El Duque de Alba

Escrito por Alvaro Van Den Brule el . Publicado en Muy interesante

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Temido hasta el pavor y venerado por los suyos: el Gran Duque de Alba. Entregó su cuerpo y alma a la doctrina militar.

Hay  una grieta, una grieta en todo, y así es como entra la luz.
–Leonard Cohen

Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, tenía una peculiar manera de poner en valor la Marca España. Temido por sus enemigos  hasta el pavor y admirado por sus soldados hasta la veneración, dio a la Corona española  pruebas de fidelidad más que sobradas. Es sin duda uno de los personajes más controvertidos de la historia de la España imperial, ilustre general donde los haya, y creador de un temible ejército que llevó a cabo durísimas acciones en tiempos de guerra. Parte de sus  cuestionados éxitos fueron obtenidos en aplicación de soluciones extremas en territorios donde los tercios y la hegemonía hispana se jugaban la existencia a vida o muerte, muchas veces acorralados y en inferioridad manifiesta.

El Gran Duque de Alba es sin duda uno de los personajes más controvertidos de la historia de la España imperial

Eslabón de un viejo linaje que se remonta a 1326, el Gran Duque de Alba exhibió ingenio y denuedo en la aplicación de la doctrina militar a la que entregó en cuerpo y alma su vida y finanzas. Cuando la Corona no tenía fluidez en sus arcas, él las suplía con su inmenso patrimonio. El rey tenía en él a un incondicional.

A diferencia de la mayoría de sus congéneres interesados en las cosas domésticas castellanas y en los aconteceres del reino de la meseta, el Duque de Alba entendió perfectamente los intereses universales del emperador.

De porte claramente aristocrático y con un profundo sentido del honor, era un castellano de pura cepa y de lealtad inquebrantable a su rey. De natural lenguaraz y vehemente, era hombre de poco debate intelectual acorazado en su estricto mundo de creencias. Con veintitrés años ya había desenfundado su temible espada en los campos de batalla de Navarra, reino cuya posesión se disputaban los franceses y castellanos. Tras aplicarles contundentes correctivos y ponerlos en fuga en varias ocasiones, finalmente se aburrió de la monotonía de ganar y dirigió sus iras hacia Viena.

Por aquel entonces, nuestro insigne e ínclito emperador Habsburgo Carlos V, tenía un molesto problema en los confines del este del imperio; la horda turca se había acercado hasta las mismísimas puertas de la ciudad y solo el Danubio actuaba como última barrera de contención ante el previsible asalto final. Solimán el Magnífico había declarado la yihad a la cristiandad y un ejército descomunal de más de 120.000 hombres jamás visto por estas latitudes, asediaba a los aterrorizados vieneses. Setecientos arcabuceros castellanos tenían a raya a las fuerzas de elite del turco, los jenízaros, causándoles una sangría descomunal. No estaban solos, más de doce mil lansquenetes –mercenarios al servicio del emperador–, estaban parapetados tras las enormes y solidas murallas capitalinas. El aliento de la muerte no remitía.

El llamado de Carlos I de España a toda la cristiandad para acudir en socorro de los asediados concitó una marea humana de convocados con un ánimo marcial nunca visto. Entre ellos estaban Alba y el ilustre poeta Garcilaso de la Vega, amigos de juventud y compañeros de armas en varios lances. Pero para cuando ya habían atravesado media Europa, los turcos, cansados de tirar balas de cañón estérilmente, giraron 180º en dirección al Bósforo. Años más tarde volverían a la carga pero con igual resultado.

A partir del asalto a Túnez en el año 1535, se revelaría el estratega que llevaba dentro. Conquistada la ciudad y tomada la isla de Djerba, sus hombres encontrarían en uno de los arsenales de la ciudad la armadura de su padre caído en combate en un asalto anterior. Un momento emotivo y duro a la vez para este Grande de España donde los haya.

Su primer fracaso y enseñanza, que le convertiría en el famoso estratega que sería posteriormente, vendría en la campaña de Argel

Lamentablemente, su primer fracaso y enseñanza, que le convertiría en el famoso estratega que sería posteriormente, vendría en la campaña de Argel. Una serie de pésimas decisiones concatenadas y una planificación logística deficiente, obligarían a levantar el asedio de aquella ciudad desde la que los hijos de Allah castigaban de manera inmisericorde las costas mediterráneas de España. Miles de esclavos peninsulares serian devorados por aquella poderosa ciudad especializada en esta tenebrosa labor.

