El demonio tiene una sola cara

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Sin mancha ni pecado hacía yo mis ejercicios espirituales en el Seminario de Madrid, en una aventura frustrada de querer ser santo y levitar, pues siempre despertaba con manchas de esperma en las sábanas, unas veces por correrme en sueños, otras, porque me la frotaba a dos manos como el caballero aventurero don Quijote, evitando la falsa teología de mi padre espiritual , que siempre decía que lo primero es no masturbarse, cuando él movía su carnal lujuria en un colegio de ursulinas, colocándose a la mira y el deseo de las monjas y novicias en el confesionario.

-No te toques, hijo mío, me decía. Respondiéndole yo:

-Padre, es que ella sola se pone a mano. Mire, cómo.

-¡Hijo mío¡ exclamaba.

Deseoso, en mis noches del sentido, de saber a qué saben las novicias que el padre espiritual se beneficiaba, con fervorosa piedad besaba yo las estampitas de santas y beatas, para mí sin mancha de pecado original, y sin bragas, poniendo los ojos en el chichi recordado de una amiguita, quien, cuando pequeños, se metía cristalitos de colores en él, recordando la docta y sabia universidad del Asno, cuando el aumento de su órgano me hacía elevarme con ligero vuelo erecto, mientras el Asno, solemne, rebuznaba, y yo con él.

Desde el principio yo llegué a ser un alegre y glorioso santo de remate, vestido del fervor y celo de los Asnos que ven al Amado, habiendo crecido mi devoción desde la solemne demostración de una paja, moviendo al padre espiritual devoto celo, sobre todo cuando, en confesión, le decía: -Padre, esta devoción me la aumenta.

-¡Hijo mío¡, exclamaba.

- Padre, quiero contarle de un sueño que tuve anoche.

-Soy todo oídos, hijo. Cuenta.

-Eran las tres de la tarde. Estábamos en la siesta. Yo me sentía capaz y suficiente de hacer el amor con una novicia. Caminaba por el camino de un pueblo. En las puertas, ventanas y balcones había viejas con sus faldas levantadas tocando gruesos cetros en forma de pene. Niños y niñas tocaban instrumentos de boca, ellos chirimías, ellas garapitos. Había un caballo, mal concertado y peor compuesto, como el de don Quijote. El caballo llevaba en su lomo derecho la vitola de la herejía cátara. Roberto de Bronge, el primer inquisidor dominico, que había sido antiguo cátaro, le tiraba de la verga por detrás, y a él le cogía por los huevos, también por detrás, Raimundo de Peñafort; a éste le tiraba, igualmente de los huevos, Cristóbal de Gualba, y a éste Juan Orts; a éste fray Juan de Epila, a éste Pedro Conte, y a éste Juan Franco, y a éste Guillem Caselles, y así en número más de ciento, terminando fray Tomás de Torquemada. Todos juntos hacían una agradable y venerable vista, con su sambenito medieval consumido, pero que aún podía ser desecho de su mismo Ano. Todos ellos iban ensartados en un palo judeoconverso, que les atravesaba por el Ojo del culo y les salía por la punta del capullo, cual pincho moruno.

Desde un balcón alguien les tiraba macetas negras con rosas rojas, otros bonetes en los que habían defecado. Yo quise tener con ellos la gracia de enseñarles cómo me las gastaba. Y así, con la gracia y tozudez de un rey erecto, me planté delante de ellos, acompañado de tres novicias, que parecían las brujas que benefició Sixto IV, que eran las tres Gracias desnudas y con sus chirlas en la mano, Eufrósine, Aglaya y Talía, a las que montaba de una en una como un soberano Asno, profesando en cada una, en cada polvo, el Latín y el Griego, la Filosofía y la Teología.

El caballo iba camino de un prado o diócesis en Bucarest, bella ciudad donde se mezclan Oriente y Occidente, entrometida en los asuntos internos de Guillaume Apollinaire, que descansaba entre su Las Once Mil Vergas, Les Onze Mille Verges ou les Amours d'un Hospedar, "más fuerte que el Marqués de Sade", según un crítico célebre, tumbado de espaldas y mirando al cielo, cuyas nubes dibujaban un Coño infinito de Mujer, al que Apollinaire dirigía su pene erecto, cual zanahoria, reivindicando la base experimental de su poder.

Cuando advertí que venía una inmensidad de gente, después de más de media hora follando, desperté a las cuatro de la tarde, salvaje y desnudo, advirtiendo que había metido mi picha en mi propio ojete, y que hilillos blancos de esperma habían salpicado las sábanas, apenas pudiendo juntar las manos.

-¡Hijo mío¡ exclamó. Yo seguí:

-Pero, padre. Yo quisiera que usted me dijera qué cara tiene el demonio, pues, si le digo la verdad, se me ha aparecido en las chirlas remendadas de las tres Gracias, forradas con el mismo velillo de esperma de este mi pene que tengo, ahora, en la mano derecha como un mohoso chuzo, que huele a queso manchego, poniendo hambre a los inquisidores cuando le mira, como usted bien sabe.

-Hijo mío, contestó, el Demonio tiene una sola cara, y es de la mujer el Chumino, ese Chumino tan deseado por la santa crueldad y los Cien Mil Hijos de san Luis, que esta tarde has deshecho junto al gran tuerto o tercer ojo, en rodela carnal de joven tapador.

-Padre, pero Padre, le respondí, siguiendo:

-Tras de usted voy, como Sancho tras su rucio y flaco pollino.

-Aunque soy más viejo que tú, dijo, no puedo ser desecho de tu mismo rabo.

-Daniel de Cullá

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