Las bendiciones del aumento

el . Publicado en Bailando con lobos

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Fábulas prohibidas de Félix María Samaniego

Primera bendición: la mujer satisfecha

Reñía una casada a su marido
porque no estaba bien favorecido
por la naturaleza,
y a gritos le decía:

“Fue grande picardía
que con tan chica pieza
pensaras casarte y engañarme,
puesto que no puedes contentarme;
marcha, marcha de casa,
pues tu fortuna escasa
te dio para marido sólo el nombre
y eres en lo demás un pobre hombre”

En efecto, saliose despechado
el infeliz al campo, contristado,
y a muy poco que anduvo,
el buen encuentro tuvo
de un mágico que al sol leyendo estaba
y en su libro las furias invocaba.

Luego que vio al marido,
el mágico le dice: “Tú has venido,
amigo, a este paraje a remediarte,
y yo te espero para consolarte:
por mi ciencia sé bien lo que te pasa
y ahora mismo a tu casa
te volverás contento.
Toma: ponte al momento
en la derecha mano
este anillo, que tiene virtud rara,
pues todo miembro humano
bendecido con él, crece una vara
a cada bendición rápidamente;
pero, puesto en la izquierda, prontamente
mengua lo que ha crecido
por la mano derecha bendecido.”

Al punto el hombre, lleno de impaciencia
quiso hacer del anillo la experiencia:
lo pone en su derecha, se bendice
la piltrafa infelice
y se la ve aumentar de tal manera
que, si el mágico a un lado no se hiciera,
con él diese en el suelo;
tan rápido estirón dio aquel ciruelo.

Alegre, a su mujer volvió el marido
y le dice: “Ya vengo prevenido
para satisfacer tu ardiente llama:
ven conmigo a la cama,
pero encima de mi has de colocarte
para poder mejor regodearte.”

Sobre él luego se pone
la mujer, y al ataque se dispone;
y, viéndola el marido bien montada,
echó la bendición premeditada…
y otra… y otras corriendo, de tal suerte
que alzándola en el aire el miembro fuerte,
la moza en él elevada parecía
un esclavo que empalan en Turquía.

Viéndose contra el techo así ensartada,
pide al cielo favor. Entra asustada
la madre, y ante cuadro tan terrible
da un alarido horrible
diciendo: “¡Santa Bárbara bendita,
qué visión tan maldita!
¡Venga un hacha que esté bien afilada
para cortar garrocha de tal porte!”

Mas la mujer repuso atragantada:
“¡No, madre! ¡Rompa el techo, más no corte!”

Segunda bendición: el caudal del obispo

Ya se acuerda el lector de aquel marido
que, por mágico anillo socorrido,
alzó en su miembro a su mujer al techo;
sepa también que, al cabo satisfecho
de su esposa y vengado,
en un medio dejó proporcionado
el lanzón monstruoso,
viviendo en adelante muy gustoso,
dándole aumento o merma en ocasiones
con derechas o zurdas bendiciones.

Un día, paseando alegremente,
llegó junto a una fuente
en donde, por azar, quiso lavarse
las manos, y en el agua refrescarse;
la sortija encantada
sacó del dedo y la dejó olvidada
allí, sin que cayera
en ello ni su falta conociera;
fuese, verificando su deseo,
y a muy poco el obispo de paseo
vino a la misma fuente deliciosa,
y viendo una sortija tan preciosa,
con tal hallazgo ufano,
se la coloca en su derecha mano.

Al tiempo que a su coche se volvía,
un pasajero le hizo cortesía,
a que el obispo corresponde atento
con una bendición, y en el momento,
saltando el trampillón de sus calzones,
ve salir de sus lóbregos rincones
un matamoscas largo de una vara
que igual entre mil frailes no se hallara.

Su ilustrísima, al verlo, con el susto,
se empezó a santiguar como era justo;
pero, mientras más daba en santiguarse,
más veía aumentarse
por varas, a la vista
su lanzón, sin saber en qué consistía.

Los pajes al obispo rodearon
y a sostener el peso ayudaron
de aquella inmensa cosa,
encubriendo la mole prodigiosa
con todos sus manteos y sotanas;
pero estas diligencias eran vanas,
porque, apenas un nuevo pasajero
se quitaba el sombrero
viendo el obispo y él le bendecía,
cuando otra vara más se le crecía.

Por fin, cerca la noche,
como mejor pudieron a su coche
llevan al Ilustrísimo afligido;
pero, para que fuese en él metido,
el cristal delantero le quitaron
y así la mitad fuera colocaron
de aquel feroz pepino
semejante a una viga de molino.

A oscuras, muy despacio,
al Obispo llevaron a Palacio,
con trabajo pusiéronlo en el lecho
y de la alcoba abrieron en el techo
agujero por donde penetrara,
según su altura, aquella cosa rara.

La fama en breve lleva
de unos en otros la sensible nueva
del caudal que al obispo le ha crecido,
hasta que, sabedor de ella el marido
de la sortija dueño,
trató de recobrarla con empeño.

Para esto en el palacio se presenta,
y por seguro cuenta
menguar del ilustrísimo el recado,
si un anillo le da que se ha encontrado.

Admitiendo el partido,
el obispo, gustoso, al buen marido
entrega la sortija, y él con tiento
en su siniestra mano en el momento
la pone, y bendiciendo a su prelado,
vio por varas el miembro rebajado.

No quedaba al paciente
más que aquel tamaño suficiente
con que desempeñara sus funciones;
pero viendo que a echar más bendiciones
se disponía el médico oficioso,
le ataja temeroso
diciéndole: “¡Por Dios, que se detenga,
y no otra nueva bendición prevenga,
que me pierde con ella si porfía!
¡Déjeme al menos la que yo tenía!”

Fuente: Identidades

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