El clavo fijo de Daniel

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Daniel ama su propio cuerpo, tanto que no necesita mujer alguna para llevar su erección al auto corporal de su propio sexo. Tiene dignidad de clavero y entiende del molde en que se forman las cabezas de los clavos.

-En el servicio de mi lujuria, dice, no existe puta o virgen que me haga las pajas como yo a mí mismo; ni Chocho alguno que enriquezca mejor y más fuerte que el llevar mi propia erección a mi propio ojete.

-Pues sí que la que la tienes larga, le dice su amigo Antonio de Vergas.

-Pues sí, ¡verga en alto¡ (je je), le replicó. Yo no necesito de ninguna ja o hembra para satisfacer mi apetito sexual. Ante el espejo, y desnudo, soy un bello cazador, y te diré que la primera aparición de una puta en el escenario de mis sentido, me hizo entender y comprender que una mujer jamás me hará un servicio tan suave, excitante y plástico como el que me hago yo a mí mismo, por delante y por detrás.

Hace una pausa y sigue:

-La mujer es cansina. Aburrida. Sólo carnaza. En la postura perruna es quizá cuando mejor se me presenta, pero ella da poco y poco hace. Todo lo tiene que hacer uno. Su chocha es como un turbante mojado de plumas. Ella, ellas, para mí, no tienen habilidad de hacer bien una paja y menos de ingeniar la estrategia maravillosa de darle uno por el culo.

Hace otra pausa, y sigue:

-Daniel, yo, una vez dejado el Seminario, siempre salí al mundo a cazar pardalas por diversión. Jamás pensé en casamiento alguno. Para mí, como me enseñaron en el Seminario, joder una hembra es una angustia de dios, y creo que meter el clavo ardiente a una mujer es un requiebro a su hermosura, y hacerle daño. Y no me vale eso de que "siempre hay un roto para un descosido".

Hace otra pausa, y sigue:

-El coño engaños utiliza. Nada más que es un accidente puesto por la Naturaleza para engendrar; y que, para vengar esa su injuria natural de Sexo partido, cumple muy bien con los deberes genitourinarios. Yo, creyente de las potestades sobrenaturales que gobiernan y dirigen sus cuatro labios, para rendirle veneración y culto, me bajo a él y le chupo y rechupo como un loco salido, tomando mi lengua el hábito de su monástica vagina, con un cielo vaginal de racimo, relinchando como un caballo, guarneciendo las orillas de sus labios con mi clavo iluminado que se perfila en sus glúteos, dando luz a cada uno de los tres grandes músculos que forman las nalgas, como hicieran los conquistadores españoles en las de las mujeres mexicanas y peruanas.

Hace otra pausa, y sigue:

-La mujer se siente macho con el diseño varonil entre sus piernas; no tengo duda. Quizás por eso no sepa hacerme una paja, ni adivinarla, y menos follar. Lo varonil en la mujer despierta cuando cae uno derrengado y asfixiado y ella le grita al macho: "¡Venga puto, jode más, más¡". Y uno pregunta afirmando: ¿Quieres más? No más.

Hace otra pausa y sigue:

-Nosotros tenemos la capacidad de amarnos y de querernos, mientras ellas tan sólo saben manipular este su lugar grande y feo a los lomos y caderas. Recuerdo un día que estaba con una de mis primeras putas muy lozana, viciosa, que tenía abundancia de pechos, y que prometió hacerme de todo en latín y algo en catalán, al no hacerme sentir nada de esta batalla amorosa, y saberme a poco su "hierba Luisa", le dije: "Ha sido tu sexo poco", dejándola descompuesta, corriéndome yo al otro lado de la cama, chupándome el cipote, y guiándole al tercer ojo para que ella no pudiera resistir a la evidencia.

-¿Y no te dijo algo la hembra?, me preguntó Antonio de Vergas.

-Pue sí, le respondí yo. Me dijo:

-Todo en el sexo es falso, nada es cierto. De aquí a mañana, me meto monja; algo que tenía que haber hecho a la muerte de mi marido Alonso de la Cerda.

-Daniel de Cullá

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