Que la bolsa se embolsa

Escrito por Michael Moore el . Publicado en Varios insolentes

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Estúpidos hombres blancos, (en inglés, "Stupid White Men") es un libro del escritor y cineasta estadounidense Michael Moore, publicado en 2001. Es una crítica en tono satírico de la sociedad de los Estados Unidos, las políticas gubernamentales del país y al gobierno de George W. Bush, centrándose principalmente en temas como el racismo, la xenofobia y las acusaciones sobre incompetencia del presidente Bush.

Que la bolsa se embolsa

Estoy sentado en un aeropuerto de Michigan, esperando mi vuelo de American Airlines a Chicago, y un hombre uniformado sentado junto a mí me da palique.

Me cuenta que es piloto de American Airlines  para ser exactos, de American Eagle, su filial regional que, como todas las aerolíneas de su clase, está incrementando su flota de aviones para vuelos de duración inferior a dos horas. Supongo que eso le ahorra mucho dinero a la empresa matriz.

El piloto con el que hablo está a la espera de conseguir plaza en el vuelo a la otra orilla del lago Michigan.

-Tiene que pagar el importe si se trata de un viaje personal? -le pregunto.

-No -responde-. Es prácticamente el único incentivo que recibimos.

Es entonces cuando me revela que la paga inicial de un piloto de American Eagle es de 16.800 dólares al año.

-¿Qué? pregunto, convencido no haber oído bien ¿Dieciséis mil al año?

-Eso es -responde el capitán-, Y es un buen salario. La filial de Delta paga quince mil dólares, y Continental Express, unos trece mil.

-¿Trece mil? ¿Para el comandante de una línea aérea comercial? ¿Me toma el pelo?

-Para nada. Y aún es peor. El primer año corno piloto, tienes que pagarte tu propia formación de vuelo y tus uniformes. Después de todas esas deducciones, acabas con nueve mil dólares.

Hizo una pausa para dejarme asimilar esta información. Entonces añadió:

-Brutos.

-No puedo creer lo que oigo -exclamo en un tono que atrae la atención de algunas personas que se hallaban cerca.

-Créalo -Insiste-. El mes pasado, uno de nuestros pilotos recurrió a la asistencia social para solicitar bonos de comida. No es coña. Con cuatro criaturas y su paga, podía optar al subsidio.

Pero la empresa se enteró y nos hizo llegar una nota en la que nos amenazaba con despedir a cualquier piloto de American que solicitase bonos o asistencia social, aunque tuviera derecho a ella.

Así que mi colega acude ahora al Banco de Alimentos. Allí no te piden nada con lo que American te pueda seguir la pista.

Pensaba que ya había oído de todo, pero esta historia iba más allá de lo alarmante. No quería subirme al avión. Algo en la naturaleza humana y en nuestros instintos primarios de supervivencia, que se remonta quizás a los tiempos de las cavernas, nos dice: «Jamás te embarques en un avión pilotado por alguien que gana menos que un lavaplatos salvadoreño.»

Acabé por subir al avión, pero sólo después de convencerme de que el tipo me la estaba dando con queso. ¿De qué otro modo podía justificar el hecho de arriesgar mi vida? Una semana después, no obstante, hice algunas llamadas e investigué un poco. Ho­rrorizado, descubrí que las cifras del piloto eran correctas. Mientras que los comandantes que ya llevaban unos cuantos años en estas aerolíneas sacaban una pasta (¡40.000 al año!) los novatos vivían en muchos casos bajo el umbral de la pobreza.

No sé ustedes, pero yo prefiero que aquellos que me llevan a desafiar la fuerza más poderosa de la naturaleza -la gravedad- estén felices, satisfechos y bien pagados. Incluso en los vuelos internacionales de las grandes compañías, los asistentes de vuelo -otro colectivo de cuya formación puede depender nuestra vida- empiezan con una paga que va de los 15.000 a los 17.000 anuales. La verdad es que cuando estoy a 30.000 pies de altura no quiero que los pilotos ni sus asistentes se angustien ando en cómo van a pagar los recibos atrasados de la luz o él una vez que lleguen casa, o qué hamburguesería tendrán que atracar para costear el alquiler. ¿Moraleja? Pórtese bien con los hombres: puede que uno de ellos esté a los mandos de su vuelo a Chicago.

