Inmatricular un nido

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Era una mañana de Sepúlveda, villa de la provincia de Segovia, con 5º C, viento O a 16 km/h, 87% de humedad, cuando nos fuimos a coger nidos a las Hoces del río Duratón. Íbamos Tito, Didio, Ptolomeo y yo, Duratón, riendo y recordando lo que nos había dejado dicho el padre espiritual del seminario de Segovia, paisano, que, ahora, era un buen elemento en el Arzobispado de Segovia, y que tiene una cara que se la pisa, como la cara del Cristo del crucifijo de la marquesa de Lozoya, que está en la Catedral. El padre, para combatir sus pecados de lujuria, se da de latigazos, como él mismo dice, y se araña los "huevinchis" por dios.

"Decid conmigo, decía: Ave lignum Crucis, ave crux pretiosisima", que en romance es: salúdote, árbol de la cruz, salúdote, cruz preciosisma"; lo que hicimos, confiando, con esta oración, en alcanzar un árbol con nidos, o al menos, algún que otro nido.

Este padre, a la contra de su viciosa lujuria, era devoto de su pene santo, pues como decía:" Por culpa de él, hago sacrificio, a pesar, y por esto mismo, de que, a veces, me veo salpicado humildemente por la gracia del Señor y eyaculo al frote de mi sola sotana. Cosa natural".

Cantando y saltando por entre las piedras, al estilo que hacen los eclesiásticos, llegamos a una pradera alta, cercana a un campo de cereal, justo al lado de Carrascal del Río, a la que llaman "Gervasia de Amor", pues a ella vienen parejas y familias a pasar el día; las parejas a hacer el amor "con afecto y ternura muy glande", exclamó Didio; lo que nos hizo reír. Por aquí se ven Gerbos, pequeños arbolitos que dan una frutilla silvestre muy sabrosa. De ahí lo de Gerva, Gervasia".

Alcanzamos un nido de codorniz; pero no en un árbol, pues estas aves nunca se posan en los árboles, si no en el suelo. Casi le pisamos en el campo de cereal, que atravesamos.

Ptolomeo dijo:

-¿Recordáis cuando estudiamos Ciencias Naturales que, hablando de la codorniz, nos enseñaron que es una especie polígama, y el macho es capaz de fecundar a varias hembras a la vez, y éstas pueden ser fecundadas por más de un macho en el curso de pocas horas, en su estación de celo que es entre abril y junio, que son los meses cuando nuestro padre espiritual y paisano toma vacaciones y marcha a un convento de monjas?

-Sí, sí, dijimos todos, riendo y con una mística excitación carnal por causa de ese fecundar o cubrir el macho varias hembras a la vez.

El nido, tapizado con hierbas secas, contenía siete huevos redondeados de color marrón claro con manchas oliváceas. Como las hembras tardan diecisiete días en incubar, optamos por regresar a nuestras casas, y volver a los dos días siguientes.

En el camino de regreso, nos subimos a unos quitamiedos de carretera, y nos pusimos los cuatro a orinar largo y tendido, intentando hacer segmentos de un círculo de hierba dibujado.

Al estar ya en Sepúlveda, cerca del Crucero, vimos al padre y le gritamos:

-Padre, padre, hemos visto un nido de codorniz con siete huevos".

Él sonrió, diciendo con rostro muy agradable:

- "Bien, bien, espero que, cuando volváis, ¿porque vais a volver, no?, me enseñéis los huevos. Pero, decidme en qué lugar están. Se lo dijimos, y el padre marchó, quedando nosotros dubitativos.

-¡Uy¡ exclamó Tito. Eso de enseñarle los huevos, me huele a pedo.

Reímos sin más.

Al segundo día, después de hoy, volvimos al lugar con la sana intención de robarle los huevos a la codorniz. Cual fue nuestra sorpresa que encontramos el nido vacío; ya no estaban. Malhumorados, movimos la cabeza, yo agachándola hacia el suelo y viendo como una postal vieja que, al cogerla, era la ermita de san Frutos, que, por detrás, tenía un escrito firmado por el padre. Decía:

-Os doy las gracias, pavos, por anunciarme el lugar y por regalarme vuestros huevos. Esta noche, si queréis verles y gustar de ellos, venid a la casa parroquial, que les voy a freír y comerlos. Además, no podéis perderos el ver dos preciosos huevos que tiene la preciosa gurriata que tengo.

-¡Qué capullo¡ exclamó Tito. No renuncia a la pájara mística y, encima, se queda con los huevos nuestros. ¡Será para incubarles en la noche del sentido¡

-Ja, ja, ja, exclamamos, y nos fuimos a casa, "cada mochuelo a su olivo". Estando junto al Crucero, un oficial del Ayuntamiento, que era tío de Didio, se acercó y nos dijo, que el mismo día, por la mañana, "el curita había inmatriculado un nido".

-Daniel de Cullá

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