Oráculo

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Cierta ave marina de rapiña con un cerco luminoso alrededor del pico, que cabe en una falda, arrojaba un aliento halófilo parecido al de esas plantas que viven en terrenos abundantes en sales. Mi amigo la llama Chirla Halda, pues para él es arpillera grande donde se envuelve y empaca el algodón espermático y la paja, y donde se escucha el tintineo de las bolas chinas.

Ella es la que nos trae las respuestas a nuestros males y, en nombre de ella, sacerdotes picios y beatas pitias o pitonisas, se sirven para rendir culto a la divinidad y a la nada, y sus símbolos. "A tales chirlas, tales respuestas", dijo, en nombre de ella, un toro de Guisando, en la provincia de Ávila, numen que, según cuentan, dice cosas muy ciertas y muy exactas, si la persona que ejerce de divinidad, pitoniso o pitonisa, le toca el rabo al mismo toque de campana de un campanario cercano. Una orangutana, mona antropoide de las islas del Asia Oriental está enamorada de él, bajo la crestería singular de los Galayos y la mole pétrea del Covacho. Eso dicen.

Aunque el perro raposero , ese que se emplea en la caza de montería y especialmente en la de zorras, nos descifraría el oráculo, si le preguntamos al Buscapiés dado a la rapiña, que usa de ardides y trampas, convidado de piedra de esos pajarracos carniceros que viven de los animales que cazan con mordaza y miedos, "si seguirá siendo él quien rapará el fleco liso del pueblo rascaboñigas, campesino, "; nos responderá que sí, pues este pepesapo nos dará un rape con esa tabla madero o piedra en forma de cruz armada de garfios, que se emplea para pescar pulpos y almas benditas, que pasan rozando ligeramente el rascabarrigas, cierto arbusto silvestre.

El pueblo raposuno, que tiene la virtud de rarificar, y ratificar una zorrera, es el cantor ambulante de la raposa, y su mejor cante la raspa, esa cierta fullería en el juego de las cartas, Tarot paleto, donde se juegan, llegado el caso, la mujer y la casa, mientras los honorables rateros, aprobando o confirmando algo que se ha dicho o hecho, pasan de largo cargados de botas, pellejos, pieles de carnero o cabras, carrales y costales repletos de dineros robados al Erario público, no diciendo ni fu ni fa, tan sólo un gato haciendo fu, mostrando repugnancia de ellos.

-Daniel de Cullá

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