Cosa de cien años

Escrito por Daniel de Culla el . Publicado en Elogio del Rebuzno - Por Daniel de Culla

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Cuentan, y es cosa de cien años, que un grupo de larvas se habían reunido en una cueva cubierta de cieno, donde los antepasados se manchaban, se deshonraban y vilipendiaban.

Para ejercer sus manifestaciones animales y espirituales, según los principios de alguna ciencia o arte, intentaban localizar el paraíso mirándose unos a otros en cuclillas y cagando diez veces diez.

El agente etiológico primigenio y adorado, el Jefe ¡vamos¡, era llamado Cochinococo Granuloso, nacido en Alcabala, en un juego de naipes entre trigales. Su oratoria caía como quiste hidatídico en los pulmones de sus seguidores, que comían corazoncillos o cientoenrama.

Ellos, sus seguidores, estaban locos de contentos con este parásito que les prometía el paraíso ordeñando Burros en ciernes. A los hombres pedofiliaba y a las mujeres les presentaba el diámetro dimorfo y elevado que, al introducírseles en la vulva, produciría, como él mismo decía, cigoñinos, pollos de las cigüeñas, que sufrirían o llevarían con paciencia la desgracia y ofensa del momento de su vida.

Cochinococo Granuloso a las mujeres les nombraba como "mis Conejas", y a los hombres "Gallofos", pues, para él todos eran mendigos holgazanes y vagabundos de una Idea estúpida, siempre guardada en una vasija metálica cerrada a tornillo, para separar en el baño de maría la gelatina de los huesos, el jugo de la carne y otras substancias espirituosas.

De entre sus "Conejas", el seleccionaba a las que más quería, que siempre eran las hembras digitadas, que tienen separados los dedos de las manos y pies.

La locación de esta cueva podía encontrarse tanto en el lóbulo derecho de la Gallocresta, planta herbácea, como en la superficie de la doblez de un cabo, como el Cabo de Buena Esperanza muy volado y cerrado de cristales de agua.

Este grupo o secta no tenía más que un rezo cantado cuando el Sol se junta con la Luna, durante el cual todos sentían la ruptura de los quistes calcificados, poniéndoseles en evidencia en la Vía Láctea, a la que, cual gamarra, sujetaban por un extremo a la cincha que todos y todas llevaban rodeando sus cinturas; por el opuesto, a la muserola para impedir que Cochinococo Granuloso despapara cual cuervo o insecto parecido al escarabajo.

También, adoraban a un perro, al que llamaban Mansoni, que se alimentaba chupando vástagos de la vid, y a quien, a través de una paroscopia de sus besos, tal una ecografía que se hiciera en el cruce de piernas, como en el baile, se les aparecía un quiste adulto en su intestino, visualizado en esputos, en el momento que se escuchaba el único rezo obligado y querido, cantado en cifras, poniendo los labios en forma de beso sobre una puerta imaginada de esperanzas, como fijación de complemento o aglutinación del alma látex.

Cochinococo Granuloso (los herejes de otros grupos le llamaban Falso Coito Diamantino), siempre terminaba el encuentro con una esperanzadora visión, abriendo una caja o mueblecillo con cigarros, leyendo una sentencia escrita sobre una hoja de tabaco picada y envuelta en una hoja de papel, anunciando:

-En el momento actual, la vida se presenta muy prometedora.

A continuación, subido a lo más alto del monte, cerro o collado, compaseando en tierra la figura de las cuadernas para distribuirlas con igualdad en ambas bandas, comenzaba a cantar, todos contestándole a coro:

-Rodillos, rollos o rolletes, cualquiera que sepa su aplicación en esta vida, que venga. La manera de fornicar es cilíndrica.

A la par cima, al fin, por último, todos venían a él y le ataban un cordel a la punta de su carnal vara en que se enseñorea el pájaro que sirve de señuelo para cazar otros.

-Daniel de Culla

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