En el Cabo de Buena Esperanza

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Tengo un matrimonio amigo que son de traca, de circo. Ella es de muchas carnes. Grasa, mantecosa. Tiene dos tetas que parecen cuatro; dos vientres, uno por encima del ombligo; el otro, por debajo; tiene dos culos gruesos relativamente a las dimensiones ordinarias. Es una mujerona gorda, de verdad de la buena. No nos dice su peso, ni su esposo lo sabe, pero yo la echo unos 210 kilos. Ahora que, sus piernas y brazos son finos y suaves como alabastro. Sus dedos de las manos van de siete a nueve, y los de los pies suman dieciséis. De cara es guapa, preciosa. Todas las gordinflonas, por lo general, tienen una cara linda, preciosa. Tiene una grasa, como digo, que su esposo dice, que es contraria a la vigilia; que, por eso, cree que le pusieron de nombre Virgilia. Tiene un Chichi, dicho por su marido, que es graso y mantecoso con jugo untoso y espeso; pero chiquito. El suele decirme:" apréndete, amigo, que Mujer grande, chichi chiquito".

Ella tiene una grosez agradable. Tiene clase, es cortés y bien educada. Ahora que, como me dice su esposo, cuando se enfada, que es casi siempre, cae en una gruesa grosería de una tosquedad grave. Parece una máquina giratoria sobre exabruptos que lanza y usa en el ataque. Gruñe como el ladrón de puercos cuando se confunde con las cerdas robadas. Siempre está muy alerta o en estado de constante zozobra. Tiene las dimensiones de la Grulla, esa constelación astral.

Su esposo ve que trama algo, que quiere entrar en conversación; le dice:

- "Grulla trasera pasa a la delantera", ¿eh?

-Y tú qué, exclama. Que pareces una cuba de 150 kilos y más, una góndola redonda, un puerco mayor que el lechón, con gorra, que te reúnes con gente viciosa y maleante. Te llaman Abisinio y eres igual que un bote. Duque de mofeta, que llevas entre tus piernas "El murciélago alevoso" del que ya hablara el agustino Fr. Diego González en el siglo XVIII.

Yo callo y escucho; no digo ni "mu".

Ella sigue:

-Tú eres del Gordal. Te distingues por lo gordo y tripón entre todos los seres de tu especie. Eres así de gordo, como el famoso nudo que hubo en un santuario de la ciudad de Gordio y que Alejandro Magno tuvo que cortar con cien espadas en vez de desatarlo con los dientes. Para ti, también va eso de: "Hombre grande, chilina pequeña", pues a tu pene le llaman "Pío" y está corroído del gorgojo. Tu cabeza adorna el Coloso de Rodas, y tu garganta hace quiebros con la voz, especialmente cuando esputas; que es casi siempre. Tus bracitos y piernas son de juguete, maricón de mierda.

De ti no recibo ni una gota cuando intentas joder mi amor. Una y otra gota no apaga mi sed, lo sabes; ni muchas de tus gotas de cera ardiente hacen un cirio pascual. Andas mendigando y vagueando amor en esa tu labor de dos huevos que pones como adorno en capiteles dóricos.

Hace una pausa y sigue:

-Daca el gallo, toma el gallo, quedan los espermas en la mano. Jamás meterás tu gallo en mi cillero, ni harás hijo ni heredero.

La cosa se ponía caliente, y bien caliente. Este es un matrimonio que se quiere a rabiar. Tienen que insultarse para sobrevivir. Amarse, dándose de hostias, a cual más.

-Sin insultos no hay cariño, dice él, mirándome a mí. Si no hubiera habido insultos, sadismo y masoquismo en Vasco de Gama, no hubiera doblado el cabo de Buena Esperanza, ya alcanzado por Bartolomé Díaz, llegando los dos, en su erección, a la escala de las notas musicales para beneficiarse de las indias.

Ella le grita:

-El que sólo come su gallo, sólo ensilla su caballo, majete.

Él responde;

-Y tú, malparida, cuento insustancial, chisme, que sólo sirves y has servido para dar con tus tetazas leche a los pobres y a los Burros que vienen de Francia en peregrinación a Santiago de Compostela.

-Pues anda que tú, mamarracho, zamarro, le replica ella, que andas ordeñando Burros y les das de tu leche de una sola pieza a las cabras monteses.

-Que te folle una camella a ti, descendiente de zambaigo y china.

-Y a ti que te folle un camello, descendiente de china y zambaigo,

Ni corto ni perezoso, él le enseña a ella el pene, preguntándole:

-¿Cuya es esta obra?

-No puede construirse con mi artículo, "Fernambuco" malparido, le replica ella.

Callan. Se marchan con un adiós. Yo pienso, luego existo. Me digo:

-De verdad que no he visto matrimonio que se quiera tanto, que se demuestren tanto cariño, asombrando a todos.

-Daniel de Cullá

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