Penesito

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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- Señor Galíndez, ¡qué gorda la tiene el señor cura, abultado de carnes y de buen color, a esa señora de Nicaragua, limpiadora y cuidadora de su casa, daifa, manceba o huéspeda a quien trata con regalo y cariño¡

- ¿Qué me dices Penesito?

-Sí, sí, y no sabe usted cómo churrupea bebiendo el vino relamiéndose. Yo he sido su monacillo o sacristán un par de años, y, ahora, con sus chupas y vestimentas divinas, se anda con paños calientes.

-¡No me digas, Penesito¡

-Más de una vez le he visto muy flaco y extenuado y ebrio otras veces, pillándole escondiendo la verga en su bragueta, a la que él llama mi "Chupaflor".

-¡No me digas¡

-De verdad de la buena, señor. Más de una vez, atrayéndome hacia su bragueta, poniendo su bocaza en mi oído cual pájaro mosca, zumzúm, extraía con la lengua por succión la substancia del caracol.

Otras veces, me iba quitando o consumiendo la yema de uno de mis huevos con pretextos y engaños de ver a dios.

-¿Y viste alguna vez a dios?

-¡Claro que sí¡ Siempre le vi como caminando a popa sobre su espalda con una especie de justillo o ajustador con faldillas pequeñas.

Cuando él me decía: "dios se me va corriendo con un pájaro en la mano", una especie de bomba de fuegos de artificio daba un chupinazo, tal como le dan los animales sin cola porque la tienen dentro.

-Qué risas me haces, Penesito. Y de sus sermones y pláticas ¿me puedes decir algo?

-Cómo no, señor. Sus discursos y pláticas son ñoños, lacios y truncos. Como bien dijo el pastor del pueblo: "son sermones chupinos para borregas y borregos". Al padre de este pastor, los criminales de aquel general sacro facha le quitaron las ovejas, y le fusilaron en una lobera, bastante lejos de aquí, por cagarse en dios, cayendo muerto con tiro de gracia en la frente y una sonrisa de dios entre vástagos que los árboles arrojan en el tronco.

-Qué pena, ¿no, Penesito?

-Qué pene, más bien diría yo, pues cuentan las comadres con cada lengua no consolidada, qué fue muy llorado, pues era un gran follador y le gustaba mucho amar por medio de la succión.

¿No se ha fijado usted que, casi siempre, los curas tienen restos de leche en la sotana a la altura de ese pedazo de carne asada sobre ascuas de amar a dios?

-En verdad te digo que sí.

-Es pringue gruesa y sucia, señor. Y, cuando más gozan es cuando ven esa su mancha de suciedad divina en la cara de un niño.

Ahora, ¿sabe usted?, le acompañan en su decir misa dos niñitas rubias y lindas de no más de once años. El se mueve en el altar con gracia, donaire y picardía. "Es un gozo en el señor verle", dicen las beatas, sobre todo cuando exclama vox populi "elevada la tengo hacia el señor".

-¿Y cómo se llama el tal pastor de almas?

-Churruca, señor; pero yo creo que es mejor decirle Churrascón.

Cuentan que desciende de aquel general que sucumbió en Trafalgar.

¿Por qué no viene usted algún día a verle y escucharle? Verá que desde el púlpito derriba de un solo bolazo divino todos los bolos mentales como en ese lance o chuza en el juego de billar. Echa bravatas y se enfada con exceso, sobre todo cuando está carnalmente excitado.

-¿Y cómo se puede notar eso, Penesito?

-Pues muy fácil, señor. Él es astuto y difícil de engañar. Sus ojos nadan en esperma mirando a las jóvenes monacillas o sacristanas y a las señoritas que marcan en sus blusas los pitones. Además, siempre sermonea en dáctilos, de tres sílabas en tres sílabas, la primera larga y las otras dos breves.

-¡Qué gracioso eres, Penesito¡ Iré contigo, el primer domingo de Septiembre, pero, antes, me tienes que dar a conocer a tus amigas que, según un pajarito, y no el del cura, me ha dicho, que entre ellas hay una moldava, por la que te pirras.

Intentando hablar con los dedos, Penesito se me tió la mano al bolso del pantalón sacando una pequeña daga o espada corta que, según él, le robó al padre Churruca, y que él había robado, en vísperas de salirse de monacillo.

-Ven, vamos, Penesito, que te voy a invitar en el bar de Daganzo de Arriba, y, ¡no me mires así¡ que no te voy a llevar a Daganzo de Abajo, de donde procede vuestro tu cura.

-De acuerdo, señor.

Al instante, pasó entre ellos un perro dálmata, rabioso de dolor, pues llevaba clavada en su cerebro una aguja para hacer redes, cortándoles la conversación.

-Daniel de Cullá

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