De museos

Escrito por Jeanette el . Publicado en Monólogos

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Ayer estuve de museos. El vídeo se negaba a dejarme ver “Las aventuras de los Pokemon II”, y todavía no habían abierto los bares de copas; así que ante la aterradora perspectiva de acabar calculando cuántas baldosas tendría el suelo de mi casa, de puro aburrimiento, me dije “pues me voy a un museo”.

Un museo es a la gente como una bolsa de M&Ms; los hay de todos los colores. Negros, amarillos, rojos... y tú ya no estás en España. Eres como Juanito Valderrama cantando “el emigrante” en una recepción de Naciones Unidas. A veces es divertido taparte los oídos y probar a reconocerles sin oír el idioma. Porque los tópicos funcionan.

Los japoneses miran a los cuadros sospechando, como si las meninas llevaran un alijo debajo de las faldas... hummm ¿Por eso las llevarían tan hinchadas?. Los ingleses brillan con luz propia; son incandescentes de lo quemados que están. Parecen un cangrejo tomando rayos UVA. Los italianos más que mirar a la maja desnuda (que también lo hacen) miran a las majas vestidas que pululan en los alrededores. Y los españoles son inexistentes. Si hay alguno se le reconoce por andar cohibido, como con desgana. Una vocecilla interior le susurra que debería estar bebiendo cañas y jugando al mus como el resto de sus compatriotas.

Es esencial saber que hay dos tipos de museos. Primero los antiguos, que tienen fundamentalmente cuadros de gente que murió... pues hace la pila de años, vamos, que en el DNI debían tener un grabado al aguafuerte en vez de una foto. También hay bodegones, que son cuadros de lo que se comía esa misma gente antes de morirse... así que ya ni hablamos de ellos.

A mí esos me gustan porque te dan la idea de que eran muy tolerantes y muy enrollados. Las drag queens estaban plenamente integradas, e incluso influían en el resto de la sociedad: esos pelucones... esos peinados alborotados con lacitos... esos rasos y terciopelos... esas posturitas “clásicas”... vamos, que eran unas locazas, todo en plan muy liberal. Lo que pasa que algunos se lo tomaban a cachondeo: que si mira Luis IV, que el día que se quiera suicidar se tira de los tacones finito... que si el ayuda de cámara te empolva sólo la peluca o algo más... y claro, tanto pinchar, tanto pinchar les hacían enfadar. Y de ahí viene la Inquisición y esas cosas... no obstante siempre perduró algo de esa “alegría”, porque los inquisidores iban de malotes por la vida pero también tenían sus sotanas de encajitos, y sus ricitos y demás...

En los retratos ecuestres el mejor es el caballo. Imagínate al pintor durante siete años pintando hasta pillar la pose y los tonos del fondo, y los volúmenes... el tío listo que se retrataba aguantaba quieto porque con algo había que llenar el hueco del ala oeste del castillo, y así de paso llegaban a la posteridad... pero ¿Y el caballo? ¿qué ganaba él? Un lumbago que te mueres y siete años con las patas en alto, como en un atraco. Al menos al atracador le das lo que tienes y se va, pero el pintor, no, ahí seguía. Pintando. Qué sufrimiento, dios mío. Por eso creo que los cuadros debían llamarse “Pelusete con Carlos IV esparrancado encima” o “Flecha hasta los mismísimos del cabroncete de Fernando VII”

Luego están los museos modernos. Ahí yo no miro tanto a los cuadros como a quien va a verlos. Tú llegas y echas un vistazo a las paredes. Primer cuadro: Todo negro con una manchita roja redonda. Segundo cuadro: dos manchas amarillas sobre fondo blanco. Los títulos tampoco ayudan: Rojo sobre negro y amarillos sobre blanco... Menos mal que ya, ya está aquí, ya llegó el experto. Se planta delante del cuadro y empieza a mover las manos todo emocionado y a babear. Tú miras de reojo, porque si le ha dado un ataque tendrás que alejarte a toda prisa... a buscar un médico, claro. Y entonces habla. Resulta que la mancha roja es una metáfora de la vida que siempre resurge pese al negro futuro que aguarda a la raza humana en un caos de tinieblas y soledad y qué se yo. El segundo es el amor; dos manchas luminosas en un mar de pureza e inocencia. Y tú, siempre tan profundo, que lo habías interpretado según tus temas de interés: El primer cuadro era la mancha de tomate que nunca pudiste quitar de la vitrocerámica y el segundo dos huevos fritos. Te alejas un poco avergonzado de no saber desvariar así, y encima te traumatizas; acabas comiéndote los huevos siempre de dos en dos, porque si están enamorados no los vas a separar... así pasa, que te sube el colesterol y a ver donde está el tío listo del museo para pagarte el médico.

Jeanette

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