El Sanatorio De Bertha Wilhelmi

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La holandesa Bertha Wihelmi decidió dedicar su vida a los demás después de ver cómo su hija fallecía entre sus brazos a causa de una tuberculosis, enfermedad que por aquella época era en muchos casos incurable. Como mal menor, los infectados por la mortal dolencia que eran tratados a tiempo, disfrutaban de una muerte digna y de cierta calidad de vida en el escaso tiempo que los separaba de su inexorable final. Aquel triste suceso marcaría para siempre a la holandesa.

Con la intención de prestar auxilio a aquellos que sufrieran con la enfermedad que se había llevado a su hija a la tumba, se instaló en Alfacar. En este hermoso rincón de la geografía española construyó un sanatorio, obra en la que empleó todos sus ahorros. El enclave, rodeado de bosques, sería el lugar perfecto para la recuperación, aunque tan sólo fuese parcial, de los pacientes.

Los granadinos acogieron con estusiasmo la inauguración del hospital y la prensa de la época elogió ampliamente la iniciativa. Pronto sus instalaciones estuvieron repletas de afectados, que disfrutaron de las bondades de Bertha y sus enfermeros. Sin embargo, de la noche a la mañana sucedió algo extraño y el hospital fue clausurado. Los enfermos se vieron obligados a desalojar el centro, el cual desde entonces permanece en un lamentable estado de abandono. Cuenta la leyenda popular que Bertha no pudo soportar por más tiempo la ausencia de su hija y se suicidó en una de las habitaciones del sanatorio, posiblemente ahorcada. Otras versiones, quizá más realistas, apuntan que su fallecimiento estuvo provocado por un derrame cerebral. El caso es que tras la desaparición de Bertha nadie continuó con la obra de la buena mujer. Hoy en día el antiguo hospital es poco más que unos muros viejos, decrépitos y destrozados, que tan sólo nos permiten imaginar la estructura de lo que en su momento fue un edificio que colmó de esperanzas a enfermos condenados a morir. A partir de entonces, si atendemos a las declaraciones de diferentes testigos, entre las paredes del hospital continúan habitando «presencias invisibles».

Hechos sin explicación.

Dos investigadores granadinos, Juanjo y Antonio Guzmán, llevaron el peso de la investigación sobre los extraños sucesos en el hospital de Bertha. Durante años convirtieron aquel rincón de la Sierra de Alfaguara en su centro de operaciones. Ambos sufrieron en el lugar un fenómeno de difícil explicación, cuando atravesaban en automóvil el pueblo de Alfacar. Su coche, como casi todos los que están en circulación desde hace años, posee un sistema electrónico LCD en el que aparece la fecha y la hora. En un determinado momento observaron cómo los números de la pantalla de cristal líquido comenzaban a cambiar, hasta reflejar una fecha y hora diferentes. Los investigadores no le dieron mayor importancia al suceso. Sin embargo, tiempo después, los lugareños les narraron el caso de un hombre que se ahorcó en un árbol cercano al viejo sanatorio a mediados de los años 70 del pasado siglo. Sorprendentemente, la fecha y hora de la muerte del individuo coincidían con las que habían aparecido en la pantalla LCD del automóvil semanas antes. Este desconcertante hecho se repetiría en el caso de otros visitantes, tal como pudieron averiguar tiempo después los investigadores. Durante décadas, visitantes y excursionistas experimentaron extrañas sensaciones en las inmediaciones del decrépito edificio. De hecho, existe una zona muy cercana al viejo hospital, tranquila y resguardada, que es muy frecuentada por campistas. Éstos, en más de una ocasión han sufrido algunos «percances» que han provocado su huida. Por ejemplo, muchos de ellos han narrado que sus tiendas solían aparecer rajadas, cuando nadie más se encontraba en la zona. Otros visitantes ocasionales, en este caso senderistas, afirman haber percibido ciertos sucesos desconcertantes. Desde el curioso fenómeno conocido con el nombre de «sonido cero», consistente en la ausencia total de ruidos –manifestación habitual en los lugares marcados por lo paranormal–, hasta casos de individuos que, tras pasar junto al edificio, se desorientan y terminan perdidos en medio del bosque. Alguno de estos casos a punto estuvo de acabar en desgracia. Son innumerables las noches que Juanjo y Antonio, junto con un nutrido grupo de amigos e investigadores, han pasado en el interior y los alrededores del hospital de Bertha Wihelmi, a la espera de lo imposible. Y, en más de una ocasión, lo absurdo se ha hecho realidad. Los investigadores lograron captar un buen número de psicofonías, en algunas de las cuales se escucha el nombre de Bertha Wihelmi o las propias voces se identifican como la holandesa. En otras, las grabaciones muestran lejanas y breves conversaciones relacionadas con el pasado del ruinoso edificio. El grupo de investigación inicial disminuyó su número de miembros a medida que los fenómenos se hacían más espectaculares. Así, algunos de los aficionados a lo paranormal pudieron percibir como «algo» invisible tiraba de sus ropas o mochilas, por lo que muchos decidieron no volver al lugar.

