En un viejo tranvia de Madrid

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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El tranvía o "Tranca", como se le conoce hace la Línea Carabanchel Bajo - Plaza Mayor. Yo le cojo en la parada de Mataderos, cerca de donde vivo, calle Urgel, que hoy tiene parada de Metro.

Corre el año 1965, y acabo de escapar del Seminario, sí escapar, lo digo bien. Yo quería premiar a mi libido con gloria carnal, pues me había esmerado en pulir la santa imagen de mi pene. Aquí, en este antro de santidad no existía otra lucha que la que se había montado la iglesia entre la falsa santidad y la lujuria, divina Lujuria.

De él salí lleno de pajas y rozado por manos sacras hasta en el culo, buscando, ahora, poder rematar mi relación de macho con una buena "ja" o hembra que sacara de mis casillas tanta basura sacrofacha.

Los tranvías iban repletos hasta los topes. Subí en uno a medio llenar. Yo me dirigía a la Plaza Mayor para cambiar sellos y monedas. La parada final del tranvía es justo al lado de la Plaza Mayor, cerca del mesón de Luis Candelas, una vez pasada la iglesia de san Isidro.

Iba ensimismado, distraído, mirando a las chicas que subían con el deseo de poder apretarme con alguna de ellas y tener sensaciones por causa de la llenura. Pero cuál fue mi sorpresa que yo, que salí del Seminario hastiado y asqueado, que estaba hasta las pelotas de tanto misal y cura, sentí mi ojete cogido por una mano, al estilo de las manos que cogen la manzana del árbol del Edén en los cuadros de los pintores majos.

Hasta que no me enfrenté al bujarrón, no advertí que era un bujarra con alzacuellos. Vi que era el padre Mario "Picharosa", que era superior, que me apretó el ojete frotándome su mano derecha hasta los huevos. Yo nunca había sentido ese calor y sensación tan extrañamente divina en este agujero o tercer ojo. Por las apreturas de la gente y traqueteo del tranvía, él mismo quiso penetrarme allí mismo, atravesando pantalón y todo, pues arrimó la cebolleta consecutivamente, cual santo que se flagela.

Mi ano no estaba preparado, retirándome de él, llamándole y gritándole: "¡largo de aquí, tío guarro¡ qué hace?" El se corrió y se puso nervioso, lo que aproveché para decirle en voz alta que le esperaba mañana, en el mismo tranvía y a la misma hora, pues iba a recibir un regalo divino, toda vez que yo vendría preparado.

En el tranvía, como todos los cuerpos estaban asquerosamente apretados, nadie observó nada o no quiso observar. Si te fijas, todos miran a lo alto, como si nada, mientras sus culos, los de muchos y muchas, hacen de lo suyo.

Bajé y me fui a cambiar sellos y monedas. Tuve suerte porque la mayoría de ellos estaban en muy buenas condiciones, además de que eran de Estados Unidos y de Israel. Fueron muy bien aceptados, así como algunas monedas de plata del rey Alfonso XII, que me compraron muy bien.

No se iba de mi mente ni del ánima de mi ojete el recuerdo de ese bujarrón de clerecía. Y esperaba con ilusión a mañana, cuando un amigo mío, dos años mayor que yo, con el que había quedado en la Plaza Mayor, y a quien le conté lo sucedido, aceptó gustoso en darle una lección de honor a ese bujarra.

Mi amigo era un furioso forofo, y salido, del Real Madrid. Era de los que buscan pelea y arma todas las broncas. Recuerdo un día que, yendo con él a Carabanchel a ver a "El Platanito", un torero de tronío y payaso donde les haya, para mí el mejor de todos los toreros habidos, en un tranvía que iba desde Urgel a Vista Alegre, donde se ubica la Plaza de Toros, un individuo, al pasar, tuvo la osadía de tocarle el culo a su novia, que es hermana mía. El que lo vio, se fue a él como una fiera, le agarró del cuello, pidió al tranviario que parase, y de un ostión que le dio, le arrojó del tranvía.

Tuvo suerte este gilipoyas de no darse contra el suelo de cabeza, gracias a que pudo agarrarse a uno de los coches que se encontró en su caída, y que chafó, por supuesto.

-En marcha, señor tranviario, ordenó mi amigo. Ya he limpiado de escoria el tranvía.

Y todos contentos. Yo no salí de mi asombro y de mi admiración por él. Para mí fue un héroe. Y soñaba con ver por los aires a ese bujarra de clerecía que me había calentado el ojete. Ya gozaba viéndole caer contra el suelo como un pelele, abriéndose la crisma.

Más no pasó, ¡ay, dolor¡ lo que queríamos. Al día siguiente, mi amigo y yo cogimos el tranvía , el mismo y a la misma hora, esperando encontrarnos con el bujarrón ese. Para nuestra grata sorpresa, le vimos subir, y le esperamos, haciendo sitio, para que se pudiera a tiro y ver qué es lo que hacía.

Para nuestra mala y su buena suerte, él advirtió mi compañía. Asustadizo, se detuvo con sobresalto y apartaba a la gente hasta que llegó al alcance de un joven que nos pareció que le esperaba, pues se puso al lado de él y, como un misionero de las Indias, le agarró de su cosa no muy proporcionada, haciéndole al joven sonreír el grandísimo deseo de la misión de este santo cerdo asqueroso.

El chico, a imitación de él, le agarró lo suyo, haciéndole el mismo favor que él, entrañándose consigo dos. Los dos se pusieron frente a frente en venerable sacerdocio y jodida mística de amor.

Mi amigo me dijo que no quería montar el poyo. Y que como no se había acercado a mí ni me había rozado, no le podía agarrar e inflarle a hostias. Yo me quedé triste y sin la alegría del cazador de no poder haberle visto saltar por los aires del tranvía, y estrellar su cabeza contra el suelo, para que así las hormigas le hurgasen sus mierdosos sentimientos, y los perros sueltos callejeros, que en Madrid hay muchos, le mordiesen los huevos.

-Daniel de Cullá

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