Buen provecho

Escrito por Jeanette el . Publicado en Monólogos

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Hay ciertas comidas que deberían llevar un aviso como las cintas de vídeo, diciendo algo como “La exhibición en lugares públicos está condenada por la ley según el código penal blablabla blablabla”

Por ejemplo, el jamón. Todo lo buenísimo y españolísimo que quieras, pero intenta comerte un bocata en público. El jamón tienen menos ganas de entrar en tu boca que Rosa de España a sentarse en el sillón P mayúscula de la Academia, y además es irrompible, indestructible. Si alguna vez hay una tercera guerra mundial ya sé de qué haré mi búnker. De jamón de jabugo.

No sólo te quedas con todas las lonchas colgando a la vez de la boca, que hasta tu perro te miraría con asco, sino que el resto de tu merienda se reduce a dos miserables trozos de pan. Con los calamares pasa lo mismo, te cuesta más comerlos que si estuvieran vivos, pero el efecto es más creativo. En una maravilla de las leyes de la física, que no sabes explicar, te acabas tragando el calamar dejando dentro del pan el rebozado intacto. ¿Por qué tus dientes se quedan con lo de dentro pero pasan olímpicamente de lo de fuera? Creo que esa es una pregunta clave que habría que plantear a Einstein en una sesión de oija. Pero mientras no sepamos la respuesta nos seguiremos comiendo el pan del bocata con el pan del rebozado...y pan con pan... (puntos suspensivos)

Otro alimento que hace que aunque seas la Duquesa de alba pierdas todo tu pedigrí social son los langostinos. Te ves obligado a coger con los dedos a un invertebrado resbaladizo, que dedica toda su vida a arrastrase por los lodos de los fondos marinos. Después tienes que arrancarle la cabeza y enredarte los bigotillos en las manos, desmembrarle quitándole las patas y la cola, y por último, sacarle la piel y empaparlo bien en mayonesa. Queda tan elegante y refinado que te sorprende que no se aparezca Coco Chanel para hacerte una ola.

Te lo comes porque sabes que está bueno, pero te preguntas quien fue el primer hombre al que semejante animalillo le pareció estimulante para comer. Apuesto lo que sea a que fue un exnovio de Loli Álvárez, y es que comerse el langostino le debió parecer una mejora respetable respecto a anteriores “comidas”...

¿Y las hamburguesas? Todavía no ha nacido miembro del género humano capaz de comprar una y no redistribuir todo lo de dentro. Que si no te gusta el pepinillo, que si la lechuga tiene que quedar con todos los pliegues simétricos... Lo malo es que sueles emprender esa operación después de echar el kepchup y la mostaza. Al final la bandeja del burguer parece un campo de batalla de los fruittis, todo lleno de vegetales destrozados, manchados de tomate y desperdigados...y después viene comérsela.

El que las leyes de la física no son compresibles para todos vuelve a ser palpable. Estamos convencidos de que una hamburguesa del tamaño de nuestra cabeza puede entrar en la boca en tres mordiscos. Y el monstruo de las galletas ocupa tu cuerpo por breves momentos mientras tú barboteas un “gromphgruarrgg”, intentando deglutir a la madre de todas las vacas hecha hamburguesa.

Encima no puedes ocultar las pruebas del delito, porque al terminar tu solitaria servilleta microscópica no es capaz de absorber toda la grasa que gotea por tu fisonomía. La verdad es que ni el señor Mistol en persona podría. Podrías arreglarlo con otra servilleta, pero...cualquiera osa turbar la tranquilidad de los empleados para pedirles una. Te ponen tal cara de dolor que piensas que quizá son una raza de mutantes que se reproducen por servilletas, y en realidad te están entregando a sus hijos.

Queda la cuestión de los espaguetis. Son un alimento diabólico con pensamiento propio. Te pasas media comida enrollándolos en el tenedor y cuando vas a llevártelos a la boca ¡zas! Siempre hay uno, pero uno sólo, que se desenrolla y te deja a ti con cara de imbécil y reflexionando. Por experiencias pasadas sabes que si intentas volverlo a enrollar el resto de espaguetis seguirá al líder en su camino a la libertad ,y tu tenedor acabará más vacío que una conferencia dada por Pedro Ruiz. La única solución posible acaba siendo estirar el brazo tenedor en mano, y empezar a mover la cabeza para acertar a insertar el espagueti esquivo en la boca. Pareces un polluelo de esos del National Geographic intentando cazar una lombriz en el nido.

No podía faltar el postre. Bollos de hojaldre. Acabas tan cubierto de escamas blancas que si te viera el señor H&S le daría un pasmo, creyendo que una epidemia de caspa se ha declarado en la ciudad.

¿Alguien más es partidario de acabar con la venta pública de estas comidas, demoledoras de dignidades humanas? Hagamos un frente para comerlas en privado y así no tendré que volver a oír a mi madre decir “si es que contigo debí pararme en los potitos...¿pero es que no sabes comer en condiciones?” Que pruebe ella, a ver si es capaz de decir algo más que “grrooggggrruuammpphglubbb”

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