Durante la primera mitad de 2001, los pilotos de Delta Conection convocaron una huelga. Los muy codiciosos pretendían recibir una paga inicial de 20.000 dólares. Delta se negó, y el paro prosiguió durante meses. Uno diría que, visto el buen funcionamiento de la economía -especialmente para la clase acomodada, que viaja a menudo-, no habría problema en conceder a lo pilotos un salarlo que les permitiera subsistir a base de algo más que comida de perro. (Antes, al embarcar en un avión, solía olisquear en la cabina para comprobar si los pilotos habían estado bebiendo; ahora me limito a buscar en el suelo galletas sueltas de Dog Chow.) Después de negociar sus migajas, los pilotos de Delta consiguieron los 20.000 dólares.

A estos Pilotos, como al resto de nosotros, se les está diciendo que la economía no va tan bien, que hay recesión, que los be­neficios menguan y que el mercado de valores no acaba de recuperarse. No importa cuánto haya bajado Greenspan los tipos de interés: no hay nada para nosotros.

Desde luego, cuentan con cifras para respaldar sus afirmaciones. Cada semana, 403.000 estadounidenses rellenan solicitud desde desempleo. Cientos de compañías anuncian despidos masivos. Miles de empresas de la nueva economía han ido a la quiebra. Bajan las ventas de coches. Los comerciantes tuvieron una campaña de Navidad desastrosa y todo el mundo se aprieta el cinturón.

Y nosotros nos lo creemos.

No hay recesión, amigos. Ni deterioro de la economía. No corren tiempos difíciles. Los ricos están chapoteando en el botín que han ido acumulando durante las dos últimas décadas, y ahora quieren asegurarse de que nadie pida un trozo del pastel.

Hacen todo lo posible para que renuncies a lo que es tuyo, ¡porque no hay para todos! Cada noche, los medios de comunicación de su propiedad nos cuentan una historia dramática tras otra acerca de la última empresa de Internet que se ha hundido, el último fondo de inversión que lo ha perdido todo o el último inversor de Wall Street que se ha quedado en bragas. El Dow Jones ha bajado hoy 300 puntos. Lucent Technologies ha anunciado otros 15.000 despidos. La fusión de United y U. S. Airways se cancela, General Motors se deshace de Oldsmobile y llegan noticias de que peligra incluso tu plan de pensiones. ¿A qué acojona?

Lo peor es que es cierto. Ellos no mienten, al menos sobre esos datos insignificantes que esgrimen para manipular nuestros temores.

Pero ¿qué pasa con las mentiras importantes? Nos aseguran que a escala global la economía anda por los suelos. Bien, en parte parece ser cierto. Si es usted de la clase media o baja, no le faltan motivos para asustarse. ¿Por qué? Pues porque los que están arriba aún tienen más miedo de que se le ocurra apuntarse al banquete. Temen que les vaya a decir: «Vale, ya tienen sus yates y sus mansiones en la Provenza, ¿qué pasa conmigo? ¿Me pueden dar algo para cambiar la puerta del garaje?» Lo único que supera su temor es el asombro ante el hecho de que nadie les haya pedido un aumento, unas vacaciones o una visita pagada al dentista. Una fracción minúscula de la inmensa riqueza amasada durante los últimos diez años. ¿Será posible que la gente se contente con preguntarse ante la tele «quién quiere ser millonario» y nunca responda « ¡yo! »? Los peces gordos de las multinacionales han estado esperando atemorizados a que usted dé ese paso.

Los que mandan saben que es inevitable: un día, les vamos a pedir nuestra parte. Y para impedir que eso ocurra, desenvainan las espadas en un ataque preventivo con la esperanza de que jamás lleguemos a echarle el ojo a su montón de dinero constante.

Ése es el motivo por el que le despiden o por el que aducen falta de medios. Y por eso mismo ya no hay café en su puesto de trabajo: no es porque no se lo puedan permitir, es que necesitan desquiciarlo y someterlo a un estado de estrés, sospecha y temor constantes. Olvídese del café: usted puede ser el siguiente en la lista de artículos prescindibles. Mientras tanto los jefes siguen meándose de la risa.

Se preguntará cómo es que yo sé todo esto. Pues porque vivo e ellos. Vivo en Manhattan, un islote de cinco kilómetros de ancho hogar y suite real de la elite de la América Empresarial. Buena parte del sufrimiento que usted experimenta como estadounidense emana de esta franja aurífera que se extiende entre dos ríos contaminados. Los que dirigen sus vidas son mis vecinos, cada día, paseo entre ellos. Observo a las inmigrantes haitianas que crían a sus hijos y los veo pasar sin decir palabra junto a los hombres invisibles que le sacan brillo a sus pisos de mármol, siempre apresurados por llegar a donde sea que vayan (probablemente, a reducir las prestaciones de sus empleados y a recortar planillas). Pulcros, listos y sedientos de sangre.

