De las cuatro estaciones,...

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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...EL INVIERNO ES LA PEOR

No me encontraba bien, por razón de temperatura. Aquí hace un frío que pela. La Catedral clava sus agujas en el hemisferio boreal.

Había venido a visitar a mi novia. Es Burgos, en la Semana Santa. Por las calles del centro de la ciudad, tontos de capirote iban rezando ave marías y padrenuestros, haciendo alto en las puertas de las iglesias.

Al lado de una tienda pública de libros y confites, en el Paseo del Espolón, una señora se vendía, ofreciendo a los caballeros "gallina en Semana Santa", como ella misma decía, "porque, aunque no se pueda, hay que comer carne".

En el punto de su órbita me detuve, como un planeta que se detiene aparentemente para retroceder o cambiar la dirección de su movimiento. Una vez que supe el precio, me marché. No me cayó muy bien esta mujer, pues me pareció una barcaza de guerra dispuesta para repararse. Para mí no era una vestal, sino un vértice de triangulación geodésica o topográfica. Un coco. Por eso se me apagó, por un instante, el fuego sagrado que estaba encendido para mi sacerdotisa.

El invierno es estacionario en esta ciudad. Aquí no se dejan sentir las estaciones. Como los paisanos dicen: "aquí no hay más que dos estaciones: la de invierno y la de autobuses.

Yo había quedado con un amigo, que era librero de una estación y que, según él dice, fue bibliotecario en la universidad de Salamanca. Yo no me lo creo.

A la hora del desayuno, cierra la librería y pone un cartel que dice: "Vuelvo en cinco minutos, o más".

De lejos, le vi allí, junto a la puerta de una farmacia en la plaza Mayor. Parecía una bestia atada a una estaca fijada en tierra, pues estaba tieso e inmóvil, como mis sentimientos. Muy erguido.

Le asusté, pues le di un toque por la espalda, largándole cuerda, y nos pusimos a charlar. -Quiero llegar, pronto, a casa de mi novia, le dije.

-Venga vamos, respondió, preguntándome: ¿Qué tal el viaje?

Le respondí:

- Vaya, no muy mal del todo. Pero, le reprendí, como si él tuviera la culpa: "aquí hace un frío de mil demonios. Esta ciudad es una ciudad de osos, ¿o no?"

Caminando, nos detuvimos en la mansión de mi novia. Todavía no se veían luces interiores en la casa, así que opté por tirarle piedrecitas a la venta de su dormitorio, que yo adiviné, pues ella me dijo, en una ocasión, cuál era, y que daba a la calle principal.

Desde mi mano a su ventana había 4 varas. Del balcón colgaba una cinta bendita cogida de algún santuario. Mi hilada de amor tenía de largo lo que mi estado de hombre. No me importaba mucho que fuera más larga o más corta. Yo sólo quería verla asomarse a la ventana y que bajara, para premiarla, desde luego, con besos eternos, y una cosa bien particular, que quiero ahora rematar esta relación, hablando con sus padres y pedirles su mano.

Su padre es enfermero en la enfermería del Hospital Militar, en el Barrio de las Huelgas; su madre se dedica a sus labores.

-Daniel de Cullá

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