Falsificando obras de arte

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El problema de las falsificaciones es tan viejo como la humanidad. En realidad, ¿qué es lo falso? ¿Es importante que una pieza sea original? ¿A qué devoto le importa que el crucifijo filipino sea del siglo XVIII o que la imagen de la diosa Shiva sea del siglo XV? ¿Y cuál es el problema de tomar té en una taza de porcelana del siglo XIX fabricada en Inglaterra, copia de una china del siglo XVI?

Henricus Antonius Van Meegeren, nacido en los Países Bajos en 1889, sus dotes artísticas le proporcionaron toda la emoción que a cualquiera de sus colegas le iba a ser negada. Aprendió rápidamente las técnicas necesarias para falsificar pinturas de los Viejos Maestros holandeses de su maestro restaurador y, ya en 1923, logró vender su versión del Caballero sonriente de Frans Hals como buena. Su mayor logro y desafío fue imitar el estilo del inconfundible Vermeer, de Delft, pintor de culto y autor de escasos y buscadísimos lienzos. El pulso se le aceleró y todos sus deseos de revancha se hicieron realidad cuando logró hacer pasar su "obra maestra" por una del artista de Delft, en 1936, ante el famoso historiador de arte doctor Abraham Bredius, que lo autenticó como un Vermeer "del más alto arte, y de una belleza excelsa". El cuadro en cuestión se titulaba Cristo en Emaús y era una invención absoluta de Van Meegeren, que había copiado el estilo temprano de Vermeer, todavía influido por Caravaggio, y se había basado en el interés del artista por escenas bíblicas, a las que luego abandonó. Su pericia lo llevó a utilizar una tela del mismo período del siglo XVII en el que el artista original creaba y los pigmentos mezclados con fenoformaldehído para luego cocinar la tela y lograr de ese modo el efecto del paso del tiempo. Su viveza consistía en crear aquellas escenas que los conocedores de Vermeer deseaban descubrir, aquellas piezas faltantes que solamente vivían en el deseo del entendido.

Aquí se encuentra el meollo de los falsos: son una respuesta a una determinada demanda y una instantánea de las apetencias de un cierto grupo de personas. Los falsos no siempre se compran o se incorporan a colecciones como resultado de la avidez, más bien tienen que ver con las teorías preconcebidas y las expectativas que subyacen al descubrir una pieza. El caso de Van Meegeren es paradigmático, ya que logró colocar en pocos años, en el período que va de 1936 a 1943, todos sus "vermeers" falsos en museos y colecciones privadas avalados por los expertos. La historia de este personaje novelesco no termina con el fraude, ya que la fortuna le mostró las dos caras. En 1942 una de las piezas, Cristo y la adúltera , fue adquirida por el jerarca nazi Hermann Göering y al finalizar la Segunda Guerra, Van Meegeren fue arrestado y culpado de colaborar con el enemigo. Enfrentado a estos terribles cargos, decide confesar no sólo esa falsificación sino todas las que había creado y una sombra de vergüenza se extiende por el ambiente del arte holandés: expertos, directores de museos, restauradores y coleccionistas. Finalmente Van Meegeren es sentenciado a un año de cárcel y se convierte en un héroe popular, pero muere antes de cumplir su condena.

Falsos y no tanto

El problema de las falsificaciones es tan viejo como la humanidad, aunque aquí es pertinente distinguir falso de copia y réplica. En realidad, ¿qué es lo falso? ¿Es importante que una pieza sea la original? ¿A quién de los devotos le importa que el crucifijo sea filipino del siglo XVIII o que la diosa Shiva sea del siglo XV? ¿Y cuál es el problema de tomar té en una taza de porcelana del siglo XIX fabricada en Inglaterra, copia de una china del siglo XVI? Aunque no es lo mismo peregrinar al Louvre para tener un encuentro cercano con la La Gioconda de Leonardo y descubrir que lo que vemos es una copia que observar el original delante de nuestras narices. Y ni hablar del tema de la unicidad de la obra de arte en el panorama contemporáneo con la fotografía y el video. Sin ceñirnos al arte, hubo falsos e impostores en la ciencia, la literatura y la historia. ...stas y otras cuestiones son las que se suscitan al hablar de los falsos. No se trata solamente de dinero, sino que muchas veces deforman y falsean nuestro conocimiento del pasado.