Les oigo hablar acerca de lo bien que va todo: su nuevo hogar en Berkshires, su último viaje a la isla de Pascua. No caben en sí de gozo.

Cuando me mudé aquí, en mi edificio vivían artistas, dramaturgos, la mitad del reparto de Saturday Night Líve, algunos jugadores de hockey de los Rangers, un ex jugador de la Liga Nacional de Fútbol Americano, un cámara, algunos profesores universitarios y varios jubilados. Ahora, aparte de mí, sólo quedan un tipo de los Rangers y mi alocado amigo Barry, el camarógrafo. Los demás son persona) es demasiado ricos para trabajar o están ocupados cosechando incontables beneficios de las numerosas propiedades que poseen en barrios pobres o viven de un fondo de inversión o trabajan en Wall Street o son extranjeros que supervisan las inversiones internacionales de su familia. Desayunan cada mañana con la lista de las 500 mayores empresas que publica Forbes. Se lo aseguro, están forrados y quieren más.

Si mi palabra no le basta, déjeme brindarle unas estadísticas neutrales y objetivas acerca de lo bien que les va a los de arriba:

  • Desde 1979 hasta hoy, el 1 % más rico del país ha visto su salarlo incrementado en un 157 %; los que de entre ustedes están entre el 20 % menos acaudalado están ganando 100 dólares menos al año (ajustados por inflación) de lo que ganaban en los albores de la era Reagan.
  • Las doscientas empresas más prósperas del mundo han incrementado sus beneficios en un 362,4 % desde 1983. Sus ventas conjuntas son más elevadas que el PIB de cualquier país del mundo, salvo los diez más ricos.
  • Desde las recientes fusiones de las cuatro mayores compañías petrolíferas de EE. UU., sus beneficios han aumentado en un 146 %, mientras a usted le contaban que había «crisis energética».
  • En los años más recientes sobre los que se tienen datos, cuarenta y cuatro de las principales ochenta y dos empresas del país no pagaron la tasa del 35 % en impuestos que se exige a todas las compañías. De hecho, diecisiete de ellas no pagaron impuesto alguno. Y siete, con General Motors a la cabeza, hicieron juegos malabares de un virtuosismo tal que el gobierno acabó por deberles dinero.
  • Otras 1.279 corporaciones con activos por valor de 250 millones de dólares o más tampoco pagaron impuestos, aduciendo no haber tenido ingresos en 1995 (el año más reciente para el que existen estadísticas).

Se nos está estafando de tantas maneras que enumerarlas todas equivaldría a provocar un motín. Pero ¿a quién le importa? Mercedes Benz, que se ha negado categóricamente a cumplir las normas americanas sobre el consumo y la contaminación, fue multada por todos los años en que estuvo infringiendo la ley. Y urdió un ingenioso plan. Para los años 1988 y 1989, la compañía dedujo de sus impuestos 65 millones de dólares que había destinado a pagar la multa en concepto de «gastos ordinarios generados por [...] el desarrollo de sus actividades comerciales e industriales». Para que nos entendamos, eso significa que usted y yo íbamos a pagar 65 millones de dólares para que un puñado de magnates pudiera conducir sus cochazos sin dejar de tiznarnos los pulmones. Afortunadamente, Hacienda no tragó y desestimó su reclamación.

La empresa petrolera Halliburton abrió una filial en las islas Caimán a principios de los años noventa. El problema es que en las islas Caimán no hay petróleo, ni tampoco refinerías o centros de distribución. ¿Qué hacía allí una filial de Halliburton? Natura1mente, esto despertó suspicacias en el gobierno. De 1996 a 1998, se presentaron catorce demandas fiscales contra entidades dependientes de Halliburton. En uno de los casos, el gobierno sostuvo que Halliburton se había servido de las filiales para ahorrarse 38 millones en impuestos. La mayor parte de estas causas ya han sido archivadas.

Cabe decir que no son los únicos interesados en defraudar al gobierno federal. Media docena de grandes aseguradoras estadounidenses (como Chubb, Hartford, Kemper y Liberty Mutual) tienen en las Bermudas su oficina central. Accenture, anteriormente conocida como Andersen Consulting, también se trasladó hace poco a las Bermudas para evadir al fisco. Evidentemente, no se trata más que de operaciones sobre el papel, pues todos siguen teniendo sus oficinas en el país. Es sólo la «central» la que se ha trasladado. Por cierto, ¿no le encantaría despertarse mañana y declarar que se ha ido a las islas Fidj1 cuando el paisaje que sigue viendo por la ventana es el de Omaha, Nebraska?

