Cuento para Rolf Carlé

HabÃa una vez una mujer cuyo oficio era contar cuentos.
Iba por todas partes ofreciendo su mercaderÃa, relatos de aventuras, de suspenso, de horror o de lujuria, todo a precio justo.
Un mediodÃa de agosto se encontraba en el centro de una plaza, cuando vio avanzar hacia ella un hombre soberbio, delgado y duro como un sable. VenÃa cansado, con un arma en el brazo, cubierto del polvo de lugares distantes y cuando se detuvo, ella notó un olor de tristeza y supo al punto que ese hombre venÃa de la guerra.
La soledad y la violencia le habÃan metido esquirlas de hierro en el alma y lo habÃan privado de la facultad de amarse a sà mismo.
¿Tú eres la que cuenta cuentos?, preguntó el extranjero.
Para servirle, replicó ella.
El hombre sacó cinco monedas de oro y se las puso en la mano.
– Entonces véndeme un pasado, porque el mÃo está lleno de sangre y de lamentos y no me sirve para transitar por la vida, he estado en tantas batallas, que por allà se me perdió hasta el nombre de mi madre, dijo.
Ella no pudo negarse, porque temió que el extranjero se derrumbara en la plaza convertido en un puñado de polvo, como le ocurre finalmente a quien carece de buenos recuerdos.
Le indicó que se sentara a su lado y al ver sus ojos de cerca se le dio vuelta la lástima y sintió un deseo poderoso de aprisionarlo en sus brazos. Comenzó a hablar.
Toda la tarde y toda la noche estuvo construyendo un buen pasado para ese guerrero, poniendo en la tarea su vasta experiencia y la pasión que el desconocido habÃa provocado en ella.
Fue un largo discurso, porque quiso ofrecerle un destino de novela y tuvo que inventarlo todo, desde su nacimiento hasta el dÃa presente, sus sueños, anhelos y secretos, la vida de sus padres y hermanos y hasta la geografÃa y la historia de su tierra.
Por fin amaneció y en la primera luz del dÃa ella comprobó que el olor de la tristeza se habÃa esfumado. Suspiró, cerró los ojos y al sentir su espÃritu vacÃo como el de un recién nacido, comprendió que en el afán de complacerlo le habÃa entregado su propia memoria, ya no sabÃa qué era suyo y cuánto ahora pertenecÃa a él, sus pasados habÃan quedado anudados en una sola trenza.
HabÃa entrado hasta el fondo en su propio cuento y ya no podÃa recoger sus palabras, pero tampoco quiso hacerlo y se abandonó al placer de fundirse con él en la misma historia…
Por Isabel Allende


