Tierra Santa

Escrito por Michael Moore el . Publicado en Varios insolentes

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Estúpidos hombres blancos, (en inglés, "Stupid White Men") es un libro del escritor y cineasta estadounidense Michael Moore, publicado en 2001. Es una crítica en tono satírico de la sociedad de los Estados Unidos, las políticas gubernamentales del país y al gobierno de George W. Bush, centrándose principalmente en temas como el racismo, la xenofobia y las acusaciones sobre incompetencia del presidente Bush.

Un nombre tan bonito para un lugar donde se perpetran más actos sanguinarios que en la zona VIP de una fiesta satánica.

En enero de 1988, apenas un mes después del inicio de la primera Intifada, viajé con unos amigos a Israel, Cisjordania y Gaza, para enterarme in situ de qué iba el tema.

Aunque ya había estado en Centroamérica, China, el Sureste asiático y otras regiones de Oriente Medio, no estaba preparado para lo que vi en los campos de refugiados de los territorios ocupados. Jamás había asistido a tamaña sordidez, degradación y miseria. Forzar a seres humanos a vivir en estas condiciones -y hacerlo a punta de pistola, durante más de cuarenta años es una iniquidad sin sentido.

Me entristece y enfurece enormemente el horror y el sufrimiento que han tenido que soportar los judíos desde tiempos inmemoriales. No hay una sola comunidad que haya padecido más muerte y tormentos que la judía, víctima de una intolerancia que no ha durado siglos sino milenios.

Lo que me asombra no es tanto la naturaleza de este odio -pues las guerras étnicas parecen formar parte inevitable de la vida--  como la persistencia con que se ha transmitido de una generación a otra. Pienso que el odio no debería ser como el reloj del abuelo que heredará el mayor de los nietos. Si mi tatarabuelo hubiera odiado a canadienses o presbiterianos, yo no tendría manera de saberlo. Sin embargo, el odio hacia los judíos ha ido pasando de padres a hijos como un idioma, una canción o una leyenda de tradición oral. Habitualmente, los humanos somos capaces de sacudirnos de encima las malas ideas, como la de que la Tierra es plana. Ya hace seiscientos años que desechamos esa tontería. Hemos superado el mito de que la Creación se llevó a cabo en seis días o el de que los huevos son malos para el nivel de colesterol. ¿Por qué tanta gente sigue apegada al desprecio por los judíos y no lo relega al olvido?

Aquisssssss

En eso reside una de las mayores complicaciones para los palestinos: los humanos tenemos la desgracia de que, una vez maltratados, tendemos a maltratar. Nada es menos sorprendente que el hecho de que los niños que han padecido abusos acaben un día abusando de sus propios hijos. Después de que los estadounidenses bombardearan repetidamente a los pacíficos y neutrales camboyanos, masacrando a cientos de miles durante la guerra de Vietnam, los camboyanos acabaron volviéndose los unos contra los otros, masacrándose esta vez por su cuenta. Después de que la Unión Soviética perdiera veinte millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial, decidió prevenirse contra cualquier intento de injerencia externa invadiendo y dominando casi todos los países con los que lindaba.

Una vez martirizada, la gente suele enloquecer y acaba por tomar medidas drásticas e irracionales para protegerse.

No deseo tocar el delicado tema de las razones para la creación del Estado de Israel ni del supuesto derecho sagrado a ocupar esas tierras. Sólo quiero profundizar en las circunstancias actuales, origen de una matanza incesante perpetrada por ambas partes. Dicha situación deriva, por un lado, del odio de los palestinos hacia los judíos y, por otro, de la tremenda opresión ejercida por los judíos sobre los palestinos.

Es cierto que los palestinos también viven oprimidos en otros países árabes, donde no se les permite votar ni poseer bienes inmuebles y se les trata como a ciudadanos de segunda clase y corno arma arrojadiza en el conflicto contra Israel. Pero tampoco perderé tiempo con esto, visto que no hay mucho que pueda hacer al respecto.

Los ciudadanos de Estados Unidos no donamos 3.000 millones de dólares anuales a Siria, tal como hacemos con Israel. Y puesto que se trata de nuestro dinero, nos hemos de considerar responsables de la opresión, la matanza y las condiciones de segregación que se dan en los territorios ocupados por Israel.

Además, Israel tiene armas nucleares, algunos países árabes pronto las tendrán y, si nadie detiene esta locura enseguida, puede que acabemos pagando un precio elevadísimo por ello.

