Una hostia

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Íbamos mi chica y yo paseando la calle Santísima Trinidad para ir a parar al bar musical y de arte profano, la mayoría de las obras realizadas al estilo de Dalí y Picasso, "hechas con la picha", como ellos mismos decían, el "Sanfran", en la calle San Francisco. ("Decirle, señor, que en este Burgos sacro facha hay muchísmas calles de santos"), como me dijo una beata, recién salida de la iglesia de San Gil.

En el "Sanfran", hay música cañera y "Pure Hemp", puro cáñamo, sobresaliente como músico tecno electrónico quien con sus stream tracks , corrientes rastreadoras, y playlist, partituras , parece que viste y desviste a los Rollíng Stones con una carga rompedora y sensual "que no se pue aguanta, en el bue sentido", como afirma un andaluz recién venido a la ciudad a trabajar de guarda de seguridad.

Un poco antes de llegar al bar, nos cruzamos con dos monjas. Yo tenía que tocarles los hábitos, pues dicen las abuelas que si tocas a dos monjas sus hábitos, y compras un cupón de la Once, te toca. Me separé de mi chica y me acerqué, como despistado, a tocar a estas dos monjas naranjeras, pues el color de sus rostros era naranja. Sin duda, eran de fuera, o venían de la Facultad de Teología, de hacer ejercicios espirituales, con un calentamiento en sus órganos sexuales que se les subía a la cabeza por esos tizonazos que les daba el diablo en el trasero.

Cerca de ellas, hice que me tropecé, haciendo como si me cayera encima. Ellas me agarraron para no caer, dándoles yo un abrazo, parecido al abrazo del padre Francisco, que hacen los carteristas para saludarte con una mano por el hombro y con la otra quitarte la cartera.

-Ay, ay, disculpen, hermanas, les dije yo; y gracias por salvarme de este golpe contra el suelo.

Ellas sonrieron con esas caras como tortas de pan de aceite, y siguieron su camino.

-Ya estarás contento, ¿no?, me preguntó mi chica,

Le respondí:

-Pues sí. Como nos toque nos vamos a la isla de Bali, que es una isla de Indonesia, y tengo unas ganas locas por ir.

-Pues como no te vayas tú, me parece que conmigo ni lo pienses.

-Bueno, lo importante es que nos toque.

Seguimos el camino, ella se quedó mirando una tienda de Sushi, arroz con pescado o marisco crudo, comida típica japonesa. Yo me adelanté, intentando cruzarme con una tía que se acercaba frente a mí, que estaba buenísima, para piropearla.

Me dio tiempo para mirarla de arriba abajo. Era guapa de verdad. Morenaza, con ojos negros y brillantes. ¡Era la chiquita piconera de Julio Romero de Torres, pintor cordobés, que yo guardo con mimo en mi álbum de monedas y sellos de las antiguas pesetas, cuyo valor es de cinco pesetas el sello.

Estudié su cuerpo que era precioso, destacando en mi mirada ese centro del cruce de sus piernas, el triángulo de las Bermudas, nunca mejor dicho pues llevaba unas bermudas de sarga negro, que marcaban los labios del sexo, tanto, que a mí me pareció la pezuña de una elefanta joven.

Casi me rozo con ella, y la dije:

-Estás preciosa. Soy carpintero y me gustaría hacerte un chiquito de madera, un Pinocho, con tal de besarte esos tus labios tan hermosos.

No me dio tiempo a indicarle con mi mirada que dirigiera la suya a su sexo, pues, cuando lo iba a intentar, ella se enfrentó a mí y, sin decir palabra, me dio una buena hostia, tan buena que sonaron las campanas de san Gil, quedándome como lelo.

Ella siguió su camino, corriendo a mi encuentro mi chica, diciéndome:

-Qué le habrás dicho gilipoyas, maricón de mierda. Te lo has merecido, sin duda. Algún día, te van a inflar de hostias.

-No sé por qué, le respondí. Esa debe ser una chica con poco humor. Estará estreñida, tendrá la regla, y usará tampones de charol. Sin duda, no tendrá quien se la calce.

-Déjate de bobadas. Y a ver si te entra el juicio de una vez, pues tienes la cabeza entre los juncos del culo metida.

Acercándonos al bar, vimos, junto a la puerta, un vejete verdoncho medio mamado, que se encogía, se estiraba, y al pobre, se le caía la baba.

-Mira, dijo mi chica, como a ti en la polvera.

Yo, riendo, le respondí cantando:

-Tú, "Rubita tienes la cara, rubito tienes el pelo
Rubitos tienes los ojos, ¿por qué tienes el culo negro?

-Daniel de Cullá

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