Presagio de una herida

Miro la cama coronada de fotografías. Bocas que vomitan sonrisas y se han ido cerrando con el paso del tiempo. Calientes alientos, asmas multiplicadas por la emoción, inhalaciones, olores y sabores que no van a regresar de un paraíso olvidado colocado entre las ingles y el cerebro. Miro la cama y abro la maleta. No hay nada que llevarse. Abandonar es la única vacuna posible para curar el asfalto, incendiada ciudad que me ha corrompido. Vagones atestados. Ojos vacíos. Edificios. Promesas incumplidas. Ya no hay lugar para la carrera, detenerse a estudiar los bordes del equipaje es la única esperanza. ¿En qué me he convertido? . Como una bomba la caja de pandora explota ante mis ojos, atenaza la herida con un espejo roto, presagio de que la mala suerte es buena compañera, después de ella no hay otro cobijo que el asco del paseo. He sudado millas del metro a la oficina, del metro a la epidemia del hogar consagrado, del metro a la tasca donde amaneciendo el holocausto me emborrache a solas, exterminando la cordura en cada vaso de whisky sin respetar la línea que rompía el tabique hasta llegar a la cama. Y es allí donde me han descubierto. Donde me he desnudado. Me colocaron un peso pesado a la espalda y he sudado millas desde el peso hasta soltar amarras.
No hay chantaje posible que me traiga tabaco. Rebusco en la basura el resto de colillas y me rio del vicio que soy a todas horas. Me he maquillado la imagen en mañanas tempranas donde no identifico otro que no sea un fracaso. Me lloro. No hay justificación que grite mis ansias de victoria. No he ganado en ninguna de las cosas que hice y por ello, victoriosa, me corono de espinas. Retumban mis oídos al son de una bachata. En esta noche algunos también se están asesinando. Yo lo hago entre las cuatro paredes de una casa rebuscando entre colillas las horas que no pasan.
Si al menos un té pudiera calentarme. Dispararme desde el útero hacia ninguna parte. Hay que salir de la boca de una madre en celo para meterse en otra infértil que podría ser la mía. No voy a traer más daños a este mundo. Con todos los que somos ya somos suficientes. No voy a regalar facciones en mi nombre. A lo sumo parí contestas que sirvieron de poco. Algunos recitaron estrofas caducadas para después aplaudirme las rimas que no llegan. No voy a regalar facciones en mi nombre ni voy a castigarme con otro que las quiera. Me he amado en desconocidas bocas, reconocido el sexo cuando el hambre voraz atenazaba y he caminado nauseabunda en cada cuerda floja. De nada han servido las gotas que salpicaron mi espalda. De nada los ojos inquisidores que enredaban mi alma. No hay nada que llevarse. A lo sumo las letras de una antigua carta escrita por mil manos. Todos quisieron describir un presagio y algunos ganaron el concurso plasmando en garabatos desastres de mi herida. Yo no me he dolido en cada brote de tinta.


