Que mariconada la perfección

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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En las semanas de nuestros ejercicios espirituales en el Seminario Conciliar de Madrid, vestidos como grajos íbamos por esas calles del sentido, camino de perfección, siempre cubiertas de un velo, como maricones al encuentro del Amado, queriendo entrar en su morada; pero los padres superiores no nos dejaban porque siempre, y por mucho que nos lo impidieran con cilicios, garbanzos debajo de las rodillas, dormir con los brazos cruzados, o atadas nuestras muñecas con un pinganillo, nuestra picha siempre estaba erecta al amanecer la aurora, al salir el bello sol, y los capullos de estos sus novios iban despidiendo amor.

La obsesión, nuestro norte y guía hacia el encuentro con el Amado, era luchar contra el pecado de Lujuria, por la que nuestros padres y madres lloran. -No llores padre ni madre, que voy camino de ser santo y cura, les decía.

Nuestros cuerpos dormían en camas de alambre; nuestros muslos cerraban cilicios con púas de sangre. Un vergajo de piel de toro teníamos con la consigna espiritual de: -El que se masturba, la paga. Por eso, cantábamos los rezos en camino hacia el Amado, nuestros culos asomados a la ventana, como caras de lunas redondas, luceros de la mañana y espejo del Sol que nos ronda.

Las sábanas de nuestras camas empinadas estaban diciéndonos que subiéramos a su morada a dormir con el Amado un rato gozar de su hermosura, rezando con las luces del sentido:

-Yo sé que estás crucificado Amor, le decíamos al Cristo que presidía el altar mayor. Yo sé que no duermes no, yo sé que nos estás diciendo: Ese que viene a mi es mi amor". Sí, Señor. Su llaga arrojaba por ella, otra vez más, sangre y agua, pero nuestros sentidos veían que salían rosas, por eso, la llamábamos la llaga de las hermosas, pues nuestra Lujuria, si se adueñaba de nosotros, nos hacía imaginar a Sofía Loren y a Sara Montiel como estrellas de mar, en cueros y cagando, mirando para Elche desde el pueblo de Hoya Gonzalo.

La noche del sentido a mí, como a muchos otros, me dio sueño y me dormí levitando. Me despertó un gallo, cantando, corrido, el quiquiriquí, la cresta, por entre la sotana, sacando. Y yo rezando: -Ábreme la puerta Amado, que me corre el alguacil, y si no me la abres pronto, aquí me verás de amor morir. Mientras, la serena de la perfección iba diciendo por esta calle: -Que duerma quien tenga sueño, que yo no despierto a nadie.

Pero lo malo o lo bueno de todo, es que una mañana vimos cómo nuestro padre espiritual despedía a la madre superiora del colegio de jesuitinas, creo, justo al lado del seminario, sor Clavelina, toda encarnada, diciéndole:- Esta noche me despido del Seminario ¿te quieres venir conmigo? Si con rezos o cantares pudiera ponerte al lado de mí, te echaría más rezos y cantares que tejas tiene Madrid.

Es que, además, las buenas lenguas cuentan que desde el dormitorio del padre espiritual hay un túnel hasta el dormitorio de la madre superiora, creyentes los dos en el Amado, sabedores, como nosotros, de que el Amado ha de volver a poner las huevos en el canastillo, porque esto es el querer, y así no se va el cariño.

La oración criaba polvo, los rezos se humedecían y, en el encuentro con el Amado, yo le decía: -No te digo buenos días, Amado, porque no te los mereces. Soy guapo y buen mozo, y como tú presumo un tanto; y porque soy más carnal que tú, no me quedo para vestir santos. Malhaya las noches del sentido, que nos tienen en la cama con frío y en calentura. Esto no es más que una mariconada camino de la perfección.

-Daniel de Culla

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