Falso es aquello que tiene intención de engañar, con ánimo de lucro o no. Las copias son las repeticiones del original hechas por otra mano, y no están concebidas para hacerse pasar por el verdadero. El uso de copias puede ser formativo, propagandístico; las distintas culturas les han asignado a los objetos diferentes significados según su universo de creencias, y tratar de asemejarse al original tiene que ver en muchos casos con un respeto por el pasado, por el maestro y, en otros, con una voluntad de mantener o renovar ciertas habilidades y características. En la cerámica y porcelana china, por ejemplo, los modelos de jarrones y los motivos se han pasado de generación en generación perfeccionando la técnica del esmaltado. Y las réplicas son decantaciones del modelo original, como los muebles de estilo, que guardan una semejanza con los modelos de época pero pueden tener variaciones. El problema empieza cuando a esas copias se las hace pasar por verdaderas, ya sea por impericia o por voluntad de fraude. Cuando las obras de un período muy buscado escasean y se pagan bien, es probable que aparezca algún inescrupuloso que ve el negocio de vender copias a precios altos y así comienza la rueda. ¿Cómo satisfacer una demanda ávida si sólo contamos con escasas piezas? Nada mejor que fabricarlas, entonces.

Los museos de calcos, como nuestro Ernesto de la Cárcova en la Costanera Sur, son los que exhiben las primeras copias de obras originales para el aprendizaje de la escultura. Estas copias están autorizadas y tienen un propósito didáctico, y no se cuestiona su legitimidad.

En 1990 el British Museum en Londres organizó una muestra ejemplar sobre falsos, curada por el especialista Mark Jones. La exposición se llamó Fake? The Art of Deception ("¿Falso? El arte del engaño") y reunió todas las piezas falsas de los museos de Gran Bretaña con un afán didáctico; luego se editó un catálogo de antología. La muestra estaba dividida en secciones según las épocas en las que las piezas habían sido falsificadas, las regiones a las que correspondían, y también incluía documentos históricos apócrifos, propaganda política, pruebas científicas inventadas y otras curiosidades, como las fotografías de unas niñas y hadas tomadas supuestamente en el pueblo de Cottingley en Surrey, Inglaterra, en 1915. No hubiera pasado de ser una travesura de adolescentes si no fuera porque el teósofo Edward Gardner, convencido de su autenticidad, se las mostró a Arthur Conan Doyle (sí, el creador de Sherlock Holmes, solido intérprete de evidencias físicas), que las publicó en The Strand Magazine . El asunto tomó un cauce público y las fotos y sus autoras se volvieron inmensamente populares.

Las piezas exhibidas ilustran muy bien el fascinante mundo de la autoría, las creencias y los mitos. Más allá de las fotos arriba mencionadas y los cinturones de castidad falsos, hay dibujos intervenidos por Rubens sobre otros de Giulio Romano (un artista anterior a Rubens y admirado por él), donde es difícil determinar la falsedad, ya que Rubens superó al maestro; piezas de la antigüedad grecolatina reconstituidas en el siglo XVIII según el gusto de la época, un Botticelli en que la Virgen se parece a una estrella del cine mudo, cuadros del Renacimiento italiano pintados en 1910 sobre tablas comidas por gusanos, imitaciones de la porcelana Ming hechas por japoneses, altares apócrifos, monedas, tallas medievales realizadas cientos de años después, grabados adulterados, joyas pseudorrenacentistas y muchas cosas más. Lo increíble es que las piezas, como dice el curador, habían sido validadas en tres instancias: por el experto que las descubre, el coleccionista que las compra y finalmente, el museo que acepta la donación o gestiona los fondos para comprarlas.

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¿Quién dice que es falso? Los certificados de autenticidad

De todo lo anterior se desprende que nadie está exento de validar un falso y que existe la falibilidad en los expertos o en los entendidos. Cuanto más reducida sea el área de expertizaje de una persona, menores serán las probabilidades de equivocarse. Estar en contacto permanente con obras del mismo autor o de un período en especial convierte al especialista en una persona apta para separar la paja del trigo. En los museos de los países más avanzados, esto es posible porque el patrimonio es enorme, y los museos o colecciones se pueden dar el lujo de delimitar áreas y financiar proyectos de investigación que luego serán convertidos en catálogos de consulta. Existen los llamados "catálogos razonados" de artistas de mucho renombre, por ejemplo Picasso, donde consta toda la obra existente, y son estos especialistas los que certifican la obra.

