El héroe de Cascorro

Escrito por Alvaro Van Den Brule el . Publicado en Muy interesante

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El héroe de Cascorro y su leyenda: un soldado en el sótano del infierno. LA HISTORIA DE ELOY GONZALO

Que tiempos serán los que vivimos, que es necesario defender lo obvio.
–Bertolt Brecht

Luisa García no tenía posibles ni fuerza en las entrañas para sacar adelante a su pequeño Eloy. Era joven y menesterosa, analfabeta y penalizada por extensión a ser una habitante de la nada, lugar común de los desheredados. Dada su precaria condición de aparcera eventual, y con el fantasma del hambre pisándole los talones día sí, día también, la desgarradora decisión de abandonar a su suerte al recién nacido era la única vía de escape a su desdicha. En consecuencia, dejó a su pequeña criatura a las puertas de la iglesia y con su desgraciada existencia a cuestas, se alejó con su condena vital sin mirar atrás para no constatar una vez más el sinsentido de lo cotidiano

Era una fría noche de diciembre de 1868 y la mujer, abandonada por un feriante de cascos ligeros y verbo florido, había optado por dejar una nota en complicidad con algún anónimo escribano. En ella ponía que el chaval era hijo de Luisa García y de nombre Eloy Gonzalo, como queriendo parar el tiempo en el recuerdo de su amado.

En una soledad tutelada por la indiferencia, el frio y la falta de afecto, creció el mastuerzo hasta hacerse mozo. Su padre adoptivo, un Guardia Civil castellano, era parco en cariño y el entorno militar no favorecía especialmente las señales de humanidad. Así, año tras año, el chico crecería hacia adentro.

Años más tarde, adscrito al oficio de armas también, y enamorado hasta el tuétano de su amada, descubrió que esta se lo montaba con el teniente de su compañía. Tras amenazar de muerte al oficial, la cosa sí llegaría a mayores. Su condición de hijo del pueblo y el abolengo de su oponente, harían que sus huesos dieran en la cárcel militar de Valladolid con un pronóstico de doce años del ala. Un caso claro de Romeo cornudo y apaleado.

Casi tres años después, un real decreto permitiría el alistamiento de presos para la sorda guerra de Cuba; no la mala que todos conocemos, sino la anterior que funcionaba con sordina, que no lo era menos. El ejército español estaba embarcado en una acción sostenida y fatigosa en términos de recursos contra los mambises, que no era otra cosa que la guerrilla local, que harta de no tener representación política en la gestión del suelo patrio, se había pasado a la resistencia con todas las consecuencias.

Y para allá que fue Eloy Gonzalo ya liberado del infierno presidiario, para bajar a otro sótano del mismo.

Era prácticamente imposible sobrevivir

Cuando llegó, hacia 1896, había montado un sarao de pronóstico reservado. Destinado a la protección de unos blocaos en la puebla de Cascorro, pronto una marabunta de locales con malas pulgas y sobrados de artillería vendría a hacerles a los peninsulares una puesta a punto.

El 22 de diciembre de ese año -las cosas feas ocurrían siempre en ese mes-, tres mil guerrilleros independentistas -los mambises-, la emprendieron con los cerca de dos centenares de españoles apostados en las inmediaciones. Si bien es cierto que la posición española estaba sólidamente fortificada y los soldados bien fogueados, había en un altozano cercano una debilidad permanente.

Un caserón de grandes proporciones desde el cual se municionaban los sublevados, daba un montón de quebraderos al capitán al mando, Francisco Neila. Se pidieron voluntarios para una misión suicida. Era prácticamente imposible sobrevivir a los trescientos metros que separaban el parapeto español de las filas de los alzados. De entre la pléyade de voluntarios que se presentaron para aquella misión, hubo uno que a voz alzada se hizo destacar. Era un anónimo en busca de un momento de gloria con la que dar sentido a su prosaica y dura vida.

Eloy Gonzalo García, rehabilitado otra vez a su antiguo rango de cabo antes de volver a liarla de nuevo, era un soldado de raza. Buen tirador con su inseparable Mauser y hábil en el camuflaje, llegaría, en un alarde de imaginación, a convertirse en sagaz observador de las actividades del “enemigo”, oculto tras la piel de un caimán. Algo parecido haría en las siguientes cruciales horas con sus portentosas habilidades para el camuflaje.

Alegando ante su capitán que no tenía parentela alguna ni novia que le esperase, pidió ser el protagonista de uno de los golpes de mano más memorables de la historia militar española. Puesto manos a la obra, y tras hora y media de arrastrarse por la tierra de nadie debidamente betunado, embarrado y envuelto en hojarasca, se plantó en la edificación desde la que se hacían fuertes los guerrilleros cubanos. Eran las cuatro de la madrugada y su talento natural para la supervivencia y la compañía de una lata de petróleo, obraron el milagro.

La deflagración fue antológica y tristemente un centenar de caribeños volarían hacia la ubicua eternidad sin más preámbulos. Afortunadamente Eloy Gonzalo ya estaba a distancia prudencial. El depósito de municiones había pasado a la historia tras una impresionante explosión en medio de la algarabía de los sitiados.

Días mas tarde y tras un desesperante compás de espera, al borde de la extenuación, soportando la severidad de la malaria, con claros síntomas de deshidratación y en algunos casos de inanición, con bastante retraso, los sitiados en Cascorro, serían liberados del largo sitio a la que fueron sometidos.

A Eloy Gonzalo García no le daría tiempo a disfrutar la exigua pensión que le sería concedida ni a pasearse orgulloso con su cruz de plata pensionada, quizás el único motivo de orgullo con el que exorcizar su lacerante pobreza. Una cruel disentería con un cuadro febril extremo conduciría al lugar donde habita la serenidad a este curtido militar.

Un agua bendita inocua y una ininteligible oración en latín le acompañarían en su postrer aliento. Eloy Gonzalo fue un soldado humilde que vivió su condición militar con más intensidad que un general parapetado tras sus múltiples condecoraciones.

Actualmente, su espíritu vive en Madrid rodeado de la efervescencia y el cariño popular en una muy digna y bulliciosa plaza en la cabecera del mercado más dinámico y festivo de la ciudad, el Rastro.

Años más tarde, Cuba, una viga maestra del entramado colonial hispano, se vendría abajo estrepitosamente por la laxa incompetencia de la clase política. Hasta doscientos treinta millones de dólares llegarían a ofrecer los Estados Unidos por la perla de la Corona. El tratamiento despectivo otorgado al gigante del otro lado del Atlántico, tendría consecuencias irreparables.

Suma y sigue, España.

Alvaro Van Den Brule

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