Atapuerca

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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He subido con Sansón a Atapuerca, villa famosa de la provincia de Burgos, por la batalla reñida entre los reyes don Fernando de Castilla y don García de Navarra, al atar de los trapos o sus banderas, cuya raza de aborígenes, habitantes y plantas, es tan antigua como la del Asno. Eso dicen.

Yendo a hacer de vientre en un cobertizo de cabestreros, en la postura de la espada en la esgrima, nos encontramos una quijada similar a la de Caín, un miembro incorrupto con una inscripción que decía "Príapo", y una caja hecha con huesos de soldados, con unos maxilares de un tatarabuelo que inauguró la iglesia del pueblo, dentro.

Quizás esta atarazana fue casa donde los ladrones guardaban el hurto, porque, también, mi amigo Sansón encontró una trompa que a mí me pareció de elefante, pero él dijo ser "del Falopio de una puta". Como el atador de la siega, el ató los tesoros encontrados, diciéndonos que no daríamos parte de ellos, ni les llevaríamos al Museo de la Evolución Humana.

En cuclillas hicimos nuestras necesidades al estilo de las estatuas en Roma, sofocados, aturdidos, especialmente con olores fuertes.

-Pareciera que hubiéramos comido carne de cerda, exclamó Sansón.

-Uno muere de atafea y otro la desea, le dije yo.

Al salir del cobertizo, una especie de águila cenicienta, que lo abraza y comprende todo, nos sobrevolaba, por debajo de la estrella de primera magnitud en la constelación el Águila. Un correón ancho, quizás de un caballo o yegua muerta de Teodorico, hijo de Amalasunta, rey de los ostrogodos, y arrojada al lomo de tierra de una reguera, colgaba de su pico, a la que había intentado dar atajo o al tajo en los ijares o las ancas, para atajarles, cortarles con rapidez.

-Ay el ay, exclamé yo.

Sansón dijo:

-Qué de cosas suceden en la puta Vida.

Por una senda por donde se abrevia el camino, regresamos a Ibeas de Juarros, para caminar hacia Burgos, que nos parecía, a lo lejos, como Verona, donde estuvimos por ver de admirar las obras del Veronés, célebre pintor, y el Asno capuchino y franciscano "Cambriles", que conoce la sobriedad y la resignación igual o mejor que los mismos frailes, y tiene la facultad de saberlo todo.

Al pasar por san Medel, vimos un vencejo que se masturbaba sobre una cota de malla, que producía ondulaciones en el aire, y que nos pareció, a los dos, una Ondina, cualquiera de las ninfas que fingen los poetas y los pintores en los ríos, lagos, fuentes, cuando forman una oda o un cuadro al impulso del instinto sexual, y atraviesan la rima y el lienzo, como cuentan que le pasó a Onosandro, escritor griego, y a Oppas, arzobispo de Sevilla, que no se sabe si pintaba o no, pero que pintó, y mucho, en la invasión de España por los árabes, quien dibujada sobre piezas de bayeta o tela que se ponían a los niños recién nacidos sobre los pañales. Un adelantado del pedoicidio.

Unos Asnos de Capiscol nos debieron de reconocer, pues, nada más vernos, empezaron a Rebuznar.

-Son los Asnos de las Jesuitinas, exclamó Sansón.

-Daniel de Cullá

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