Dar Hamed

Escrito por Alvaro Van Den Brule el . Publicado en Muy interesante

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La heroica defensa de Dar Hamed, "grande por su mensaje". La legión sólo pierde cuando todos mueren.

Es posible que la muerte solo sea un sueño más que habitar.
Zenk

Allá por el año veintiuno del siglo pasado, un pequeño hecho pasó desapercibido por la entidad del golpe sufrido meses antes por el ejército en el tristemente famoso Desastre de Annual, en tierras del protectorado que más tarde sería Marruecos. El acontecimiento quedó sepultado en la memoria típica de la ignorancia y del olvido de aquellas cosas que parecen feas por ser perdedoras, pero que son grandes por su significado y mensaje.

Una noche del mes de septiembre del mismo año, una quincena de soldados de un batallón disciplinario, castigados por insubordinación u ojeriza de los mandos y algunos miembros de la Legión, perecerían hasta el último hombre en la defensa cuerpo a cuerpo bajo la bóveda limpia y estrellada de un Rif vasto y enrevesado que traía de cabeza al generalato español.

Intereses ajenos al pueblo llano gravitaban sobre la posesión de unas cuantas decenas de miles de kilómetros cuadrados en la cornisa norte de África, allá donde se encuentra con Europa. La dudosa rentabilidad de unas minas de hierro y un prestigio nacional mal entendido nos habían conducido un año antes a un quebranto militar con bajas escalofriantes. Doce mil hijos de España con la edad justa para empezar a vivir habían perecido a manos de los kabileños a los cuales el estado mayor había subestimado de manera harto imprudente. Una alegre sobreexpansión en un terreno abrupto y plagado de sedientos locales ávidos de sangre generaba un caldo de cultivo ideal para la repetición de viejos errores.

Una acción de reconquista

El alto mando, obligado a vengar la afrenta recibida y a dar tierra a los insepultos calcinados por el ardoroso sol africano, había pertrechado una importante columna militar cuya vanguardia estaría formada por los Regulares y el Tercio de Extranjeros para adentrarse en tierras del Protectorado, dando así inicio a la acción de reconquista del territorio perdido en la debacle del mes de julio de ese mismo año 1921.

El perímetro más avanzado que daba protección a Melilla estaba sembrado por una serie de construcciones llamadas “blocaos”, normalmente guarnecidas por un pelotón de soldados de primera o en ocasiones por legionarios o regulares. Estos blocaos estaban completamente aislados y solo por la noche podían ponerse en contacto a través de los heliógrafos con los que se daba el parte con señales luminosas sobre el acontecer en la posición y alrededores; pero también por la noche, el silencio era sobrecogedor y la muerte infatigable rumiaba sus derechos.

Uno de estos blocaos era el llamado “Dar Hamed”, al que en sus eventuales inquilinos causaba honda impresión por ser lo más parecido a un microondas. Si alguno conseguía sobrevivir, el sol inclemente le daba la bienvenida y el pasaporte. El que salía vivo de allá es porque había nacido de nuevo.

Teniendo en cuenta que estaban situados en una ladera desde la que se controlaba el Mediterráneo y su tráfico, y cuya posesión era cuestión estratégica de primer orden, se dispusieron para afrontar lo peor.

La apariencia del blocao y sus terribles inquilinos parecía ser argumento suficiente como para detener a una horda de turbantes soliviantados por la excesiva influencia del radical sol africano. Pero no todos los días llegaba el condumio o el aguardiente con el que calmar el ardor guerrero y hacerlo sostenible, sino que todavía con la moral alta por la inercia de las conquistas recientes pensaban que los fallos logísticos iban a desaparecer en tres o cuatro días. Mas no fue así y además fue a peor…

Las gentes de Rif estaban acostumbradas a ver pasar invasores desde in illo tempore, como el año las estaciones o el pescador la marea propicia. Como si la cosa no fuese con ellos, ora “hibernados” bajo un sol de justicia, ora activados por un entusiasta fervor mahometano, tanto trasiego invasor les había hecho un callo.

En medio de este colmatado disparate de agravios acumulados, los unos y los otros se tenían ganas y el panorama no tenía visos de remitir.

El pronóstico de la tragedia

Era el trece de septiembre cuando una numerosa harka constituida por más de trescientos rifeños, a juzgar por la potencia de fuego de la fusilería, atacarían durante doce largas horas el blocao. En medio del infernal griterío los fogonazos de los Máuser del batallón disciplinario funcionaban a pleno rendimiento. Destellos de disparos por las dos partes firmaban aquel escenario de muerte.

Decía Antonio Machado que en España lo mejor es el pueblo. En los trances duros, los señoritos invocan a la patria y la venden, el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre.

Con el pronóstico de la tragedia y a sabiendas de la precaria situación del blocao de Dar Hamed, quince legionarios desde la posición del Atalayón acuden en socorro de los sitiados. Todos consiguen entrar, dos de ellos a rastras y con heridas severas por el cuerpo a cuerpo mantenido en el trayecto.

Hacia las dos de la madrugada, certeros disparos de un mortero español capturado por la harka hacen mella en la destrozada posición, que salta por los aires. Aproximadamente hora y media después el enemigo ha acercado una pieza de artillería hasta cien metros del blocao, la dispara y sobre Dar Hamed se eleva el fulgor de una gran llamarada premonitoria que sube hasta el cielo causando la muerte de casi todos sus defensores. Se acerca entonces el tan temido asalto final. Cesa el fuego y hay que tirar de machete y bayoneta. Son los últimos momentos de aquellos hombres. Los escasos supervivientes que restan son degollados con las precisas gumías rifeñas. Finalmente, todo el perímetro está rodeado de cerca de dos centenares de cadáveres y el blocao permanece en silencio.

Era una noche de luna llena, y la anterior crudeza del combate se había traducido en serenidad en los rostros de los caídos, ya preparados para el gran viaje final.

Dos soldados del batallón disciplinario con órdenes precisas de demanda de socorro serían los únicos supervivientes de aquella masacre. Obedeciendo instrucciones del ultimo mando vivo, camuflados exhaustivamente y reptando hasta la posición más próxima, duchos en orientación nocturna y en el cuerpo a cuerpo, finalmente logran llegar para comunicar lo inapelable. El silencio es abrumador durante el parte.

Aunque el cabo Suceso Terrero López, último mando vivo en la posición de Dar Hamed es considerado un héroe dentro de La Legión Española, todavía hoy aquellos caídos esperan un reconocimiento por parte de la nación y de sus mandos más allá del responso de un funeral en tierras africanas.

Al final la muerte es un simulacro de la eternidad.

Alvaro Van Den Brule

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