En nuestro país hay pocos artistas con catálogos razonados y pocas personas dedicadas a un solo artista o a un solo período. Molina Campos, el artista de los almanaques, tiene uno preparado con rigor, que garantiza la autenticidad de las piezas catalogadas y salvaguarda el mercado de piezas apócrifas, que en algún momento abundaron. Las familias de los artistas ayudan con las autentificaciones y son una fuente de información para los galeristas y subastadores. ¡Y también están aquellos que se dedican a falsificar certificados de autenticidad!

El documental ¿Quién ### es Jackson Pollock? (Harry Moses, 2006) trata sobre el caso de Teri Horton, una camionera del Estado de California en Estados Unidos, que compra en un negocio de segunda mano, por 5 dólares, una pintura que resulta ser similar y en el estilo del cotizadísimo artista del Expresionismo Abstracto, Jackson Pollock. Pero Teri es una mujer que vive a años luz de los centros de poder del mundo del arte, desconoce sus reglas y choca una y otra vez con las negativas de todos aquellos a los que consulta. "¡Imposible!, ¿dónde compró el cuadro?" Finalmente recurre a un técnico que hace todo tipo de análisis de los pigmentos y el soporte y llegan a la conclusión de que son los mismos que Pollock utilizaba en su estudio. A pesar de todo, nadie que sea experto en Pollock le dará su visto bueno ni le firmará el certificado. Las opiniones se dividen, algunos son terminantes y otros dudan. Nada es tan sencillo. La procedencia es la historia de la obra de arte por certificar: a qué colección perteneció, dónde fue comprada, si en una casa de remates o en una galería o al artista. Cuando se trata de autores tan caros como Pollock, la procedencia es el salvoconducto para una autentificación segura. Todas las piezas importantes tienen historia, rara vez se encuentra un tesoro en un altillo cubierto de polvo.

La palabra más temida en el mundo del arte

¿Qué hacer cuando una pieza es dudosa? "Llamamos al artista o a la sucesión del artista", dicen a coro María Silvia Corcuera y Adriana Martínez Vivot, de la galería Ángel Guido Art Project. Y si la pieza es histórica, habrá que recurrir a especialistas del período. Los encargados de los remates de arte se especializan en casi todo, desde pintura hasta objetos de artes decorativas o aplicadas. En caso de tener dudas, consultan a especialistas en cada ramo que los asesoran. "En general mucha gente viene pensando que lo que tiene es lo mejor, si tiene un violín, un Stradivarius, por ejemplo", dice Juan Carlos Ocampo, de Naón Remates. "Si dudo, estudio la pieza, y si sigo dudando, no la pongo en remate, ya que es un potencial problema." Las casas rematadoras son intermediarias, no certifican obra y legalmente no se responsabilizan por las atribuciones de las piezas, las venden como están. Aunque en la práctica, ante una falsificación, los rematadores devuelven el dinero y anulan la venta. "Es cuestión de preservar el buen nombre y saber asesorarse con gente idónea y honesta", dice Naón. Estas casas cuentan con personal calificado para tasaciones en general, a diferencia de las subastadoras como Christie´s o Sotheby´s, que segmentan sus ventas y sus especialistas. Así y todo, las grandes firmas se cubren ante las diferentes opiniones sobre autorías: si tienen alguna sombra de duda sobre la verdadera autoría de una pieza, la catalogan como "atribuida a?". El común de los mortales puede sentir que no maneja los códigos, como le pasó a Teri, la camionera de California, y es que el tema de las atribuciones es un campo específico de especialistas y estudiosos. El artista francés de fines del siglo XIX Galien-Laloue, muy popular entre los coleccionistas argentinos de la Belle ...poque , tiene registradas 32 firmas distintas, y obviamente se necesita esa información específica para poder determinar la autenticidad de una de sus pinturas. Rembrandt, por ejemplo, es un caso paradigmático. El artista trabajaba junto con discípulos y era usual que cada uno pintara distintas partes de una misma composición, en el mismo estilo. Sus pinturas han sido revisadas a partir de 1956 por un comité que ha determinado cuáles fueron hechas por el maestro, cuáles por sus discípulos más cercanos, y cuáles no, porque había un número elevadísimo de obras atribuidas al maestro. ¡La aduana de Nueva York tiene en sus registros de importaciones entre los años 1905 y 1951 la suma de 9428 "rembrandts"! "Cada generación falsifica aquellos objetos que más codicia", dice Jones en el catálogo de la muestra del British.

