El arquitecto de Sevilla

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Basado en un caso real.

Me llamo Ramón, soy arquitecto, pero solo por las mañanas. Las noches son otra cosa. A esas horas sustituyo los planos, la escuadra y el cartabón por la cerveza y los amigos. La noche, al contrario que el día, empieza y termina casi sin darme cuenta. En mi memoria, cuando intento recuperar ese tiempo, todo va a cámara rápida. Veo cómo llego al bar, cómo saludo al primer amigo, cómo tomo la primera cerveza, cómo saludo al segundo amigo que llega, y lo siguiente soy yo volviendo a casa tambaleándome. Entre el segundo amigo y la vuelta a casa, no hay nada. Solo sé que fuera lo que fuera, estuvo bien. Al día siguiente la cerveza se cobra la factura. Por las mañanas, nada más despertar, noto que el corazón me late en la cabeza. Por suerte el pulso no me falla. No todavía.

Digo lo anterior para que me conozcan un poco. Para que entiendan mi carácter y les cuadre mejor lo que les voy a contar. Para que no se tomen demasiado en serio mi intento de buscar una grieta por la que colarme. No había muchas opciones de éxito y eso siempre lo supe, pero lo peor que me podía pasar por intentarlo es conseguir una anécdota. Una de las buenas. Una de esas que tus amigos te piden que repitas aunque se la sepan de memoria. El hecho de que esté aquí contando la historia y no en algún paraje tropical ya les habrá hecho intuir que sea lo que fuere que intenté, no salió bien.

Todo empezó cuando la Gerencia de Urbanismo de Sevilla sacó a concurso un proyecto de construcción. Diversos arquitectos presentaron sus propuestas aspirando a conseguir la importante dotación económica que le esperaba a la que resultara ganadora. No sé cuánto tardaron mis compañeros en completar la redacción de sus más o menos faraónicos proyectos pero yo tardé en el mío un total aproximado de media hora en pensarlo mientras me bañaba y tomaba un whisky -las dos cosas al mismo tiempo- y un minuto y cuarenta segundos en plasmarlo en un papel. Y digo “uno” porque solo fue uno. Un solo papel. Mi proyecto consistía en un plano en blanco donde únicamente aparecía dibujado el contorno donde debía estar la obra propuesta. Pero en mi proyecto dentro del contorno no había nada. Estaba vacío. Mi propuesta de obra era ninguna obra. Presenté el proyecto con todas las formalidades exigidas y no tardé mucho en olvidarme del asunto. A mis amigos, al menos, les hizo gracia.

No gané. El proyecto elegido fue el de no sé cuál arquitecto por no sé qué obra propuesta. Mi visión arquitectónica de corte minimalista no conquistó a los funcionarios encargados de elegir.

Pasaron cinco años, el tiempo en el que el edificio tenía ya que haberse levantado según las bases del concurso, y decidí visitar la obra para ver cómo había quedado. Pero allí no había nada. Ni una piedra. Ya sea por la habitual burocracia y lentitud de la administración, por falta de fondos o por cualquier otra causa, lo cierto es que en ese terreno permanecía el mismo espacio vacío de siempre. Y allí, en aquel solar lleno de arena y silencio, lleno de nada, vi la luz. Saqué mi plano de la cartera, donde lo solía llevar para ilustrar mi anécdota, y pude comprobar que lo que había allí era ni más ni menos que mi proyecto. Esa ninguna obra era exactamente igual a la nada propuesta por mi. El proyecto que se había completado al cabo de los cinco años de plazo máximo era justo el mío. Y lo hicieron así, sin rendir cuentas a nadie y sin ningún tipo de autorización del autor de la ninguna obra ejecutada.

Como todo atropello merece una reacción de respuesta, inicié los trámites legales para reclamar a la administración la dotación económica prevista para el titular del proyecto que se ejecutaría dentro de los cinco años ya transcurridos y que inequívocamente había sido el mío. Esta reclamación puede parecer extravagante, pero también lo es que alguien se reclame dueño del silencio y acuse de plagio al autor de una canción consistente en un minuto de silencio total. Al final consiguió una buena indemnización gracias a un acuerdo extrajudicial.

Hubo un tiempo, muy fugaz, de apenas unos días, en el que yo mismo sentí que mi reclamación tenía alguna posibilidad de prosperar. Ese tipo listo que sale en los periódicos presumiendo de haberse hecho millonario por una mezcla bien medida de suerte y cara dura por fin podía ser yo. Ese tipo al que todos odian por su inmerecido golpe de fortuna podía ser yo. Por fin yo.

Pero la ilusión terminó pronto. Perdí el procedimiento. Pese a que la realidad era abrumadora a mi favor, mi reclamación no llegó muy lejos y terminó olvidada en algún cajón de algún funcionario. Tal vez en la basura. Eso sí, a cambio, cada vez que paso por esa zona desierta de Sevilla puedo contarle a mis amigos, a mis hijos, y ahora a mis nietos, que eso que no ven, eso que no está, es una obra mía.

David Bravo 

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