La revista Forbes estima que los paraísos fiscales nos cuestan a todos los estadounidenses 10.000 millones de dólares al año (y somos nosotros quienes tenemos que abonar la diferencia, ya sea pagando más impuestos o quedándonos sin servicios públicos). La próxima vez que no se pueda permitir arreglar el horno o cambiar de ordenador, puede agradecérselo a todos esos tiburones que corean la letanía de «ahora mismo la economía no anda

Y en lugar de intentar recaudar el dinero que nos están robando, ¿a qué se dedica Hacienda? Pues ha decidido ir por usted. Ha izado la bandera blanca, renunciando a que los ricos paguen sus impuestos. Su política actual se basa en exprimir a los que ganan menos. Según la Oficina General Contable, aquellos que ganan menos de 25.000 dólares al año están pagando el doble de lo que solían, en tanto que la contribución de los que ganan más de 100.000 dólares se ha reducido en un 25 %.

¿Cómo se traduce todo esto en el balance? Supone una caída del 26 % en la cantidad total de impuestos pagados por las mul­tinacionales, en tanto que el americano medio ha visto subir sus impuestos en un 13 %. En la década de los cincuenta, los im­puestos de las grandes empresas constituían el 27 % del total de ingresos del gobierno federal; hoy día la cifra es sólo del 10 %. ¿Cómo lo compensan? Aprovechándose de usted y del segundo trabajo que ha tenido que buscarse para subsistir.

Parte del motivo por el que no dejamos de oír lo mal que anda la economía actualmente es que muchos de los que reciben aviso de despido son amigos o parientes de los que dan las malas noticias. Al contrario que los despidos masivos de los años ochenta, completamente ignorados por todos los que habían acudido a buenas universidades y ganaban suculentos salarlos, la masacre actual de puestos de trabajo afecta al sector de cuello blanco y a los profesionales. Tú despide a unos cientos de miles de éstos y ya verás cómo se oye hablar de ello en todas partes. ¿Por qué? Porque es... es... ¡es superinjusto! O sea, estos expertos en alta tecnología cumplían con su trabajo y pagaban sus impuestos. Seguían las reglas, se habían entregado en cuerpo y alma a la empresa y habían sacrificado su primer matrimonio por ella. Asistían a todas las convenciones de empresa, nunca faltaban a las sesiones de programación de última hora y no se perdían uno solo de los actos benéficos organizados por el director y sus amiguetes. Entonces, un buen día, les soltaron: «Mira, Bob, éste es un asesor laboral que hemos contratado para que te ayude en tu transición, que queremos que sea lo más llevadera posible. Por favor, dame tus llaves. Este caballero con placa y pistola te acompañará a tu cubículo para que recojas tus efectos personales y abandones el edificio en 12 minutos.»

No hay una recesión económica. ¿Están ganando las empresas menos que el pasado año? Claro. ¿Cómo podía ser de otro modo? En los años noventa nos vendieron esa bonanza surrealista de beneficios pingües que nada tenía que ver con la realidad. Compare las cifras de cualquier otro año con los de esa década y será como comparar la velocidad con el tocino. El otro día leí un titular en que se decía que los beneficios de General Motors habían bajado un 73 % en el último año. Suena mal, pero la verdad la primera mitad del 2001 el gigante automovilístico se embolsó 800 millones

¿Las empresas de Internet están cayendo como moscas? Naturalmente. ¿Y qué? Eso es lo que siempre sucede con los inventos revolucionarios: un montón de emprendedores se suben al para hacer su agosto y, al final, sólo los más mediocres o despiadados se tienen en pie. La cosa se llama CAPITALIS­. En 1919, veinte años después de la invención del automóvil, había 108 fabricantes de coches en Estados Unidos. Diez años después el número se había reducido a 44. A finales de los cincuenta eran 8 y, hoy día, quedan dos y medio. Así es como funciona el sistema. Si no te gusta, pues, ya puedes irte a... bien, adónde se puede ir uno en estos días? Ah, sí: a las Bermudas.

Estúpidos hombres blancos – Michael Moore


Subsidio de alimentación del que se benefician las familias con bajos ingresos. (N. del T)

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