Frankenstein se encuentra con El Pernales

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Siempre me gustó Franquenstein, aunque sea bastante chorra y grotesco. Es una estrella para mí. Sabía leer, hablar y tocar la flauta sin aprender, como saben los príncipes y señoritos importantes.

Cuando tenía nueve años, con los ahorros de mi comunión, me compré uno de trapo. Era feo de cojones; pero formó parte de mi diario vivir y rutina.

A veces, se me parecía a la picha de mi padre, desde la vez que le vi ante el espejo poniéndose un condón; igual que le pasó, sin duda, a Mary viéndole el pene a Lord Byron, cuando en una reunión compitieron por ver quien la tenía más fea y larga entre Percy, Lord Byron y Polidori. Desde entonces, me encantó su recreación.

La Shelley, al crearle, me parecía un agricultor haciendo surcos, o la abuela haciendo quesos con leche de oveja.

Ante el Sacamantecas o la Serrana Salteadora, Franquenstein me parecía una hermanita de la caridad. Aunque esto sí, le encantaba leer sobre los bandoleros de España. Sus ojos, ocultos por la pelambre de unas alborotadas cejas, parecían centellear al hablar de ellos. Sobre todo le encantaba hablar de Francisco Ríos González "el Pernales", con quien se encontró repetidas veces en Lucena, de Córdoba.

Cuando iba con amigos a los pinares piñoneros a coger piñones y piñas para quemar en la estufa de hierro que caldeaba el comedor de la casa, o a los olivares as coger olivas, veía a Franquenstein y "el Pernales" asomarse entre árboles envueltos en polvos místicos, cual excursionistas amariconados, como dicen que están los santos cuando ven a dios y levitan, en intervención espiritual que clarifica sus pasiones.

Yo necesitaba verles. El rumor torrencial y constante de la lluvia, y la densa cortina de agua, impulsada por ráfagas de viento, nos estremecía. Quizás ellos dos nos salvarían del Sacamantecas y la Serrana Salteadora, que nos gobiernan. Yo les veía venir a mí, enseñándome los dientes como en un anuncio de dentífrico.

Un día que me adelanté a los amigos, (mis amigos y yo, todos, salíamos siempre reprobados de los exámenes del colegio), llegué antes al pinarejo, y les vi, ¡si, ¡ les vi a él, a Frankenstein y al Pernales, echados de costado sobre el suelo, al lado de pinos rodenos, intentando fumarse el mismo puro, Frankenstein quemándose los labios.

Se lo dije a los amigos, y me contestaron:

-Si serás bobo. Si es el alguacil del pueblo "El Visillo", el uno, que vino de Sierra Morena, y que viene aquí a sacarle brillo a su trompetilla con la arena del pinar, pues dice que es muy buena; y el otro, don Aurelio, tieso y solemne, espiritado y escuálido, sacristán de la iglesia.

-Tienen que ser ellos, repliqué. Yo vi almicantáradas, círculos paralelos a su horizonte que se supone trazados en la esfera celeste, por encima y debajo de ellos.

-Déjate de fantasías, me dijeron. ¡Vaya sandez¡ Es como el cuento de las apariciones de vírgenes y cristos a pastorcillos y bobos de baba.

-Además, les contesté con rabia, les vi soplantes cual tirapedos como dando aire a las alas de los martinetes, esas aves zancudas ictiófagas, que se mantienen con peces y son migratorias.

Hice un silencio, y exclamé:

-Bueno, lo que queráis, les contesté. Para vosotros, la perra gorda; para mí, la chica.

Callamos para recoger piñatas.

Para que lo sepáis, Frankenstein está compuesto de cuajo, sangre, latidos del corazón, y barro cocido, pero algo pinta en él no muy bien. Un día le vi, a escondidas, con semillas de flores en su mano derecha, algunas vivas, otras caducas, con las que se limpiaba el culo. También, cierto día que visité con el colegio el Teatro Museo Dalí, en Figueres, Gerona, le vi sentado en los morros rojos de la sala de Mae West, platicando con el mismo Dalí y García Lorca, en medio de los dos. Yo era un espíritu. Hablaban del amor divino por el Ano. Está claro.

Dalí abrazaba a Lorca atrapándole en sus brazos como hacemos con una avispa que atrapamos entre el cristal y la cortina. Su pincel caído le chupaba un gato. Lorca besaba un capullo que Dalí le había dado, que rompía entre sus labios.

Moderadamente frío, respecto a la temperatura ambiente, Frankenstein se echa sobre su creador azotándole para adularle, lisonjearle, decirle cosas agradables, y si joderle, mejor, como un novio reciente, acabado de fabricar.

Mary Shelley le hizo chapuceramente, como la misma Creación fue creada, cual guisote de cocina mal pergeñado. Y él lo sabía, sobre todo, cuando crotoraba la cigüeña, cantaba, y él tostaba el pan majándolo cuando estaba tostado o duro.

Andaba mucho y con fatiga, irritado por no poder lograr lo que desea: tirarse a la Bartola. El desea ir a todas las bodas y beneficiarse a las novias.

-Si me niegas la noche de tu boda, decía a las novias, te meteré una estaca por el culo como los dominicos inquisitoriales hacían con las brujas, o Drácula a sus no amadas.

El Pernales es habladuría der los pueblos, defensor, como todos los buenos bandidos, de la gente trabajadora y miserable; y, como todos ellos, quitando a los ricos, aun llegando a matarles, para dar a los pobres, y librarles de esta sociedad de podredumbre tan evidente.

Ahora mismito, estoy en un prado. Veo a los Asnos de Paracelso, Alberto Magno y Cornelio Agrippa y a los Asnos de Diego Corrientes, José María "El Tempranillo" jugar con Frankenstein y el Pernales, rumiando la dulce hierba, así como chupando algún guijarro. Estos guijarros llevan escritos unos poemas de Mary Shelly, estos:

"Poemas para Frankenstein y el Pernales"

Sobre los desperdicios zumosos
De un amor ardiente
Unas criaturas rumian la franquicia
De un suculento cortijo
De hombres y mujeres perfectos, racionales
Pendientes de un solo filo de navaja.
"Podamos, tú y yo, estériles
Salir de este parto estéril", claman.
Y gritan:
Un nombre, reclamamos.
Un nombre. Yo y tú.
Creados cual monstruos entre nubarrones.
Sin nombre. Yo y tú, multisexuales
Cual chotas en una catedral
Pensamos
Diciéndole a nuestra amada muerta
A lo bajinis, de vagina, muy bajo:
-Mucho os quiero, Elisas. Yo y tú
Meándonos en lo meado
De otros
Donde florece la aventura
Como un ideal lírico
En la vida azarosa y romántica
A lomos de nuestra jaca
Que peinamos
En igualdad de vida y amor."

(The Great Blafigria) ( El Bandidaje en España).

El miedo y el temor a ellos se habían adueñado de toda la comarca. Dicen que, como dos enamorados, se topaban al amanecer con quienes madrugaban, el uno con un cántaro de agua en la cabeza, y el otro con una losa a cuestas, y se quejaban diciendo, sobre todos los que madrugan, panaderos y barrenderos:

-"Días de miedo, días de desventura; aún no es mañana, y ya es noche oscura".

Otros, sobre todos los viejos de los Centros de Día, decían que al señor Obispo, que tenía hacienda robada al pueblo, le hacían algunos desafueros y ruidos de noche, formando fantasmas ofreciéndose a la vista para causarle miedo, espantando a las gentes para fines de sus amores.

-Daniel de Cullá

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