Odisea

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Ayer estuve en el Club Zafiro, sobreviviendo a la tradición del sexo oral y al romance decante y abreviado de la penetración. He quedado con Odisea en volver mañana, y mañana es ya hoy. Ella tiene un coño arcaico y con hispánico sentido, como el que les gusta a los prelados. La vida que lleva esta dama podría ser mejor, pero a ella le gusta dar amor recibiendo leche de pepinos, que la embellecen cada día más.

Hoy la voy a tentar con el gusto del macho de tocar la campanilla de su garganta con los espermatozoos de mi eyaculación, desde lejos, como si jugara al traga bolas, al mejor estilo de la tradición judeocristiana. Ella dice que soy un rarito, pues le pago bien sólo por esto, y me encanta, sobre todo cuando le doy en la campanilla y ella dice "i".

A mí no me gusta tanto el modo del arrima, mete y saca, pues me parece muy primitivo como el de los primates que, al hacer sexo, gritan "ea", por arrea. Como una "i" mayúscula, su coño está que ni pintiparado; pero yo me voy a la "o" de su boca, que me ofrece su garganta y campanilla, para un desgrano que articula mi pene por medio de masturbaciones asonantadas en "a", en "e", terminando en "es": "toma, tomate, para que no te escapes".

Aquí, en el Club Zafiro, Odisea, en versión de vieja, cuando no tiene con quien follar, borda pañuelos y puños de una camisa de su primer novio que la dejó preñada y abandonó antes de ir a la iglesia, marchándose el muy capullo, "ese hijo de la gran puta", como dice ella, a la Argentina, mientras la aguja, al entrar y salir por entre la tela, acompaña su pensamiento puesto en el mete y saca, eterna historia de romances, casamientos y poemas.

Ya estamos en el juego. Ella sentada en el quicio de la cama, yo enfrente, delante de ella, haciéndole una cruz en la frente con la poya. Su Chumino me pareció, en este instante, una alpargata de seda negra.

-No quiero Odisea follarte esta noche; que quiero tan sólo, como tú bien sabes, llegar a tocar tu campanilla con mi esperma.

--Haz lo que quieras, sapo mostrenco barbudo; cuando quieras.

Eran las doce de la noche, tres vueltas le di al pene. Se puso todo tieso y empezó a eyacular, tan arrogante, tan atrevido, espermatozoos llenos de esperma. Alguno llegó a tocar la campanilla de ella, pues se escuchó el "i", otros se agarraron a sus labios, a sus dientes; otros resbalaron por su cara; ninguno se quedó dormido. Cuando hube terminado, me besó, pues yo era su puto más querido; además, no hay duda, por haber dejado cien Euros en su cómoda.

-Ya no está aquí tu pene, el que te da pena, le dije vistiéndome.

Ella me dijo:

- Qué salido eres. ¿No quieres que retocemos en la cama como mujer y marido?

-No, le respondí, porque, ahora tengo el pene de un niño, y no me sirve de testigo.

Yo me fui para el jardín, a mear sobre rosas y lirios; ella se bajó a la barra del bar a tomar un "San Francisco"; cóctel de bebida no alcohólica de naranja, limón, piña, melocotón, azúcar y granadina.

Mientras orinaba, yo le hablaba así a mi polla:

-Qué bien te cortaría, capullo, Pero no te/me la corto porque me he masturbado desde niño, y quiero llevarte, algún día, a casar con mujer que quiera ser mi esposa y yo su marido.

-Daniel de Cullá

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