Caos

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Cerca de cañas para pescar en el río Carrión, nos hemos sentado con desenfado mi amigo y yo, junto a un pescador malhumorado, que se queja de un gobierno desorganizado en la vida, pero bien organizado en felonía, falso de fe y de palabra, que goza, cuando alude a que el pueblo va a pasar penurias y fatigas, y los jubilados tendrán que pasar la rueda de santa Catalina, rueda dentada en la que sufrió martirio Catalina de Alejandría, según cuenta la leyenda.

Dice que el tan cacareado y rebuznado asunto de los jóvenes revoltosos en la Universidad de Madrid, trae alegría y frescura a un ambiente estudiantil tan zurrado y machacado, abonado por mentes casposas y retardadas. Que, cuando lo vio en televisión, le produjo la misma sensación de alegría que al escuchar por primera vez a Suzi Quatro en su Can the Can.

-Qué majo el tío, le dije yo a mi amigo.

-Y que listo, me contestó él.

El hombre, al lanzar el hilo de la caña, realizaba imágenes y fórmulas como si quisiera alcanzar en el aire el cebo con el que hacer picar a los peces. Nos siguió diciendo que él estaba en desacuerdo con todo; en especial que la Nación se dejara gobernar por tanta chinche y tanto chupóptero, cuando queda demostrado que una nación no necesita de tanto mangante. Que fue soltero, casado, viudo, cura, de esos de vocaciones tardías, y, de nuevo, casado. Que jamás había sido pedófilo. Que se salió de cura, y se casó con una monja a la que había rozado el culo con la sotana erecta en la cocina del Seminario. Que se llama Aleja. Que él la llamaba santa Almeja. Que dejaron los dos la religión de dios, pero que nunca se harían musulmanes. Que su mujer, Aleja, dice "que mejor está conmigo desposada, que con Cristo esposada".

El hilo de la caña se movió, él la arroyó, tiró de ella, y apareció una trucha colgada del anzuelo.

-Qué suerte, exclamé yo; él contestó:

-Sí, la del enano. Ya llevo aquí muchas horas, y esta trucha es lo único que he pescado. Casi siempre vuelvo a casa sin pesca, que por eso me dicen al pasar los paisanos:

-"¿Qué tal las truchas de Toro? Aquí me conocen por Toro, que es mi apellido.

-Algo es algo, le comenté yo.

Él recogió sus bártulos, y se fue yendo. Por su caminar, no había duda de que fue cura. Era un trueque cabal del Arcipreste de Hita, pues se movía como un Libro del Buen Amor. Un archiarcediano en versión andaluza. Un corpus romancístico en lengua erótica, tirando a maricona.

-Transmite más fielmente su hombría, ja, ja, que un escribán, sujeto invertido de ley, exclamó mi amigo.

Yo me reí con él, y me fui a mear al río sobre una especie de araña acuática. Cuando terminé, le dije a mi amigo:

-Has visto, he dejado la araña bien leída y escribida.

Vimos pasar a una guapa chica montada en un caballo blanco. Ella se llevó nuestra tentación de sábanas blancas, almohada de Holanda, y rabo de toro hispánico.

La rima de ella y su caballo, a lo lejos se perdió.

-Sí, la arrima, je, je, exclamó mi amigo.

-Daniel de Cullá

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