¿Usted, señor, es bobo como yo?

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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He subido el primero al autobús de ALSA, que me lleva de Burgos a Madrid. Mi asiento da a la ventana, y veo la estación fría y asquerosa. Parece un gran nicho o túmulo, por donde van y bien zombis, muertos vivientes, rápidos como murciélagos y murciélagas. Esculturas sepulcrales, andantes. La cueva de san Antolín, en la catedral de Palencia, con lucernas oblicuas y columnas de reliquias, enamoradas del nicho de la Alhambra de Granada.

Qué asco de estación, me digo. Ahora no se ven más que policías, guardias de seguridad y dos empleados, uno, de un surtidor de gasolina, otro, controlador de los autobuses, colocados en el mismo centro de la estación. Antes era otra cosa: Variopinta, Bulliciosa. Antes, había Vida: pordioseros, borrachos, prostitutas, pedigüeñas y pedigüeños, por lo general gente lisiada que te regalaba una cancioncilla o chascarrillo impreso de crímenes pasionales que habían recién pasado, tíos medio drogados con la picha fuera del pantalón, gentes con perros y algunas mujeres con conejos o gallinas que traían de los pueblos para sus familiares de la capital. Vaya estación de asco, hoy.

Pienso si esta vez tendré suerte con quien se ponga a mi lado. No, no tengo suerte. Siempre me toca la más fea o el más guarro. Ya mi madre, desde joven, me dijo, en plan adivinadora: "hijo, tú, que eres guapo, siempre bailarás con la más fea". Y así es y ha sido. Joder, es que ya tiene bemoles la cosa, me digo. Si voy al baile, bailan conmigo las más feas, vaginas, de bajitas, y paticojas. Si viajo, siempre me toca la más fea o el tío más carcamal, bastote o de poco viso.

A esta chiquita que tengo al lado la miro de reojo. Tiene una carita linda, cruzada por un gesto un poco raro, como de boba. Es regordeta. Sólo destaca en ella una imperfección en su blusa sobre su pecho, consistente en una como bolsa o ampolla, buche. Vaya, me digo, algo es algo. Sonríe linda, como lo que es, como una boba linda. Intuitiva, como mujer que es, me ha pillado mirándola. Se sonríe. Me habla, de una manera abierta y sincera, como estudiante, y buena, que lo es. Me dice, preguntando:

-¿Usted señor, es bobo como yo? Yo voy a Madrid porque estudio el primer curso de carrera en la Universidad Rey Juan Carlos, en Móstoles.

Me ha dejado gratamente abobado, con trazas de bobo. La veo inteligente, además de que está bien perfumada. Huele bien. Le respondo:

-Pues sí, chiquita, yo soy un bobo de baba, como todos. No olvides que vivimos en el reino de Bobalías, con bobitontos y bobáticos por millares.

Ella se sonríe, a punto de estallar en carcajada. Se mueve del asiento. Y yo. Esto es porque las risas de las chicas resuenan en su vagina, como las nuestras, en nuestro pene. No le pregunto qué carrera está haciendo, porque me siento contrariado, y me da envidia, ya que yo acabé, como mi madre adivinara, la carrera del galgo, y ahora capo chicharras, a veces tuesto pan, y tiro pedos como un bobo, las más de las veces, en operas bufas donde trabajo como sapo.

-¿Chiquita, le pregunto, estás contenta con tu destino?

-Bueno, me responde, hay que sobrellevarlo. No nos queda otra. Yo antes, cuando tenía trece años, renegaba de mis padres, porque habían follado como locos, y me habían hecho a mí. Ahora, lo acepto, a regañadientes, pues lo peor que soporto de mí es el chisme, con todos sus entresijos y amasijos del genito urinario y babosidades del falso amor.

-Pues a mí me pasa lo mismo, le digo. Yo creo que a nuestros padres y abuelos les trastornó la guerra que pasaron, pues mamados como iban al frente unos y otros, cargados de vitriolo y aguardiente malo hasta las cejas, cuando volvían al hogar o bajaban al lupanar de turno, follaban como unos verdaderos trastornados.

-Sí, sí, me responde ella, Yo a mi padre le he oído decir que su padre iba a cazar conejos a Estepar. Ya sabe usted.

Sonríe. Sonrío.

-Pues, mi padre decía, le digo yo, que bajaba del frente de Guadarrama, e iban al prostíbulo de La Latina, en Madrid, como verdaderos cafres, hechos unos salvajes. Pobres conejas.

Nos reímos más. Yo no sé ella, pero yo la estaba cogiendo cariño del bueno, de ese que es "bocata" de cardenal, y que gusta a los curas pedófilos más que las hormigas al oso hormiguero. Sentía un hormiguillo en el pene, el paso de hormigas por él, sí, el mismo que sentía san Juan de la Cruz, cuando levitaba, estaba inquieto y sin sosiego. Eso creo.

No nos dimos cuenta de cuando el autobús había partido. Durante el trayecto, nos habíamos quedado medio dormidos. Yo creo que pasando Smososierra. Cuando despertamos, estábamos entrando en Madrid. Ella tenía que ir al intercambiador para llegar a Móstoles, y yo tenía un encuentro literario en la Casa de Asturias. Tenía que coger el metro hasta Sol u Ópera.

-Ojalá nos volvamos a ver, le dije, marchando, no sin antes darle la mano. A mí me puedes encontrar en el bar El Patillas, o en El Baúl de la Piquer.

-¡Ojalá¡ me respondió. Yo suelo ir con mis padres, los domingos, a misa de doce en la catedral, cuando estoy en Burgos. También, a alguna fiesta o paseo de los estudiantes en la Universidad, en Las Huelgas, cuando tengo vacaciones. Aquí, en Madrid, bueno, en Móstoles, no salgo.

Eché a correr de este lugar de la Avenida de América donde hormiguea la gente.

-Daniel de Cullá

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