Monte Parnaso

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Monte Parnaso, un amigo que mantengo desde nuestra estancia en el Seminario Conciliar de Madrid, me cuenta una anécdota que os digo más adelante.

Yo soy Miraflor de León.

Monte Parnaso es un poco barroco y abundantemente cachondo. En el Seminario, elogiábamos la unión de dos sexos iguales, principalmente mujeres, dibujando Amor con sus dos Ases de Oros o culos mirando hacia Lesbos, isla griega.

-¡Ay, exclamaba Monte, dos coños de idéntica forma métrica componiendo una octava real del culo¡ Leíamos, a escondidas, los poemas de Safo. El "Himno en honor de Afrodita" le teníamos metido entre las hojas de nuestro misal. Como en la "Casa de las servidoras de las Musas", aquí, en el Seminario Conciliar, nos hacíamos, cada día, más maricones, siendo el Sexo uno de los pasos más sufrientes en nuestro retiro espiritual de Semana Santa.

El libro que más leímos fue "La casa del incesto" de Anais Nin.

-Ya, salidos del Seminario, nos cuenta Monte Parnaso, supe de una Asociación de Mujeres Feministas, que guarnecían sus pantalones con elegantes poemas de Safo y otras poetisas lesbianas, en varias lenguas.

Me ilusioné con ir a visitarlas. Iba intrépido y desasosegado. Me sosegué al tocar el timbre de la puerta principal. Ellas convivían en un segundo piso, izquierda, de la calle Hilarión Eslava, en Princesa, Madrid.

Subí, me abrieron la puerta y entré. Amigablemente me recibieron. me hablaron de sus actividades culturales y de sus luchas a favor de la Mujer: aborto libre y gratuito, ateísmo crudo y duro, libertad e independencia,

Cuando me preguntaron: ¿Y tú a qué vienes aquí, qué deseas?, tragué saliva y, algo nervioso, pero muy caballero, les dijé directamente:

-Vengo a comerme vuestras chirlas y descubrir con la lengua el Amor lésbico en sus conchas. Además, quiero colaborar con vosotras.

Callé y, entonces, una de ellas, a la que llamaron Cielo, que se estaba colocando una medalla sáfica en el cuello, justo entre sus dos pechos suplicantes, me abrió la puerta y me dijo:

--Esto último, ya lo estudiaremos, lo otro para cuando la rana crie pelo.

Me marche, bajé las escaleras, melancólico porque había perdido tocino de cielo. Salí a la calle, encontrándome de frente, antes de llegar al café en el que habíamos quedado, con una preciosa y carnal joya, empeño de mis abrojos de lujuria. Le dije: ¿Guapa, te va un beso? Si esta calle fuera mar, tú serías maravillosa sirena sobre las olas.

Ella, que era él, se acercó a mí; me dio un beso en cada mejilla y, apretándome contra su pecho, creí palpar su leño de amor junto al mío, y un lío en mi interior que me hizo sentir ahogarme en mi propia leche.

Ella, que, agachando la vista, vio que llevaba el pene erecto, me dijo:

-Lo siento, chavalote, yo tengo una vagina infantil.

Me quedé como un lelo metiendo su picha en su propio ojete

o como Tántalo que se moría de sed con el agua del mar a su alcance.

-Pues lo que eres, le dije yo.

-No, respondió él. Lo que somos. Tú y yo lelos, como Moisés y el Faraón, cuya vara de Moisés le hizo orinar sangre al Faraón.

-Daniel de Cullá

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