El espectro ante los investigadores.

Los investigadores sabían que algunas personas habían contemplado la aparición espectral de una enfermera que vagaba por las estancias de la construcción, acompañada por lo que los testigos identificaron con un gran perro negro. Los dos principales investigadores, Juanjo y Antonio Guzmán, pasaron muchas noches en vela con el objetivo de toparse con la presencia fantasmal. Una noche, junto a otra persona, comenzaron a escuchar unos pasos en la lejanía, cuyo sonido venía acompañado por una voz susurrante. Acto seguido, los tres vieron la imagen de una mujer de pelo blanco, con unas ropas del mismo color y una cara muy demacrada. Lo sorprendente es que la figura se desplazaba lentamente, pero a varios palmos del suelo. Antes de que ninguno de los presentes pudiese reaccionar, la mujer se volatilizó en el aire. Días después, los hermanos Guzmán, tras una intensa investigación en archivos y bibliotecas, dieron con una vieja fotografía en blanco y negro de Bertha Wihelmi. Cuando la contemplaron por vez primera, ambos se miraron con cara de asombro y cierto temor. Era el mismo rostro que habían contemplado en el interior del sanatorio encantado. ¿Aun vaga entre sus derruidos muros la figura espectral de Bertha Wihelmi? Eso, al menos, es lo que nos confirmaron quienes han tenido el valor de adentrarse en el corazón de la Sierra de Alfaguara, en pos de unos fenómenos que continúan produciéndose y para los cuales todavía no existe una explicación racional.

Espectaculares sucesos.

El autor ha tenido la oportunidad de entrevistar a varias personas que, después de visitar el lugar, se llevaron una desagradable sorpresa. Se encontraron su automóvil mirando en sentido contrario al que lo habían aparcado. Estas personas comprobaron que el coche no estaba abierto ni forzado. Otros visitantes han relatado que abandonaron el lugar tras notar que una presencia los observaba o bien tenían la sensación de que una «negrura» avanzaba hacia ellos. No faltan aquellos que pudieron escuchar con total claridad voces y gritos de procedencia desconocida a escasos metros de su posición. Sin embargo, por mucho que intentaron localizar el origen de tan desagradables sonidos, nunca hallaron una explicación.

Últimas informaciones.

Rafael Reyes es un profesor de secundaria que tomó la decisión de investigar por su cuenta los sucesos del viejo hospital, tras enterarse de los sucesos anómalos que allí ocurrían. Durante dos años viajó regularmente al viejo hospital con la intención de grabar psicofonías. En una de ellas se escucha el nombre de Bertha, pero también ha obtenido otras muchas en las se han registrado diferentes voces diciendo frases completas, incluso en latín. «No me molestes más», «vete» y «no entres dentro», son algunas de las inclusiones psicofónicas que ha obtenido Rafael Reyes. En una ocasión le preguntó al supuesto fantasma de Bertha por qué no se mostraba. «¿Tienes miedo?», inquirió el investigador. «Tú sabes que no tengo miedo», fue la respuesta que se plasmó en la grabadora. Por otro lado, también ha logrado tomar varias fotografías en las que según el interesado se aprecian misteriosas figuras que no estaban presentes en el momento de apretar el disparador de la cámara. En algunas de ellas presuntamente se ve a una mujer ataviada con un antiguo uniforme de enfermera, un perro, un niño o una figura negra.

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