El pajaro puterillo

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Qué bueno. Llego yo a mi plaza de destino y, curioso y pronto, aprovecho para echar unas miradas alrededor. Lo primero que veo es paja mojada y revuelta con afrecho para su análisis, en unas salas donde se analiza la química y la biología. Veo una hembra envuelta en bata blanca doblada en figura que recuerda la de una pájara. Un pájaro, que luego me dijeron ser puterillo, astuto y sagaz, pajarraco, pájaro de cuenta, que vagueaba y seguía a toda pájara que se le cruzaba, como un salido, intentaba llevar a esta pájara a la biblioteca y encerrarla como en jaula para tener pájaros y no criarlos. Había muchas pájaras en el lugar, y menos pájaros.

Con genio festivo y chancero intentaba el pájaro pajillero tocarle las tetas, sus adornos y pinturas de colores no muy excesivos. Para ella, la pájara, los pasillos y despachos eran, al huir de él, como volar el puerto de Pajares, a través de las montañas que separan a León de Asturias, mientras ella le cantaba, viéndole a él con el espolón erecto y salido: "Si la haces en Pajares, lo pagarás en Campomanes"; escondiéndose en su taquilla, donde guardaba la ropa para cambiarse, mientras él la seguía persiguiendo por Microbiología y Química, aprovechando un pajarete, cierta variedad del vino de Jerez, que, en este momento, se analizaba su grado de alcohol de una botella sustraída por la policía local a jóvenes litroneros.

El pájaro puterillo amarraba su pajarico con el puño y, como el que busca un tesoro, le estiraba hacia arriba, le estiraba hacia abajo, por si aparecía la pajarica y le viese tieso y largo. Ella se asfixiaba en la taquilla. No respiraba por que no fuera a escucharla. Se ahogaba. Sentía gran descontento al ver entre rejillas algo tan desagradable: el pájaro puterillo, cual aguzanieves, se aplicó a correrse en lenguaje zoológico, arrojando multitud de moscas blancas como un burro, cual carpintero bobo, loco, solitario, pajillero. Para ella, él era un pájaro de historia, generalmente malo, a quien hay que tratar con mucho cuidado. Tenía poco asiento y fijeza en el trabajo; era muy distraído y tenía poca formalidad.

Como ya se había hecho su pajarotada, dejando sobre el suelo una pajaza, cual desecho que dejan los caballos de la paja larga que se comen, feliz se decía: "Más vale paja en mano, que ciento violando". Se calmó, fue a su sitio y se puso a trabajar en nada. Dijeron las pájaras compañeras que se le vio un pajazo en el globo del ojo, como a las bestias, atribuido, sin duda, a la herida causada por las pajas caídas en rastrojo.

La pájara salió de la taquilla, sudorosa, asfixiada. Se puso a beber agua directamente del grifo del lavabo, consolándose ella sola, diciéndose: "cada cual tiene su modo de pajear". No podía mover las alas de la bata blanca. Cuando pudo sentarse, dijo a sus compañeras: "jamás pájaro triguero entrará en mi granero".

Yo la admiré y me enamoró un poco, recordando a esa niña de clase noble que servía en la casa de reyes y magnates, adiestrándose de paso en ordeñar burros quien, más adelante, se entendió conmigo, para, después, dejarlo, porque para mí "quien se cría de pajas huele a acemilera". Ahora, no tengo novia.

-Daniel de Cullá

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