La ayuda de la ciencia

Los adelantos técnicos han contribuido a detectar las imposturas de manera más certera. Cuando la percepción no alcanza, están los rayos X y las pruebas de laboratorio que, en realidad, ayudan a confirmar un diagnóstico, tanto si la obra es falsa como si no lo es. Se hacen pruebas de los pigmentos y los medios utilizados así como del soporte: tela, madera, papel, etc. Los análisis de laboratorio también asisten a los restauradores, que localizan las antiguas reparaciones y dan idea del daño sufrido. Los criterios en restauración han ido cambiando a través del tiempo: hoy la tendencia es respetar lo que más se pueda, tratando de evitar los agregados.

Juan José Mosca, perito retirado que estuvo a cargo del Departamento Técnico del Banco Ciudad, se dedica al asesoramiento y al peritaje de obras de grandes maestros de la pintura argentina. Explica que primero hace un análisis plástico de la obra y luego recurre a distintas luces, lupas y microscopios, la macrofotografía, el estudio del soporte y los rayos, si es necesario. "Es como el médico clínico, primero te semblantea y después te manda a hacer los análisis de laboratorio." En el Banco se ocupó de evaluar el patrimonio de los museos, las colecciones oficiales y privadas, lo que le permitió acumular una información provechosa para las pericias. "En el Banco están los mejores peritos porque todo el tiempo tienen que ver lo que se ofrece a la venta, lo que se empeña, revisar el inventario de las colecciones oficiales. Te da un entrenamiento y un panorama amplísimo." Mosca recomienda siempre hacerse asesorar antes de adquirir una pieza para evitar problemas futuros.

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Grandes falsificadores

No hay nada más fascinante que la historia de los falsificadores, individuos dedicados a engañar a los demás gracias a su talento. Uno célebre fue el inglés Tom Keating, que en 1976 fue descubierto por una periodista de The Times que se había propuesto investigar falsificaciones en arte. Keating había nacido en 1917, provenía de una familia humilde y su vocación era la de ser artista, pero tuvo que comenzar a trabajar a los catorce años para ayudar a sus padres. Luego de una experiencia nefasta en la Segunda Guerra, finalmente le otorgaron una beca para acceder al título de maestro de arte, fue reprobado y no pudo obtener el título. Se dedicó entonces a la restauración y aprendió distintas técnicas. Inició sus falsificaciones como una forma de protesta contra el maltrato que los marchands de arte les propinaban a los artistas, según contó luego. Geraldine Norman, la periodista, sabía que ciertos cuadros que habían venido apareciendo desde 1969 del artista inglés Samuel Palmer eran sospechosos y no le costó mucho encontrar la otra punta del hilo. Palmer era un pintor y grabador del Romanticismo inglés dedicado a los paisajes y relacionado con William Blake, cuya obra está presente en la Tate. Jane Kelly, que comercializaba las piezas, había sido la discípula de Keating en restauración, y pronto la periodista consiguió un reportaje con la sociedad que formaban el falsificador y su ayudante. Keating confesó sus falsificaciones (que abarcaban todo tipo de artista del siglo XIX y anterior) el 27 de agosto de 1976, en una conferencia de prensa que trajo consternación al mercado de arte londinense. Sin embargo, Keating se convirtió en un personaje popular, escribió un libro a instancias de Norman, The Fake´s Progress , y ganó un premio televisivo por una serie de conferencias sobre artistas y sus técnicas. Murió en 1984 y, paradójicamente, una de sus creaciones basadas en Palmer se vendió en forma póstuma en cientos de miles de libras.

