Tiempo de maricastañas

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Un patín, cierta ave palmípeda marina figura en una columna con ese tono especial que da el tiempo a ciertos objetos, en el jardín de su casa del pueblo.

Este pueblo no tiene río, tan sólo, como el mismo dice " tenemos un río que hacen las vacas cuando mean". Sobre unos viejos patines hay una especie de moho que la humedad y el tiempo ha formado sobre ellos. Junto a la puerta de entrada, y contra la pared, hay una guitarra con la que mi amigo vagabundeó mendigando, guitoneando por París y Bruselas. No es muy diestro en tocar la guitarra, pero sí, como el mismo dice "en tocarme los Güitos, los cojones".

Ha colocado un letrero por encima de puerta de entrada a la casa que dice "La santa casa". Nosotros estamos sentados sobre escalones. Ahora, él está tanteando algunas monedas en el bolsillo. Me ha obligado a coger el periódico Gente, y mirar leyendo la oferta de contactos y sus menús del culo. Adolece del vicio de la gula y le encantan los chochos, "altramuces con pelos".

-Elige tú las que quieras, me dice. Pero que vengan a casa.

Leo y le digo:

-Estas; escucha: "Por primera vez en Burgos, dúplex rubia y morena. 60 €. Tetonas guapísimas. Mamadas a dos lenguas al baño María. Masaje a cuatro manos como gallos de pelea. Dos coñitos respingones y traga bolas que deletrean el griego y el francés a las mil maravillas. Resbalarás en vez de rodar y verás la luz al final del ojete, al igual que el diplomático de Felipe V que follaba con patines de ruedas cuadradas.

-Estas, estas me gustan, exclamó. ¡Vamos¡, llama.

Yo llamé. Las estábamos esperando salga pata o gallareta, cierta ave zancuda. Se llamaban Lodomiria y Silesia.

Él se levantó. Tenía una marcha rápida y levantada del pene. Se puso a mirar los huevos, pues decía que tenían galladura en las yemas, como los de gallina fecundados.

Le dije:

-Mírales al trasluz. Je, je. Sonreí.

Apresuradamente, con rapidez, entró en la casa. Marchaba al aire de galucha. Yo hice lo mismo.

Nos sentamos en sendas butacas, esperando que llegasen estas budionas, putas.

Exclamó mi amigo:

-Viva la gallina, y viva con su pepita.

Él había firmado algún manifiesto contra la ablación que se lleva a cabo en varios países del mundo, según ritos de varias religiones.

-¡Malditos ablandahigos, ablandabrevas¡ exclamé yo.

Las montañas que se veían desde aquí, en la Serranía de Cuenca, perdían nieve por los ventisqueros.

Ya estábamos erectos los dos. Nuestro pene abocelado, en forma de bocel o moldura de media caña. Daba latidos cualquier parte del cuerpo por inflamación. Con expresiones incompletas, comenzamos a decir bobadas. Por ejemplo:

"Adoptada esta disposición, se puso la puta en movimiento" "En casa del caballero, amigo mamporrero" "Follando, se quedó muerto"

Nuestras risas parecían propias de un vicario o delegado de un Legado, eclesiástico representante del papa.

Levantados y puestos junto a la ventana, vimos llegar a las que nosotros pensamos que serían señoritas. Nos causaron bochorno. Su aspecto, forma y condiciones parecían de tonel. La mujer del cura. Aunque traían bizarría, soltura y buen aire, especialmente en los movimientos y ademanes jocosos. ¡Salimos al gallarín¡. Nos pareció, de primeras, un contacto malo o vergonzoso.

-Diles que pasen, ordenó mi amigo.

Les abrí la puerta. Lo siento, me parecieron gallegazas, como esas a las que cantara Juan Nicasio Gallego, eclesiástico y poeta natural de Zamora. Bravías, pues con esa suerte que hacen los toreros al capear el toro, me pasaron y se acercaron a mi amigo.

Creo que fue Lodomiria quien le preguntó si habíamos elegido el menú del culo. Si lo queríamos peregrino o a la carta.

A mí, las dos mujeres me miraron de frente, como interrogándome. Yo exclamé:

-Yo no soy amigo de embarcaciones gallegas y de unas cien toneladas.

-¿Pero no queréis andar por la nieve, el agua y el lodo jodiendo?, preguntó, contrariada, Silesia.

Mi amigo exclamó:

- Sí él no quiere, yo voy con las dos. Yo galopeo, dijo, y sé llevar dos Jumentas al galope.

Apresuradamente, con rapidez, se lanzó a ellas desvistiéndolas en un periquete. Iba de una a otra experimentando en sus cuerpos las sacudidas nerviosas y en el suyo esa reacción que provoca la sangre en erección. Ellas se abalanzaron sobre él. Le tiraron a tierra. Le lamieron y emponzoñaron. Escribían con la lengua besos de saliva con letras menores que el breviario y mayor que la glosilla. El, mientras glotoneaba las tetas a una, a la otra le penetraba la vaina por entre los glúteos insertando debajo del ovario la materia gomosa que sirve para crear. Galleta de gorgojo en vasija.

El las obligo a tumbarse boca arriba, una encima de otra, diciéndoles:

-Quiero ver vuestros dos coños, uno encima del otro como aves de altanería cebadas en el gallo.

Yo me sentí como en un barracón para gallinas, o en la localidad alta del teatro donde asiste el público sin distinción de asientos. Mientras, él seguía en el juego del monte de Venus haciendo suertes sobre las cuatro nalgas sacando la picha de la parte de arriba o del lomo de esa u otra lagarta. O colocándola entre las cuatro tetas, escuchando, cuando salía de la casa, un sonido a modo de grito chillón y destemplado que se les escapaba a ellas al atacar la nota alta de la erección.

Al mirar por la ventana, antes der alejarme, vi en el suelo como babosas o semillas del mamey. Él había quedado como el gallo de Morón, cacareando y sin plumas.

Las chicas se sintieron satisfechas al recibir y contar los 60 Euros.

Antes de que se vistieran le pidió a una de ellas (más tarde me diría que fue Silesia), que pusiera los labios de su coño sobre sus huevos al estilo de ese adorno que se pone en el capitel dórico, en este caso en la plaza semicircular del culo y banco de España.

-Daniel de Cullá

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