Cuando los príncipes protestantes alemanes organizados en la Liga Esmalcalda se mostraron disconformes con las formas carolingias de gobernanza, allá que fue el Duque de Alba a aplicarles un severo repaso. En 1547, en Mühlberg, un brillante esquema estratégico de marchas y contramarchas acabó con las cabezas de los soliviantados aristócratas teutones en unos cubos de esparto preparados a tal efecto. La posterior exposición de los restos de aquellas díscolas testas, quizás innecesaria por humillante en exceso, actuaría sobre las intenciones futuras de los restantes exaltados como un bálsamo de indudable eficacia.

Comienza entonces el emperador a sentarlo entre sus invitados distinguidos. Se sienta con los electores alemanes, con Francisco I de Francia, con el Papa, y así de la mano de Carlos I de España y de su padrinazgo y tutela, crece este inconmensurable militar a veces usando la disuasión, otras el arbitraje, pero siempre con la mano en la empuñadura de su espada, espada que le acompañaría fiel a la tumba.

Cambio de tercio

Para entonces España había quebrado sus espacios físicos de antaño y se había convertido en un colosal imperio inabarcable. El emperador Habsburgo buscaba un espacio de paz y silencio tras su agitada trazada vital. En la comarca de la Vera en Extremadura encontraría algunas respuestas en medio de aquel mágico lugar. Tras abdicar en su hijo Felipe, gozaría todavía de un par de años de quietud antes de abandonar su cuerpo.

Conforme se iba agitando el panorama internacional, las expeditivas maneras del aristócrata hispano iban creando leyenda

A las posesiones de Carlos –las Coronas de Castilla y Aragón, los enormes dominios americanos, la mitad geográfica de Italia con Nápoles, Sicilia, Cerdeña, más enclaves menores; los Países Bajos, el Franco Condado y los dominios austriacos de la Casa de Habsburgo– había que añadir ahora con el advenimiento del heredero Felipe, Filipinas y Portugal con su inmensa trastienda transoceánica.

Felipe II era un rey-emperador muy prudente, buscaba más la consolidación de las vastas posesiones adquiridas que la trifulca, pero las cosas no caminarían en esa dirección y el flujo de entradas desde América y otras posesiones se iría a la misma velocidad en los gastos de mantenimiento de aquel imperio sobreexpandido.

El Duque se hacía imprescindible en aquel nuevo escenario. Conforme se iba agitando el panorama internacional, las expeditivas maneras del aristócrata hispano iban creando leyenda. Una joint venture un poco cogida con alfileres entre los franceses y el Papa de Roma, a la sazón Paulo IV, acabó en una severa hecatombe para la pareja de osados. Unos se fueron a rezar el rosario de la aurora y el Duque, muy arriba ya entre tanta victoria, besaría la mano del Papa levantisco al tiempo que le susurraba cortés pero firmemente las nuevas condiciones, que el alto representante espiritual firmaría a toda velocidad y con las dos manos.

Pero todavía tenía que pasar la prueba de fuego que marcaría su vida y alimentaria su fama imperecedera. Los Países Bajos estaban en un estado de agitación inusual y pedían a gritos soluciones que quizás la diplomacia hispana podría haber manejado a tiempo si no se hubiera impuesto la línea dura del Duque ante la apremiante situación.

Felipe II había llegado a la conclusión de que solo la mano dura podía arreglar tal desaguisado y que el cocinero solo podía ser el Gran Duque de Alba

La alegre proliferación de la contestación protestante sustratada en sólidos fundamentos con sesgos bastante razonables, y lo que a los ojos de los anquilosados prebostes católicos era anatema o metástasis simplemente, desbordó en guerra abierta allá por el año 1567. Felipe II había llegado a la conclusión de que solo la mano dura podía arreglar tal desaguisado y que el cocinero solo podía ser el Gran Duque de Alba.

La maquinaria militar más poderosa que se había visto nunca en Europa, los tercios, se puso en marcha. Los expeditivos métodos del Gran Duque le precedían y un temblor recorría la medula de los Países Bajos.

Era verano y por el habilitado Camino Español, cerca de 20.000 hombres de armas con toda su impedimenta tomaron asiento en Bruselas. Nada más llegar, los condes de Egmont y Horn, cabecillas de la rebelión, serian ajusticiados sin más preámbulos. La carta de presentación no dejaba lugar a dudas sobre las intenciones del militar hispano.

Los planes se torcieron cuando todo parecía que estaba bajo control

Para mayo de 1568 los hermanos Guillermo de Orange y Luis de Nassau desde Alemania y Francia lanzarían sendos envites apoyados por los electores y el rey de Francia respectivamente. Ambas tentativas serían duramente castigadas, pero cuando todo parecía  bajo control, refuerzos exteriores al movimiento rebelde, complicarían la situación de manera alarmante.