Otro inglés popular es John Myatt, que tiene hoy en día un programa Mastering the Arts en el canal Film&Arts y un sitio en Internet donde cuenta su vida y publicita sus "falsos legítimos" que son nada menos que copias de obras famosas, desde Monet y sus nenúfares y otros impresionistas hasta los maestros modernos como Matisse y Picasso. La realidad supera la ficción en este caso. Puso un anuncio en una revista y así logró atraer al que sería su némesis, John Drewe, que lo utilizó para falsificar todo tipo de pintura del siglo XX. La diferencia con otros casos es que Drewe utilizó sus encantos y contactos para infiltrarse en los archivos de los museos más prestigiosos y adulterar las procedencias; realizó un trabajo tan fino que nadie sospechó. Logró infiltrar sus falsificaciones en galerías y casas de remates, y suscitó un escándalo de proporciones cuando fue descubierto. El verdadero villano fue Drewe (ésa era solamente una de sus varias identidades) y Myatt había sido un "perejil". Myatt pasó una temporada en la cárcel, donde lo llamaban Picasso, y juró no dedicarse más a pintar. En su programa explica distintas técnicas utilizadas por artistas, por medio de sus alumnos pintores. Es un falsificador arrepentido que dedica su energía a la enseñanza y sublima de esa manera su culpa. Su lema: "Usted no necesita ser un millonario para tener un Monet".

Los falsificadores no dejan de ser personas seductoras y apasionantes; tal es el caso del húngaro Elmyr de Hory, que vivió los últimos 16 años de su vida en Ibiza a cuerpo de rey. Llegó a falsificar mil obras de arte y la revista Time le dedicó su tapa en 1969. Nació en 1905 en Budapest, en una familia acomodada. Pronto su mundo se trastornó con la Segunda Guerra, fue arrestado por la Gestapo y llegó a París muerto de hambre y con su talento a cuestas. Hizo un dibujo que una amiga millonaria confundió con un Picasso y así comenzó su vida de embaucador. "Fue una cuestión de supervivencia", explicó. Viajó por toda Europa vendiendo sus "picassos" y se mudó a Estados Unidos, donde colocó toda suerte de creaciones propias con firmas de Modigliani, Matisse, Miró, Bracque, etc., que terminaron en colecciones y museos. De vuelta en Europa, se asoció con unos tránsfugas que lo usaron para estafas millonarias. Al final fue descubierto, sentenciado a dos meses de cárcel y vivió sus últimos años en paz.

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Falsos, copias, citas, apropiaciones

Hay una tendencia en el arte contemporáneo, así como en otras áreas, a volver la mirada hacia el pasado y rescatar artistas, temas, estilos. No se trata de copiar lisa y llanamente porque no existe la inspiración, es una nueva vuelta de tuerca. Se revisita a los clásicos, se los homenajea volviendo a componer y a mostrar sus creaciones desde una perspectiva contemporánea. Ya no existe más la necesidad de ser original, muchos artistas trabajan sobre el material de la historia del arte, a esto se lo llama cita, un artista contemporáneo que recrea Las Meninas de Velázquez está recurriendo a la cita, para los conocedores, obviamente. Y otros se apropian de imágenes u objetos, como Warhol con las latas Campbell y las Marylin, aunque esto no lo libera de juicios por el copyright . El artista ahora valiosísimo Richard Prince trabaja sobre las fotos de la propaganda del cowboy de los cigarrillos Marlboro de la década del 70, sacadas por otro. Alberto Passolini, un artista argentino nacido en la década del 60, expuso hasta el mes pasado en la galería Zavaleta Lab una muestra basada en la iconografía del pintor rioplatense Prilidiano Pueyrredón, con humor y desparpajo, en complicidad con aquellos que conocen los originales.

El asunto de la originalidad de la obra de arte es tan complejo que el comentario de Van Meegeren en su descargo en el juicio por los falsos Vermeer viene a ilustrarlo: "Hasta ayer esta pintura valía mucho dinero, expertos y amantes del arte hubieran viajado y pagado por verla. Hoy no vale nada, y nadie cruzaría la calle para verla gratis. Pero la pintura no ha cambiado. ¿Qué ha cambiado entonces?"

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