El pequeño murciélago

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Batty
El pequeño murciélago
Chilla sobresaltado
"Vuelve a la obscuridad
Pues de la luz está cansado"

Llevo a mi chica a la bodega refleja adventicia al pie de la iglesia del pueblo. Los campos ya han sido segados, y tan sólo destacan los ceporros de las viñas ya vendimiados.

Vamos a entrar, y el verbo amar ya quiere ejecutarse en algunas de las formas consagradas átonas me, te, se, nos, os. Ella me dice que parezco un adventista tocándole el culo al traspasar la puerta.

La puerta es de madera con herrajes artísticos y clavos de cerrajería. La llave es de hierro pulido de forja hecho a mano, acomodado su morro y pezón al ojo de la cerradura. Su ojo o anillo, su filete tronco y pezón brillan.

Entramos. En la pared frontal cuelga un tapiz árabe, fragmento del famoso rapto de Sherezade, personaje y narradora principal de los cuentos de "Las mil y una noches".

Ella coge un manojo de sarmientos y les lleva a la chimenea para quemarles, para que, cuando estén en brasas, hacernos unas chuletillas de lechazo en la parrilla.

Copulativos como estamos, y en brasas, nos quitamos la ropa. Ella se sienta sobre el canto de la mesa de madera, con los brazos hacia atrás, apoyadas sus manos sobre ella; se abre de piernas para oficio de mera cópula y, parafraseando a Lope de Vega, le digo:

-Sí, esta vez voy a ser pacífico, maja. Entraré a tu castillo maldito. Estate quieta en el jardín, Me quedaré callado. Que sola mi esperanza se está verde y tiesa; y te la meteré a la primera, la cuarta y la quinta en verbo copulativo.

Estando en esta tarea, mis manos apretando contra mí sus nalgas, mi chica, que estaba en reflexiva, ponía su carnal oración de cuatro labios en dativo; cuando yo me sentía transitivo directo, diciéndome a mí mismo: "Ahora, me la cepillo; me la estoy cepillando".

Ella se chungueaba del Acto; lo que a mí me encantaba. Mi reina se dignaba recibir a su mancebo. Me puse las botas. Sé que se reía de mí y que pensaba en otro; quizás en el cura pedoicida que, cuando niña, la balanceaba entre sus piernas y le rozó el chichi con el capullo, sin querer penetrarle, como le dijeron sus padres.

En este éxtasis directo, ella vio, entre dos ladrillos del techo de la bodega, un murciélago chiquito que se balanceaba; y dijo:

-Mira, ¡se está riendo de nosotros¡

Yo pensé en algún sujeto pueblerino, de esos que se hacen pajas viendo a otros joder; pero, no. Ella exclamó:

-¡Si es un murciélago¡

Yo saqué de la vaina mi substantivo predicado y, haciéndole a mi chica la reverencia con el pene en la mano, le dije:

-Y yo me llamo Felipe. A lo que ella contestó:

-Que sí, mira, mira, que se esconde.

Me di la vuelta, y no le vi. Me volví a mi chica y me quede sorprendido, pues el murciélago había anidado en su Chumino y, ahora, enseñaba su piquito, que arrojaba espumas. Le dije:

-Son como dos gemelos, se parecen extraordinariamente.

Ella dijo:

-Eres tonto del culo. Parecemos dos novios que se timan desde sus localidades del teatro.

Nos vestimos, y nos pusimos a asar las chuletillas.

-Vamos a cantar chorradas, Felipe, exclamó ella. Empieza tú primero.

Empecé yo:

-La guitarra va que rabia y el que la toca está loco, y a los dos que están follando se les va cayendo el moco.

Entre risas, ella dijo:

-El que se pone a follar y no tiene el canuto tieso, Se tiene que contentar con las manos pajeando el hueso.

-Daniel de Cullá

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