El hombre feliz

el . Publicado en Bailando con lobos

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Por Bertrand Russell

(fragmentos del capítulo XVII de La conquista de la felicidad)

Es evidente que la felicidad depende, en parte, de las circunstancias y, en parte, de uno mismo. En este libro [La conquista de la felicidad] nos hemos ocupado de la parte que depende de uno mismo, y hemos llegado a la conclusión de que la receta para la felicidad es muy sencilla. Muchos creen, y entre ellos mister Krutch, de quien he hablado en un capítulo anterior, que es imposible la felicidad sin un credo más o menos religioso. Muchos que son desgraciados creen que su infortunio es de raíces complicadas y muy intelectuales. Yo no creo que sean éstas las causas de la felicidad ni de la desgracia; creo que no son más que síntomas. El hombre desgraciado tiende a adoptar un credo desgraciado y el hombre feliz un credo feliz: cada uno atribuye su felicidad o su desgracia a sus ideas, cuando ocurre todo lo contrario. (…) Cuando las circunstancias exteriores no son definitivamente adversas, el hombre debería ser feliz siempre que sus pasiones se dirijan hacia afuera, no hacia dentro. Nuestro esfuerzo debiera, pues, tender, tanto en la educación como en las relaciones sociales, a evitar las pasiones egocéntricas y la adquisición de afectos e intereses que impidan a nuestro pensamiento encerrarse perpetuamente dentro de sí mismo. Los hombres no son felices en una prisión, y las pasiones encerradas dentro de nosotros mismos constituyen la peor de las prisiones. (…)

El hombre feliz es el que vive objetivamente, el que tiene afectos libres y se interesa en cosas de importancia, el que asegura su felicidad gracias a esos afectos e intereses, y por el hecho de que le han de convertir a su vez en objeto de interés y de cariño para muchas otras personas. El cariño recibido es una causa importante de felicidad; pero no es precisamente la persona que lo pide aquella a quien se lo dan. De una manera general, puede decirse que el que recibe cariño es quien a su vez lo da. Pero es inútil procurar darlo por cálculo, a la manera que se presta dinero con interés, porque el cariño calculado no es legítimo, y así lo cree quien lo recibe.

(…) No cabe duda de que deseamos la felicidad de aquellos a quienes amamos; pero no como una alternativa para nuestra propia felicidad. De hecho, la antítesis entre el yo y el resto del mundo implícita en la doctrina de la abnegación, desaparece tan pronto como tengamos un interés verdadero por personas o cosas ajenas a nosotros mismos. Gracias a tales intereses, el hombre llega a sentirse como una parte de la corriente de la vida, y no una entidad fríamente separada como una bola de billar que no tiene más relación que la del choque con las otras bolas. Toda desgracia depende de alguna clase de desintegración o falta de integración; hay desintegración dentro del yo por falta de coordinación entre lo consciente y lo inconsciente; hay falta de integración entre el individuo y la sociedad cuando no están unidos por la fuerza de intereses y afectos objetivos. El hombre feliz es el que no siente el fracaso de unidad alguna, aquel cuya personalidad no se escinde contra sí mismo ni se alza contra el mundo. El que se siente ciudadano del universo y goza libremente del espectáculo que le ofrece y de las alegrías que le brinda, impávido ante la muerte, porque no se cree separado de los que vienen en pos de él. En esta unión profunda e instintiva con la corriente de la vida se halla la dicha verdadera.

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