiene el deber de garantizar que así sea.

Cuarenta septiembres más tarde, Putin ya tiene su propia versión, esta vez sin el tinte ideológico comunista, pero no por ello menos amenazante: “Una vez ruso, siempre ruso. Y Moscú tiene el deber de garantizar que así sea”.[12] Es lo que algunos analistas han venido a llamar “retro-imperialismo”.[13] Para otros se trata simple y llanamente de una política de recolonización: “A diferencia de las otras antiguas potencias coloniales europeas, que han aceptado la pérdida de sus respectivos imperios, la Rusia de Putin no ha asumido ese hecho y quiere recolonizar a sus antiguas colonias. Esto es más fácil para Rusia, ya que sus antiguas colonias no están en la lejana ultramar, sino en sus propias fronteras”.[14]

El problema de la política rusa actual, más allá de lo que pueda significar para el futuro inmediato, es que se basa en unas premisas falsas: Rusia, a diferencia de lo que cree Putin y su corte, no ha sido humillada durante todos estos años. Sus contradicciones internas y no un ataque miliar de la OTAN fueron lo que llevaron a su colapso y desde entonces, Occidente no ha hecho sino intentar mantenerla a flote, integrarla en el sistema internacional y contribuir a la estabilidad de su periferia.

Mientras Moscú no entienda este hecho, será muy difícil alterar su curso de acción a través de más muestras de buena voluntad.

En todo caso, la teorización de la práctica de la Rusia de Putin y su codificación en forma de “doctrina” por la que seguir rigiendo sus actuaciones, debería llevarnos a pensar que la invasión de Georgia no es el punto y final de una política de “respeto” por parte del Kremlin. Cabe esperar más. Al fin y al cabo, esta doctrina no es más que la expresión refinada de lo que ha venido haciendo Moscú en los últimos años: chantajear con su suministro de gas natural a Europa; amenazar directamente a países como Polonia y Chequia por la instalación de sistemas antimisiles americanos en su suelo; agredir con ataques cibernéticos a países como Estonia, sin justificación alguna; o la permanente injerencia en los asuntos de otros gracias a la manipulación de las minorías rusas en su suelo, como en Ucrania.

¿Podemos esperar y confiar en que Rusia deje de ser Rusia tras invadir y destrozar Georgia? Más bien cabe pensar todo lo contrario. Si no se para a una Rusia resurgente, se creerá imbatible y con todo el derecho del mundo a imponer sus dictados allí donde pueda. Si hay algo sobre lo que no debemos equivocarnos es que con su invasión de Georgia y su comportamiento posterior, Rusia ha violado con total impunidad la legalidad internacional, tal y como apunta Fred Kagan:

  • – invadiendo el territorio de un estado soberano que no había atacado o amenazado con hacerlo a Rusia;
  • – realizando una campaña de bombardeo estratégico contra objetivos tanto militares como civiles contra un país con el que Rusia no estaba en guerra y que no estaba llevando a cabo acciones que exigieran tal respuesta, del todo desproporcionada;
  • – robando material civil y militar propiedad de Georgia;
  • – destruyendo siguiendo un plan deliberado infraestructuras georgianas;
  • – permitiendo que fuerzas paramilitares llevaran a cabo operaciones de limpieza étnica en zonas bajo control militar ruso;
  • – apoyando a los separatistas abjacios en un asalto contra suelo de Georgia;
  • – reconociendo las nuevas fronteras salidas de su intervención militar.[15]

Rusia nos ha devuelto de repente a la política de poder sin ambages y brutalmente. Ha puesto a su servicio toda una maquinaria de propaganda e intimidación. Con todo, la buena nueva es que la Rusia de 2009 no es, ni por asomo, una superpotencia y se las verá y deseará para intentar mantener un status de gran potencia, pues sus debilidades estructurales son enormes, empezando por la crisis demográfica y acabando porque su progreso depende en buena medida de que el precio del crudo se mantenga muy alto. No importa cuanto diga al respecto. Simplemente, Rusia no es ni puede ser lo que era.

La mala noticia, sin embargo, es que los europeos hemos reaccionado ante esta crisis como si no fuera así y los débiles fuéramos nosotros. Hemos elegido, salva contadas excepciones, la finlandización a la firmeza.

Notas

[1] The New York Times: “Georgia offers fresh evidence on War’s start”, 16 de septiembre de 2008.
[2] Cordesman, Anthony: The Georgia war and the Century of “real Power” en CSIS, 18 de agosto de 2008.
[3] Las bajas osetias están aún por determinar, pero la cifra de 2000 muertes en los primeros quince minutos, es de todas a todas, exagerada. De hecho, no se han podido encontrar los cadáveres y las ONG que han podido seguir funcionando en la zona, aunque hablan de daños colaterales, se han mostrado altamente incrédulas ante tales datos.
[4] Russia Today: “Saakashvili may be put on trial in Russia, say prosecutors “,14 de agosto de 2008.
[5] Friedman, George: “Georgia and Kosovo: a single intertwined crisis” en Stratfor, 25 de agosto de 2008.
[6] IHT: “Putin visits Russian city near South Ossetia” 9 de agosto de 2008
[7] Kagan, Fred: “The War in the Caucasus: an initial assessment”. Mesa redonda en el American Enterprise Institute, Washington DC, 13 de agosto de 2008.
[8] Sobre las capacidades militares de Georgia, puede verse Hamilton, Col. Hamilton, Robert: “Georgia capabilities”, presentación ante el Strategic Advisory Group del Atlantic Council de los Estados Unidos. Washington DC, 9 de septiembre de 2008.
[9] Stratfor: “Georgia, Russia: The Cyberwarfare angle”, 12 de agosto de 2008.
[10] BBC news: “Putin deplores collapse of USSR”. 25 de abril de 2005.
[11] “The Medvedev doctrine” en Armchairgeneral, 6 de septiembre de 2008.
[12] Bardají, Rafael : “Brezniev redivivo” en ABC, 19 de septiembre de 2008.
[13] Joffe, Josef: “The rise of the Putin doctrine” en Newsweek, 23 de agosto de 2008.
[14] Van Herzen, Marcel: “Russia, georgia and the EU”, Cicero Foundation, septiembre de 2008.
[15] Kagan, Fred: “The Russian treta to International order: Challenge and response”, tstimonio ante el Foreign Affairs Committee, del Congreso Americano, el 9 de septiembre de 2008.

Fuente del texto: Rafael L. Bardají – Gees.org

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