El almirante de Francia Gaspar de Coligny, hugonote confeso y muy predispuesto a la trifulca y a la agarrada con España, era amigo del alma del Conde de Nassau. Ya había enviado tropas financiadas de su bolsillo para defender algunas pequeñas plazas sitas en la retaguardia española y defendidas por los Mendigos del Mar, piratas de fortuna ingleses aliados con sus compinches de correrías holandeses, y que se dedicaban a hostigar la mercadería proveniente de la península, y que por lo tanto repercutían en el suministro y aprovisionamiento de los tercios. La cerveza local era de calidad indecente y los españoles echaban de menos los caldos de la tierra para sobrellevar las penurias del frente en un país especialmente inclemente.

En Malinas y Naarden se pasaría a cuchillo íntegramente a los desgraciados habitantes que habían osado enfrentarse a la bestia desatada

Con estos mimbres y acosados en varios frentes, los españoles solo tenían una salida y se hicieron valer. En la noche del 1 de abril del año 1572 los Mendigos del Mar desembarcaron en el pequeño puerto de Brill en la costa de Zelanda sorprendiendo a la escasa guarnición española que se batió hasta el último hombre vivo. Esta escaramuza sería decisiva en el transcurso de los acontecimientos.

En los meses siguientes Amberes, nudo de comunicaciones fundamental para la Corona hispana, sería sitiada, y mientras Zelanda y Holanda se convertían en nuevos estados. Por suerte para el Gran Duque, Francia había sufrido una severa convulsión –la Noche de San Bartolomé–, y debía detraer recursos económicos y soldados de su frontera norte so pena de entrar en guerra civil flagrante. Por lo tanto, los rebeldes se verían privados de una financiación que convertía su movimiento en precario y más vulnerable.

El escándalo internacional era mayúsculo y la Leyenda Negra tenía de qué alimentarse

Durante los meses siguientes, enfrentado a un levantamiento generalizado, el que sería uno de los brazos armados más poderosos del imperio español reaccionaria como animal acorralado. En Malinas y Naarden se pasaría a cuchillo íntegramente a los desgraciados habitantes que habían osado enfrentarse a la bestia desatada. El saqueo derivó en un auténtico aquelarre cuya orgía de sangre ha pasado a la historia reflejada con profusión en los oleos de la escuela holandesa a través de los pinceles de Vroom, Hammel o el célebre La Matanza de los Inocentes de Pieter Brueghel el Viejo. Un temblor turbador recorre las pupilas de cualquier observador con un mínimo de humanidad a la vista de este cuadro, reflejo de un concepto de guerra extrema. El Duque estaba desatado y la compasión no figuraba en la su apretada agenda.

El terror aplicado por el Gran Duque de Alba obligó a los habitantes de Haarlem a resistir hasta morir por hambre en un asedio de seis meses que ha pasado a la historia por su crudeza y posibles casos de canibalismo. A estas alturas ya no cabía negociación alguna. Al revés, la fama y el horror que precedían al militar español radicalizaron la resistencia hasta extremos insospechados. Todos los puentes para el entendimiento habían sido volados.

Como en las intrigantes y laberínticas escaleras de ida y vuelta de Escher, España estaba ganando una guerra perdida.

El escándalo internacional era mayúsculo y la Leyenda Negra tenía de que alimentarse. Más sencillo habría sido contemporizar con las creencias y mantener las alegres leyes naturales del mercado y el dejar hacer. Ahí, nos quedamos clavados durante más de un siglo dilapidando una sangría de recursos que nos llevaría por tres veces a la quiebra de nuestras arcas. Mientras tanto, nuestros enemigos naturales, ingleses y franceses, se frotaban las manos. Qué miopía.

Su última voluntad expresamente pedida al rey por correo confidencial y enviada a uña de caballo, sería la de morir abrazado a su mujer

Condenado el Duque al ostracismo por Felipe II, todavía intervendría con más de setenta años en la manu militari aplicada a nuestro vecino luso para hacer prevalecer los derechos dinásticos del emperador, hijo a su vez de Isabel de Portugal, cuyo marido se había ido a cristianizar en directo a los turbantes del otro lado del estrecho con la mala fortuna de que una lanza despistada le atravesaría el pecho.

El Duque de Alba, ya viejo y cansado del ejercicio de defender las fronteras lejanas de España, se le encargaría el  exitoso ataque a Lisboa. Su última voluntad expresamente pedida al rey por correo confidencial y enviado a uña de caballo, sería la de morir abrazado a su mujer a la vista de la inquietante proximidad de la inexorable visita de las sombras.

No pudo ser, el correo no llegaría a tiempo a su destino y este controvertido general de generales moriría en Lisboa el 12 de diciembre al alba y con la expresa petición de que dispusieran su cuerpo antes del último acontecer, mirando hacia España.

Alvaro Van Den Brule

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