En primer lugar, me opongo a un apartheid financiado a mi costa. Creo que todos los seres humanos tienen derecho a la autodeterminación, el voto, la vida, la libertad y la búsqueda de ¡a felicidad. Los árabes que viven en Cisjordania y en Gaza no gozan de ninguno de esos derechos. No son libres para viajar y viven bajo toque de queda. Se les acusa, arresta y encarcela impunemente. Sus casas son derribadas sin aviso previo. Se les roba la guerra para entregarla a los colonos y sus hijos son asesinados por arrojar piedras o por el mero hecho de andar por la calle.

¡Claro que tiran piedras! ¡Claro que matan a colonos israelíes! Así suele reaccionar la gente maltratada: paga con la misma moneda. ¿Quién lo sabe mejor que los israelíes? El mundo estuvo a punto de liquidarlos en el siglo pasado y está claro que no van a dejarse aniquilar en este milenio que empieza.

En tiempos como éstos, los que hemos sido lo bastante afortunados como para vivir libres de sufrimientos de este calibre, debemos movilizarnos para detener la escabechina. En ese sentido, mi país no puede seguir entregándole cheques en blanco a Israel. Para detener la barbarie hay que involucrarse con ambas partes.

Mi plan:

1. El Congreso debería advertir a Israel de que tiene treinta días para poner fin al derramamiento de sangre perpetrado en su nombre y el nuestro 0, en caso contrario, dejaremos de enviar los 3.000 millones anuales. El terrorismo grupuscular es una lacra, pero el terrorismo de Estado es el peor de los males. En el mundo siempre habrá locos agraviados que necesitan vengarse a sangre y fuego. Pero resulta inadmisible que los israelíes -gente por demás buena e inteligente- impongan un sistema de terror a otro colectivo únicamente por su raza o religión. Somos millones los contribuyentes estadounidenses que aportamos dinero para las acciones inadmisibles de Israel. Buena parte de tales acciones no sería posible si el Estado no sustrajera 4 centavos diarios de nuestras nóminas para destinarlos a comprar balas con las que soldados israelíes matan a los chicos palestinos.
2. Si Israel desea seguir recibiendo dinero de nuestros impuestos, deberíamos concederle el plazo de un año para que se embarque en un plan de paz con los palestinos para crear un Estado llamado Palestina (formado por Cisjordania, Gaza y una franja de tierra que una ambos territorios). Esta nueva nación Palestina debería aprobar una constitución que prohibiese toda agresión contra Israel y que garantizara plenos derechos democráticos a todos los hombres, mujeres y niños palestinos.
3.   A partir de entonces, Estados Unidos donaría a Palestina el doble de fondos entregados hasta ahora a Israel (por una paz permanente, yo pagaría alegremente lo que me tocara). No se trata de dinero gratis para funcionarios corruptos como los que abundan en mi país, sino de una ayuda al estilo del Plan Marshall para construir carreteras, escuelas e industrias que generen trabajos dignamente pagados.
4.   Las Naciones Unidas deberían comprometerse entonces a defender a Israel contra cualquier país o entidad que siga luchando por su destrucción. También debe comprometerse a defender la Palestina democrática de los regímenes árabes vecinos (que sin duda se pondrán como una moto cuando su propia población oprimida vea el mal ejemplo palestino de libertad y prosperidad).

Bueno, supongo que nadie me hará caso. Aparentemente, reta más divertido proseguir con esta telenovela sangrienta cuyos protagonistas se disputan un pedazo de tierra que tarda meen cruzarse que Nueva York en hora punta.

Sin embargo, hay una persona que quizá se digne escuchar.

Querido presidente Arafat:

No nos conocemos. Éste no es un intento de engatusarlo para que me invite a una cena o a una partida de mus. Usted es un hombre atareado, y yo también (aunque nadie aquí me llama presidente ni me dice « ¡Sí, señor! »).

Perdone. Este humor idiota es el que me ha relegado al canal 64 de la televisión por cable, justo después del canal italiano.

Creo que tengo la clave de su futuro éxito. Conozco la solución para que dejen de matarse y, de paso, acaben creando un Estado palestino.

Usted pensará: «¿ Quién es este zoquete?» Tiene razón.

Pero escuche. Quiero proponerle algo que dejará en bragas a todos los israelíes reaccionarios y pondrá de su lado aquellos que desean la paz.

Mi propuesta no es una idea nueva. No se basa en ejérci­tos ni dinero ni resoluciones de la ONU. Es barata, se ha probado en muchos países y nunca ha fallado. No requiere armas ni mala baba. Consiste, de hecho, en la renuncia a las armas.

