Dr. Sanduk Ruit

Escrito por MICHAEL AMENDOLIA el . Publicado en Bailando con lobos

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En Nepal, a cientos de kilómetros de la civilización occidental, un oftalmólogo nacido allí lleva años intentando acabar con la ceguera evitable de sus convecinos a golpe de bisturí. Como esta mujer, Raj Kaliya Dhanuk, que ha perdido la vista en ambos ojos a causa de las cataratas y espera ser operada por Sanduk Ruit.

Algunas cifras dolorosas: De los 40 millones de ciegos que hay en el mundo, 32 millones no lo serían si se sometieran a una sencilla operación o hubieran sido tratados a tiempo. Para el año 2020 la OMS estima que habrá más de 75 millones de ciegos en el mundo.

El doctor Sanduk Ruit no podía recordar a aquella mujer nepalí, entrada en los cuarenta, que había salido a su paso y, reverencialmente, le entregaba unos humildes obsequios. Es díficil quedarse con la cara de todos los pacientes cuando uno ha tenido más de 20.000.Pero ninguno de ellos, seguro, ha olvidado el rostro de Sanduk Ruit. A todos, un día, les quitó una venda de los ojos para decirles que habían recuperado la vista. A muchos, como a esta mujer agradecida, además, les devolvió la vida.

Porque en Nepal, uno de los países más pobres del mundo, donde la vida depende de la capacidad de subsistencia, la ceguera es devastadora. Cuando la nepalí que ahora sonreía a Ruit dejó de ver, su marido la abandonó y pasó a vivir las humillaciones más oscuras. El razonamiento es tan sencillo como cruel: un ciego no trabaja y una persona que no trabaja carece de cualquier valor.Paradójicamente, el 90% de los invidentes nepalíes sufre una enfermedad que tiene cura: cataratas. La culpa la tiene, en parte, la caprichosa geografía. La altitud hace que los ojos nepalíes estén más expuestos a los rayos ultravioletas y por lo tanto, a la ceguera.

En este contexto y con una firme intención «que dejen de ser personas sentadas en la habitación trasera esperando a morir» acudió a Nepal en 1985 el oftalmólogo australiano Fred Hollows (1929-1993). Ya antes, convencido de que era «obsceno permitir que la gente se quedara ciega cuando era evitable» y dispuesto a echarle un pulso a la estadística que dice que cada cinco segundos una persona se queda ciega en el mundo y que el 80% de los casos tiene solución, había recorrido la Australia profunda devolviéndoles los ojos a los aborígenes. Luego sacó de las tinieblas a los invidentes de Eritrea y a los de Vietnam.

Ahora tocaba Nepal. Allí convirtió a un joven doctor sherpa, Sanduk Ruit, en su mano derecha. Primero le enseño su técnica.Hollows no sólo se proponía extraer las cataratas a los nepalíes sino, además, sustituir las engorrosas gafas de culo de vaso, que proporcionaban una visión borrosa y que se convertían en frágiles objetos fáciles de romper o perder en un terreno montañoso, por una lente intraocular.

Ruit y sus ayudantes se han recorrido las rutas más inhóspitas para levantar sus campamentos oculares en los lugares más inaccesibles y remotos. Ni lo escabroso del terreno ni las largas distancias merman las ansias de ver de sus pacientes. Algunos recorren distancias de hasta 120 kilómetros, semanas a pie, para alcanzar uno de sus campamentos, a menudo cargados a hombros de un amigo o un familiar.

En muchos de estos rincones perdidos entre montañas no han visto un médico en años. Mucho menos, un oftalmólogo. Y una vez superadas las reticencias a lo desconocido, cuando Ruit y los suyos llegan a un poblado y realizan en centenares de operaciones que en 10 minutos devuelven la vista, en este místico reino espiritual inmediatamente se les asigna un estatus cuasi divino. Luego se corre la voz: han llegado unos hombres capaces de hacer la luz.

El mayor problema no fue ganarse la confianza de los incrédulos o llegar a aquel valle inaccesible sino conseguir las lentes.Importarlas de Australia suponía 150 dólares por unidad, así que el persistente Hollows se propuso abrir una fábrica en Katmandú. Y lo consiguió. El año pasado, la factoría produjo 129.728 lentillas, a cuatro dólares cada una , y se operó de cataratas a 90.000 nepalíes. En todo el mundo la fundación australiana que lleva el nombre de Fred Hollows ha devuelto la vista a 700.000 personas.

Pero aún quedan cifras dolorosas: de los 40 millones de ciegos que hay en el mundo, 32 millones no lo serían si se sometieran a una sencilla operación o hubieran sido tratados a tiempo.

LA SALUD DENEGADA

Por no disponer de hospitales, medicamentos y vacunas, cada año mueren 17 millones de personas en todo el planeta. Ejempo: la tuberculosis, poco importante en los países desarrollados, mata anualmente a tres millones de seres humanos, y la úlcera de Buruli, considerada como la lepra del siglo XXI, afecta ya a más de 100.000 almas. Eso sin contar los estragos que producen el sida, la malaria o las enfermedades coronarias y hepáticas en muchas regiones de Asia, África y América del Sur. Lugares donde la asistencia sanitaria más básica resulta un lujo impensable. En Brasil, país a caballo entre la miseria y la modernidad, es frecuente aún hoy encontrar hospitales cerrados por falta de medios y farmacias sin existencias. La OMS ha advertido de que la globalización empeorará la asistencia sanitaria en las tres cuartas partes del mundo.

Fuente: El Mundo

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