Un sueño de muerte

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Me fui a la cama tarareando "El perro de san Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha robado", después de haber cenado, tan sólo, dos tostadas de pan untadas con margarina y mermelada de higos, porque había pasado el mediodía en casa de unos amigos de la montaña palentina, en la que habíamos comido unas muy buenas patatas guisadas con callos de cerdo pata negra, condimentadas con hierbas aromáticas, con las que yo creo que cayó alguna alucinógena, o el propio cerdo la comió en su deambular por la granja en libertad, si no, no se explica que yo pasara esta noche de vida y muerte, con final feliz incluido, tan extraña.

La señora de la casa, una madre joven con dos hijos, chica y chico, que es funcionaria, en traje de faena, pero con camisa de Holanda, cuando llegamos, ya había hecho la matanza de dos gorrinos de pata negra. Había frito las costillas, que estaban sobre la mesa del patio donde había hecho la matanza; tenía preparados y puestos en sus baldes, los lomos y los jamones en sal muera. El esposo, también joven, agricultor y ganadero, que la remiró con gusto y con placer, después de ayudarle a hacer la matanza, marchó a cazar conejos con su hijo y la joven novia de éste, una chica preciosa; los cuales, más tarde, llegaron a los postres con cinco piezas de caza y unos hurones preciosos y delgaditos, blancos y marroncitos, que parecían ángeles en jaulas, que luego dejó sueltos y se lanzaron a los conejos como novios hambrientos y cafres a sus novias recién casadas, hincándole los dientes, quedándose colgados en ellos cual mangas de perlas finas.

También, comimos los cuatro, madre e hija, yo y mi parienta, todo servido con unas botellas de agua, callos de los gorrinos, cazuela de carne de jabalí con el corazón y las entrañas abrasadas, trozos de cabeza asada, todo bien sazonado y salado; y, a los postres, café descafeinado y pastas variadas. Todo estaba buenísimo, y se lo agradecimos a la señora de la casa quien, puesta en pie, al despedirnos, parecía una dama soberana, quien, antes de marchar, nos regaló panceta de los cerditos, morcilla, y una buena cantidad de pimientos rojos. Nos fuimos encantados, más contentos que un ocho.

Volvimos a nuestra casa, un pueblito cerca de Roa, Burgos, con las entrañas bien cargadas. Y, en el sueño de la media noche, yo, medio despierto, eso creo, advertí que mi cuerpo brincaba, que no me latía el corazón y el pecho estallaba; que, en las piernas que yo tengo, se me subían las bolas, que los dedos de mis manos se dormían, sintiéndome como un tío sano al que le da un infarto, o eso creo, por según cuentan los abuelos. Mi cuñado Antonio, quien murió de un infarto dando saltos en la cama, alargaba su mano hasta el apretón de mi cariño, y me decía: "Ven conmigo", y yo: "No, que no, que quiero una ambulancia", paseándome por el pasillo de la casa, preguntándome si le decía a mi parienta que me llevara a urgencias, entrando a orinar en el retrete como un cerdo bien cebado con carnes bien saladas, agua de retama y lejía muy mal colada, volviendo a meterme en la cama, soñando que yo sobaba a mi hurón que jugaba con la mata de pelo tras las orejas del conejo de la Muerte que, con lágrimas en sus ojos iba regando la cama con la sangre producida por la mordida de mi hurón.

El conejo de la muerte tenía que morir, sin embargo, yo expiraba y me veía amortajado. Menos mal que unos demonios que salieron de mi panza me volcaron de la cama; levantándome con la cabeza hecha un bombo, como cuando vas al Bingo, juegas, meriendas y no cantas.

-Daniel de Culla

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