Eh, toro

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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El toro barroso oscuro y de kilos, algo descarnado, pero bien puesto de cabeza, y con greñas, astiverde, de astas verduscas, de color del jabón moreno o del barro de tierra blanquecina, efectuaba movimientos en una dehesa de la provincia de Salamanca , como si de una pequeña nave de guerra se tratara.

Llevaba colgado del cuello un cartelito con su nombre: "Tolondro" y sus kilos: 450. Su marca o divisa aparecía marcada en el lomo, dibujada en letras como MOHCO, y en colores, por este orden: morado; azul; azul, encarnado y blanco; amarillo y encarnado; verde botella y oro viejo

Mi amigo, sujeto pequeño, grueso y barrigón, traía consigo una carabina de perdigones, con la que dispararía a este toro, pues se le había cruzado, viniendo hacía él, por haberle citado haciéndole señas con un pañuelo rojo desde el muro de piedra donde nos habíamos colocado, atravesando con rapidez el cauce que separa en dos la dehesa.

No estábamos seguro ni a salvo, pero él agarró la carabina, apuntó al toro y comenzó a dispararle perdigonazos, diciendo a cada tiro: "Cierto es el toro". Yo no estaba de acuerdo en tal cruel juego, y se lo advertí. Él me dijo que, en cuanto rellenara de perdigones el hueco de las dos O, dejaría de disparar y nos volveríamos por donde habíamos venido.

Tenía habilidad y destreza para apuntar el "majo", y, en unos breves momentos ya había recubierto de perdigonadas las dos O. Nos tiramos del muro, echando pie a tierra. Viniéndose a mí, sin cordura, ni prudencia, ni miramiento, anduvo con tiento, palpándome el culo, ensayando como hace el músico antes de dar principio a una tocata, pasando los dedos por entre las nalgas y ejecutando algunas consonancias para ver si mi instrumento estaba en su temple y punto debido.

A tiento, le di con un palo delgado, que cogí, en la cabeza, y le obligué a guardarse la mano.

-A tu tierra grulla, aunque sea en una pata, le grité, echándole la zancadilla.

Después, pasaron un día, y dos, y tres. Como mi madre me había mandado el ir a la carnicería a comprar un kilo de magro de toro, llamé a mi amigo y, con él, nos fuimos a comprarlo. Nos asombró la cuenta, pero como la carne estaba tan roja y sanguinolenta, nos fuimos contentos de haber cumplido yo con el encargo.

En casa, mi madre, dispuesta con cuidado y diligencia, puso el magro sobre el mármol de la cocina, comenzando a hacerle filetes. Ya estaba casi acabando, cuando rechinó el cuchillo, apareciendo en la carne ciento de perdigones impíos, mirándonos a los dos algo furiosa y muy airada por la desfachatez de la carnicera por habernos dado un magro lleno de perdigones.

- Qué cara más dura, así se quieren hacer pronto ricos, exclamó. Y, dirigiéndose a mí, me ordenó que volviéramos a la carnicería y le mostrásemos la pieza, para que lo supiera y devuelva el dinero que restase de lo cobrado por el peso de los perdigones y, que si se oponía, al instante, fuéramos a denunciarla a la oficina del consumidor.

-Y vosotros, nos dijo, no volváis a hacer mal a ningún animal, ni a criatura alguna.

-Daniel de Cullá

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