El maletilla

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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En el Café de Chinitas, en la calle Torija, en Madrid, me encuentro con un amigo al que no había visto desde hace mucho tiempo. Coincidimos haciendo la mili en Alcalá de Henares, y yo le di clases para que aprobara el bachiller elemental, pues, en aquel tiempo, yo estudiaba Magisterio, y el analfabetismo campeaba por los fueros de Cruzada, como ahora.

Tomando unos finos olorosos de Jerez, con unas tapitas, antes de empezar el bailao de unas preciosas bailaoras, comenzamos a recordar los días de Campamento pero, en seguida, le ruego que me vuelva a hablar de su etapa de maletilla, de novillero, cuando, de joven, iba de burladero en burladero por las plazas de los pueblos de Extremadura, cuando éstas se montaban con carros, y algunos pueblos de Portugal, también.

Digo de "burladero en burladero", porque como él me dijo en su día, tenía más miedo que el perrito de un ciego, y que, "cuando salía a torear le entraba miedos y ganas de cagar".

Me dice:

"Que en Mayo, bienvenido sea, con un cielo cenizo oscuro y reluciente, gracias a la Luna, del color del jabón moreno o del barro de tierra blanquecina, íbamos por esos caminos, por esas veredas, saltando tapias de corrales y dehesas, donde toros bravos rumiaban la dulce yerba, para enfrentarnos a ellos bravíos, que, en seguida, salían a nuestro encuentro para enfrentarnos contra los árboles y las piedras.

¡Qué frente de guerra¡ ¡Qué cornamenta¡ Para mí, que eran cornicortos y astifinos. Estos sí que producían respeto y miedo, y no los cabos y sargentos chusqueros de hocico negro, cuando juramos bandera. Sus ojos eran como dos luceros negros a la luz de la Luna. Sus narices alumbraban con plata la yerba. Las puntas de su cornamenta eran colmillos de marfil. De sus morros asomaba una lengua roja que ningún pintor ha sabido dibujarla.

Les toreábamos con trapos colorados claro y toallas amarillas con manchas rojas, como formando grandes lunares. Nuestras piernas, alumbradas por la luna, eran palillos que se tambaleaban. El toro rozaba nuestra cintura y nos arrojaba saliva a los pies. A veces, con el rabo, al pasar, adornaba nuestras facciones, como si, después, nos fuéramos a afeitar.

El miedo nos corría a lo largo del espinazo, pero ningún mayoral logró pillarnos. Cuando saltábamos las tapias, al escapar de ellos, y ya, en seguro, nos mirábamos a la cara; la veíamos blanca y el resto del cuerpo negro, manchados de caqui nuestros traseros. Reíamos.

Nosotros no habíamos asistido a tienta alguna, ni capeas, ni becerradas. Íbamos orgullosos, más que un torero de tronío, al encuentro del toro resabiado, con vicio y mala costumbre al entrar a la capa o muleta, y devueltos al corral. Toros toreados ya en otras muchas plazas, y en encierros, berrendos, albahíos o barrosos, corniavacados, de cuernos que nacen muy atrás y tiran más a abiertos que cerrados.

A veces, saltamos al ruedo, pero las más de las veces toreamos donde nos dejaban, o si el torero anunciado no había podido asistir por cualquier razón a su Fiesta de pueblo o corrida. Entonces, saltábamos nosotros, como ocurrió en la plaza de Trujillo, en Cáceres, que faltó toda la cuadrillas, y allí, en el redondel, junto a las tablas de los carros, nos reunimos un amigo y yo, más tres muletillas, que saltaron de entre el respetable. Allí, acordamos que, en el primer toro, yo sería el torero principal; mi amigo, el banderillero, y los otros tres, los auxiliares.

Vestíamos unos trajes de torero hechos de retales comprados en el Rastro madrileño. No llevábamos taleguilla alguna. Cuando soltaron el primer torazo "Torbellino", demasiado vivo e inquieto, castaño oscuro, tirando a lombardo, bien armado, hice del miedo valor y me enfrenté a él, con unos cuantos capotazos, llamándole a gritos, diciéndole: ¡Eh¡ toro, te voy a desarmar esa testuz y te voy a dar en el morro". No debí de hacerlo muy mal, pues el respetable cantaba en mis pases al toro: "¡olé", "¡ole¡" En esos tiempos, en estas plazas de toros, no existía el picador, como sabes. Ahora, le tocaba el turno a mi amigo banderillero. Le dije: "Échale un mayo, y ponle las cuatro banderillas; si pones las cuatro, te llevaras el premio", colocándome bastante cerca de él, por si tenía que salir al quite y atraer al toro.

Como un abril, todo chulito, cogió un par de banderillas de color de flor de melocotón. Abrió los dos brazos con las manos puestas en las banderillas con la intención de clavárselas, citándole. El toro, en este momento, estaba parado, escarbando la arena con sus patas delanteras, moviendo el rabo bien puesto y con greñas, levantando su cabeza de abajo a arriba y viceversa, mirándole con unos ojos negro azabache. En cuanto el toro hizo la intención de ir a por él, echó a correr, por el miedo cegado, clavando las dos banderillas en mi pellejo, una en la espalda y otra en el costado. Yo pude llegar a los palos delanteros de los carros, y él al burladero. Desmayado, me sacaron por entre los carros; me tumbaron sobre el suelo del Portal de la Carne, intentando unos valientes arrancarme las banderillas, sacando solamente los palos, y dejando en mi carne los dardos. Otros, me cogieron, llevándome de prisa a una enfermería, donde mi mente, no yo, pensó que allí moriría."

Riéndome con ganas, le dije:

-Torero corrido y bien corrido con banderillas puestas por su buen amigo banderillero del alma.

Sonriendo, él me dijo:

-Ahora, soy anti taurino, ¿sabes?

El sonrío, pero como iba a comenzar la función, callamos. Las tres bailarinas, preciosas las tres, ya estaban sobre el tablado. A nuestro lado, una chica y un chico, que no tendrían más de diecinueve años, se besaban. Nosotros, no.

Daniel de Cullá

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