La princesa y su matacan

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Era una joven, tal cual cierta coneja ya corrida, que estaba destinada a ser princesa. Ella era, como el príncipe de sus sueños, de Matabelos, nación indígena del Africa Austral, perteneciente a la raza cafre.

Azuzando el mastigador, freno del caballo, y espoleando a la cabalgadura, su "Caballito del Diablo", para que vaya a todo escape y llegar pronto a palacio, venía recitando versos de cierta composición poética venenosa para perros que se había aprendido leyendo cada uno de los versos que estaban escritos en los huecos que quedan en la base del parapeto saledizo y almenado que suele coronar ciertas partes del muro de las fortalezas antiguas, y cuyo objeto era impedir la aproximación del sitiador a pie de muro, dejando caer a plomo sobre él aceite hirviendo y proyectiles de toda suerte.

Sus muslos era de matacán, cual dos de bastos. Siempre llevaba en su mano izquierda una nuez verde con su cáscara.

Iba a alcanzar la candela o vela alta de un príncipe cara bobón, espadachín, matón, perdonavidas, que siempre llevaba un traje muy ajustado al cuerpo, y que con otros de su séquito, toma parte en ciertas comparsas y danzas en que se golpean con vejigas infladas y espadas de madera, cantando al Euro y riçendose de la crisis.

Su capricho era casarse durante la celebración de la excomunión que se declara y publica con la solemnidad, entre otras, de apagar las candelas o velas de los altares.

-Yo haré mujer a mi futura elegida compañera sobre el altar mayor de la catedral, cual langosta que se pone sobre el matacandil, cierta planta herbácea, decía.

Ahí, a los pies del altar, el día de autos, y antes de darle a probar a la joven de su masón, especie de bollo para cebar aves, sería coronado con una cornamenta de almizclero; el mismo almizclero que un día de mayo sedujo a esta joven a salto de mata de mango hecho un hombre, él como el as de espada, ella como la sota de oros, en el juego de la matarrata.

Dicen que él le dijo, arrancándole las bragas, y rompiendo en reliquias de arroz con leche sobre su caja preciosa:

-Eres todo matas y por rozar.

Desde aquel entonces, el pueblo cuchichea, le persigue y le acosa extremadamente. Refiriéndose a él dicen:

-De mala mata, nunca buena zarza; pues dicen que, también, decía adrede:

-Me beneficié de una puerca que me hizo embutido.

La joven se había producido una llaga en el pellejo, y que por esto quedaron en que por la matadura él la reconociera.

El pueblo odia al príncipe, igual que le ama, a pesar de que, entre orobias, incienso en granos menudos, el le metía cacahuetes en las Trompas de Falopio, quizás recordando la afición de su padre, Cafre Soberano, conocido como "El Mastodonte, animal antiguo de doble tamaño que el elefante.

Se le amaba, porque él gritaba a los cuatro vientos formando ondas con hostias de milano mientras iba montado en caballo de copas:

-Yo no creo en las sandeces y embustes de la iglesia.

Y se le odiaba, porque había concertado con el cabildo catedralicio pasarle de pascuas a ramos buenas raciones de chirlas con pelos.

Llegó la joven a palacio, a la capilla real, en plena faena del rey de beneficiar las puercas. Se la puso sobre un mastelero de perico; y viéndosele la matadura, el príncipe con un masticador, aparato que se usa para sustituir a los dientes en la trituración de los alimentos o para facilitarles ese trabajo, besó a la joven, limpiándola con la lengua el sarrillo y costra calcárea de la boca.

El rey habló mucho sin entendérsele nada, mientras la joven pareja "apretaba para Huesca", que es un decir muy común en Matabelos, cuando el regidor es regidora y la alcaldesa es alcalde, en ayuntamiento de amor o alforza, pliegue o dobles en forma de bolas, hecho en una tela o materia flexible, con ñapa, remiendo.

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