El pavo que vino a cenar

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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A tres horas de la Navidad mi madre estaba diciéndonos: - ¡Quién un pavo pillara¡ La cena que estaba preparándonos, nos parecía de burla, pero nos gustaba. Había sopa de arroz, de primero; y merluza a la romana, de segundo; con una naranja así de gorda "wasi" y unos cacahuetes.

A las doce de la noche vio a "una ave gallinácea de gran tamaño", como ella nos dijo, y que resultó ser un pavo, al verle desde la ventana, dándole vueltas a la casa. Al instante, yo le traje del trastero una parrilla por si el pavo llamaba a la puerta. Mi madre y mi padre sonrieron, así como mis ocho hermanas.

-De toma un pavo a daca un pavo, van dos pavos, exclamó mi padre.

Yo confiaba en que el pavo llamara a la puerta, pues le veía muy arrogante con patas de uñas de seda, dando muchos pasos como para conseguir una cosa, y que vendría a su destino: a ser asado en el horno de la cocina.

Poco a poco se fue acercando a nuestra ventana, como una paulilla o mariposa grande. Yo fui a coger de la mesilla del dormitorio de mis padres un breviario, libro de rezo eclesiástico, que les había regalado cuando estudiaba en el Seminario para ser cura o santo.

De entre sus páginas, saqué una estampa de San Poncio Meropio Paulino, obispo y poeta, natural de Burdeos y obispo de Nola, a quien se le atribuye la invención de las campanas, diciendo:

-Mire madre, el santo se parece al pavo, y lleva una vitola que dice "de Paradilla, Palencia".

Mis hermanas comenzaron a cantar la canción esta de:

"Al pavo, pavito, y pavo
Al pavo, pavito, y sí
El pavero se ha marchado
El pavito ya está aquí."

Mi padre, con una espada de cuando fue teniente del ejército, que adornaba una pared del comedor, asomado a la ventana, le hizo un quite de parada como se hace en esgrima, y lo metió en casa.

Al refrior de la espada, el pavo se durmió; y mis padres empezaron a jugar el juego de limpiarle y prepararle en el asador, regándole con sebo y vino.

Mi madre, para no molestarla, nos echó para fuera de la casa, "a coger rosas y lirios de la noche", como dijo, y que nos llamaría cuando el pavo estuviera bien asado.

En la calle vimos doce pavos corriendo menos uno que estaba a punto de tostar, perseguidos por otros nueve pavos; dándome cuenta de que el mío tenía extendidas las plumas de la cola, y los de mis hermanas pavoneaban.

-Daniel de Cullá

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