Méjico, sangre de varia lección

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Méjico está siempre en la escena del crimen.

En cada una de las partes en que se divide cada acto del poema dramático,
hay un decapitado, algunos y algunas, muchos,
violentados y asesinados,
otros, los más, desaparecidos.

El espectáculo de algún suceso de la vida real,
más o menos extraordinario, cruel y conmovedor,
está al orden del día:
La célebre historia de Iguala,
por haberse firmado en ella en 1.821 el llamado "plan de Iguala"
o "de las tres garantías",
en cuya virtud quedó establecida la independencia de Méjico,
hoy cae por su peso, y se baña en sangre
por la matanza de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa,
poniendo al igual del crimen la manera de los conquistadores
o los virreinatos de gobernadores, obispos y frailes
dedicados al sometimiento por el crimen, la violación y el degüello
del estado mexica o azteca,
principiado por el asesino Hernán Cortes
en nombre del rey felón y estuprador Carlos I de España.

Los amuletos, los colgantes, los exvotos,
las imágenes de santas y de santos del Cristianismo
impuesto por las armas y el estupro
lloran lágrimas de cocodrilo en el santuario de Guadalupe, en Guadalupe-Hidalgo, en la catedral de Durango, en la catedral de Méjico,
lo mismo que el monumento a Guanthemoc, (Guatimozín),
sucesor inmediato de Montezuma,
último soberano indígena que reinaba cuando llegó al país
la expedición conquistadora,
débil y amariconado en el trato con los invasores,
lo que le valió recibir una "puñalada trapera"
con herida de muerte en un motín de sus súbditos.

Sin embargo, Teoyamici, dios de la muerte y de la guerra,
en el Museo de Méjico,
sí que llora lágrimas de sangre,
pues se parece a la antigua fuente del salto de agua en efusión de lágrimas acompañadas de lamentos y sollozos
por la muerte de estos estudiantes
detenidos por policías locales y entregados a miembros
de un grupo criminal venático con vena de locos,
sinvergüenzas de condiciones despreciables,
quienes les transportaron en camionetas hasta una brecha o barranco
junto al basurero de Cocula
para que una vez envueltos en mortaja
como el papel en que se envuelve el cigarro,
despeñarles y quemarles vivos,
como si fueran leña en la pira de quemar los cadáveres
o las víctimas del virreinato,
para después de apagado el pavoroso incendio provocado,
desmembrarles, dividiendo y separando sus miembros
para meterles en bolsas de basura de plástico negro
que arrojaron al río,
con las que el venaje, su manantial o caudal, aumentó
corriendo al agua sus vidas que les salía por los huesos calcinados
hacia el seno de la muerte entre río san Juan y Nuevo Balsas,
estando el aire como pasmado o asombrado
en sus riberas.

-Daniel de Cullá

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