El grajo obispo

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Yo era un grajuelo, grajo pequeño que iba para cura y lo más que deseaba era meterme debajo de la sotana del grajo obispo. Ya su grajear en gregoriano me provocaba a masturbarme, como él decía "con gracia". No comprendía cómo la gente le tenía tanto respeto y le besaba la mano, una mano que olía a orín rancio de orangután. Él se creía un "Gracián", y de sabio y jesuita tenía lo que el obispo de Calahorra, unos huevazos que tan solo eran admirados por el papa de turno en su Vaticano. Lo sé por experiencia. Se les vi, cuando un día él me dejó meterme bajo su sotana, y me encontré de bruces con su morcilla negruzca y sus huevos peludos. Yo creía que los obispos llevaban pantalones debajo de la sotana, pero este no. Llevaba los pelendengues colgando como una cruz pectoral. Esto que dicen es hermosura y excelencia para curillas maricones, a mí me pareció un verdadero asco. Pensé cómo es posible que las beatas y meapilas se pirren por tal butifarra, y que toda esta gentuza de la grajera romana sean los amos de los pueblos y cuestionen la Razón. Sus piernas eran sutiles, menudas y delgadas. El, con sus dos manazas, apretó mi cabeza contra su entrepierna, creyendo que su morcilla entraría en mi boca, cuando lo único que hizo es chafarme la oreja izquierda, arrojando una baba pardusca, y no negra porque su sotana tenía un roto muy cerca del ojo del culo por donde entraba luz. Yo advertí que él celebró su eyaculación con gozo, porque empezó a grajear como un cuervo, y seguía apretando y frotando mi cabeza contra su órgano como si quisiera fijar profundamente en mi cuero cabelludo una idea, un sentimiento, no de dios sino de su teologal culo, que es lo único que saben.

Yo llevaba un alfiler con cabeza de nácar, de esos que se consiguen del velo de las novias. Se me vino al rostro una gracia delicada, una amenidad que me hizo pincharle un huevo con gracejo, pensando en aquello que nos conviene para alcanzar la bienaventuranza, y al obispo joderle donde más le duele. El pinchazo le hizo saltar saliendo de mí y gritar de dolor como alma que lleva el diablo de una casa mortuoria. Por nuestra amistad, le pedí benevolencia, pero él me grito que "ni perdón ni indulgencia, que él era franco y no creía ni en dios". Agarrándome del cuello de la sotana, me arrastró hacia el patio del palacio arzobispal donde había colocado una horca en forma de escuadra, pasando la soga por mi cuello, no sin antes arrancarme la sotana y tirarla contra el suelo. Miré a lo alto, y tras una reja como locutorio en los conventos de monjas, vi que unas sores reían amenas. Sus rostros tenían un color rojo como el de la cochinilla o semejante a él. Una de ellas tenía entre las manos un instrumento de carpintero, que me pareció un Gramil, que traza una raya o filete paralelo al borde de una tabla o madero. El obispo se sentía a gusto con el mal de mi grado. Dividiéndome el cuerpo en grados, aplicó a mi cuerpo, sin orden alguno, quince latigazos al estilo de los quince salmos del Salterio, que él canturreó desde el 119 hasta el 133. A una sor se le escapó el decir en voz alta: "ahora, al curita le falta una hostia entre la Epístola y el Evangelio", lo que hizo al obispo volver el rostro hacia ella, parar el latigazo, y mirarla con esos sus ojos de cabrón salido como advirtiéndola que al final del Acto sería por él follada, al igual que le hizo a una graja de Campalvo, en Cuenca, ahora en el Convento de al lado.

Cuando terminaron los latigazos, el obispo, de una patada, me mandó al Seminario menor. Recogí la sotana y me fui corriendo. Las grajas sores comenzaron a chillar y cantar conforme a la regla de sus matrices caídas y preceptos de su Orden y Libro del Útero, mal pensando que tendrían que enfrentarse al Obispo, que les llamaría, de seguido, a Capítulo. Al mismo tiempo, la sor que sería, sin duda, jodida por el Obispo, exclamó: "Que el obispo no se desvíe de su fuente bíblica y venga a mi Pilón, pues le haré tragar su propia morcilla, que la profecía divina funciona claramente tras el escenario humano, y si no funciona, no importa, le clavaré una estaca en la sien, ¡por mis ovarios¡".

-Daniel de Cullá

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