El lado oscuro de Lucia

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Ella, Lucía, me ha llamado para contarme una cosa. Es mi amiga desde los trece años. Ella tiene dolores en todo el lado derecho, me dijo. El paraje que rodea la casa donde vive con su padre es propicio a pensar en brujerías y hechos sobrenaturales. Lucía dice que el demonio siempre se presenta por el lado de la aldea, y por el costado o parte del cuerpo comprendida entre el brazo y el hueso de la cadera.

Una estera con el dibujo de un lagarto, en forma de la Constelación Lagarto, está arrimada al quicio de la puerta. Cuando la vi, inclinaba o echaba una cosa hacia un lado, un gato negro. Su falda tiene labores por un lado y es lisa por el otro. Su blusa es ligeramente roja. Está preciosa.

"Haz lado", le dijo su padre, pasando a su lado, que miraba de medio lado a uno, y evitaba el trato. Advertí que ella le miró con enojo o con desprecio, y más, como me dijo ella, "desde el día que dejó entrar en su casa al cura, que tiraba por el lado oscuro, y que le había mirado con disimulo en más de dos ocasiones".

Sentados en un tú y yo, me cuenta de su lado oscuro: "Un día que daba ladridos el perro y las flores y demás partes de las plantas de tres tiestos, todas, miraban a un lado, el cura, declinando del camino derecho y yo inclinada, vino a una cosa y se dejó llevar de mí, empezando a moverse apretando mis nalgas, propasándose por ese lado, queriendo penetrar el mismo santo que allí estaba, aunque no pudiendo de ninguna manera pasar, por mucho que lo procuró, y por más que en esto insistió.

Este cura, que es Jagellón, ocasionó mi destronamiento y mi pase a al lado oscuro del sexo que yo nunca había conocido. Sus golpes dados eran como de ladrillo, y yo me sentía como en el juego o burla que consiste en colgar de noche un ladrillo delante de una casa, moviéndolo con una cuerda desde lejos, a fin de que los golpes hagan creer que alguien llama.

Su jadeo era de quien ladra. Daba ladridos, haciendo portillo en la `presa para robar el amor. Yo era pavesa encendida que separándose del pábilo hace correrse a la vela. El me llamaba con su carnal aldaba. Como todos los curas de clerecía tenía la cabeza cuadrada. Su cara era de ladrillo, del color rojizo que suelen tener los más de los ladrillos.

Hizo una pausa, que yo aproveché para preguntarle:

-Lucía, ¿No sería acaso el diablo, el cual, vestido de cura, se arrimó a ti cual estera que se arrima a los adrales del carro para contener la carga?

-Pues pudiera ser, me contestó, al instante. Prosiguiendo: Sin duda, sí, pues me hablo de forma muy inteligente, y el cura amigo de mi padre es un lerdo. Me dijo al oído: "voy a besarte cada una de las líneas que forman tu perímetro; y voy a darte de la parte más sublime y más levantada que forma el contorno de un Amor".

Yo levanté la vista al cielo, atravesando la ventana, y divisé el lado oscuro de la Luna.

-Daniel de Cullá

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