Se llama desobediencia civil pacífica. Con ella Martin Luther King y su campaña pusieron punto final a la segregación racial en Estados Unidos. Gandi y sus seguidores doblegaron al Imperio británico sin disparar un tiro. Nelson Mandela y el Congreso Nacional Africano consiguieron acabar con el apartheid.

Si funcionó entonces, le puede funcionar ahora.

No hay duda de que se puede ganar recurriendo a la vio­lencia. Los vietnamitas demostraron que podían sacudirse de encima al país más poderoso del orbe. Y nosotros, ya ve: ocho años liquidando pieles rojas y, a base de tiros, nos hicimos con esta chulada de país.

Sin duda, matar sigue siendo un método eficaz. El problema es que cuando la matanza tiene que parar, uno anda ya con la cabeza algo revuelta y le resulta difícil deponer las armas (225 años después, nosotros todavía no hemos aprendido).

Sin embargo, si se decide a probar el enfoque no violento no sólo verá morir a poca gente, sino que al final conseguirá un país para usted y su gente.

La cosa funciona de este modo:

1. Plantel trasero. Consiga que unos cientos o miles de personas se apalanquen en una carretera y no se muevan ni lu­chen cuando traten de echarles. En lugar de que Israel vaya cerrando a placer las fronteras de Gaza y Cisjordania, las cierran ustedes. Marchen pacíficamente hasta el punto de control y siéntense. Los israelíes no podrán acudir a sus asentamientos, así como tampoco transportar mercancías ni recursos naturales. No existe vehículo israelí que pueda avanzar sobre miles de personas que le cortan el paso (ni siquiera con cadenas en los neumáticos). Naturalmente, es posible que traten de hacerlo y que algunos de ustedes acaben heridos o muertos. Sigan sin moverse. El mundo estará mirando, especialmente si se toman la molestia de alertar a los medios: la CNN se pon­drá al teléfono. Los palestinos que mueran a causa de este plan siempre serán muchos menos que las víctimas que provoca la situación actual.

2. Convoque una huelga general. Niéguese a trabajar para los israelíes. Su economía se basa en la mano de obra semiesclava que ustedes suministran. Acabe con ello. ¿Quién hará todos sus trabajos basura si los palestinos se niegan? ¿Otros israelíes? Qué va. Les necesitan a ustedes, así como a su vo­luntad de quebrarse el lomo por salarlos ínfimos. Ya verá lo pronto que llegan a un acuerdo. Naturalmente, tratarán de tomar represalias. Quizá les corten el agua, las carreteras o el suministro de alimentos. Hagan lo que hagan, no se dé por vencido. Acumule reservas, convoque una huelga no violenta y manténgase firme. Acabarán cediendo ellos.

Hace unos pocos años, un millón de israelíes asistió en Tel Aviv a una manifestación por la paz. Fue una escena impresionante, y demostró que los palestinos cuentan con, al menos, un millón de aliados judíos (cerca de una tercera parte de la población del país). Un millón de sus «enemigos» vendrán en su ayuda si protesta sin violencia. Hay que probarlo. Entre su población y los israelíes bienintencionados superarán a aquellos que quieran arrojarlos al mar.

Desgraciadamente, ya sé que su inclinación es la de seguir derramando sangre. Cree que así obtendrá la liberación anhelada, pero se equivoca. Hágase a la idea: los israelíes no van a marcharse de ahí. Seis millones de ellos murieron a manos de la nación presuntamente más civilizada del mundo. ¿Cree que se van a dejar asustar por cuatro piedras y unos cuantos coches bomba? Viven en un mundo en el que están solos y aislados, y no lo abandonarán hasta que usted o el resto del planeta acabe con el último de ellos. ¿Es eso lo que quiere? ¿Todos los judíos borrados de la faz de la tierra? Si es así, está mal de la chaveta y muchos le vamos a negar cualquier respaldo.

S i ' por el contrario, lo que desea es paz y tranquilidad en lugar de guerra y desalojos, abandone las armas, déjese caer en mitad de la carretera y... espere. No hay duda de que los israelíes maltratarán a muchos de ustedes. Arrastrarán a sus mujeres por el pelo, azuzarán los perros contra ustedes y recurrirán a los manguerazos (y a infinidad de trucos más que aprendieron de nosotros). Sea tenaz. Cuando las imágenes de este oprobio sean contempladas por el mundo entero, se producirá tal clamor universal que el gobierno israelí será in­capaz de proseguir con su campaña.

Ya está. Si quiere, me ofrezco a apuntarme a su protesta no violenta. Es lo menos que puedo hacer después de haber ayudado a financiar las balas y bombas que han estado matando a su gente durante tanto tiempo.

Cordialmente, Michael Moore

Estúpidos hombres blancos – Michael Moore

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