Roma contra Hispania

Escrito por Ignacio Monzón Acosta el . Publicado en Muy interesante

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Se dice que las tierras ibéricas fueron las que más duramente resistieron a Roma en los dos siglos de guerras y combates que las convirtieron en su dominio. Por ello ese periodo está repleto de nombres de indígenas y romanos que generaron un sinfín de episodios bélicos para la historia peninsular.

Quizá ningún suelo hollado por el ser humano se ha salvado de sufrir la maldición de la guerra. Las áreas más ricas en recursos, ya sean metales, alimentos, agua, rutas comerciales o combustibles suelen ser demasiado apetecibles a ciertos grupos que, movidos por cien razones -avaricia, hambre, prestigio, etc.-, emplean la diplomacia de las armas. Ni que decir tiene que la península Ibérica sufrió este mal durante toda su historia como cualquier otra región. Y aunque es cierto que con la dominación romana conoció su mayor periodo de paz éste no se logró, casi como una ironía, sin actividad bélica. Al principio como libertadores, para más tarde pasar a conquistadores, los romanos dieron, a la que llamaron Hispania, 200 años de combates. Parece que finalmente la máxima de los antiguos latinos era cierta: si quieres la paz, prepárate para la guerra.

Oficialmente los contingentes liderados por los hermanos Escipión arribaron al puerto de Ampurias, en el 218 a.C., como aliados de algunos pueblos indígenas que se oponían al creciente imperialismo púnico. Amílcar Barca había llegado a Iberia casi veinte años antes con la intención de crear un poderoso dominio que permitiera a Cartago proveerse de nuevas riquezas y tierras para colonizar. Para ello él y sus sucesores, Asdrúbal y Aníbal, usaron en ocasiones las artes de la negociación con algunos pueblos hispanos para conseguir su apoyo. Eso sí, aparte de los regalos y los enlaces matrimoniales, lo lograron con rehenes tomados de los príncipes indígenas para asegurarse de su cooperación. Y cuando la rama de olivo no era suficientemente atractiva la espada tomaba el relevo, como en parte prueba la campaña de Aníbal a la Meseta Norte en el 220 a.C. Favoreciendo a algunos y perjudicando a otros, es muy lógico pensar que los diferentes pueblos ibéricos comenzaran a ver a los púnicos como unos opresores demasiado poderosos. Así, los romanos se mostraron para algunas de estas sociedades como el mejor aliado para expulsar a los hijos de Cartago.

Durante cerca de trece años, con avances y retrocesos, los romanos combatieron contra sus enemigos con los hispanos como amigos y enemigos a la vez. No es algo extraño si pensamos que Hispania o Iberia fueron términos dados por extranjeros para describir una realidad geográfica heterogénea y nunca una entidad nacional o cultural. En esta península fenicios, helenos y romanos encontraron un buen número de pueblos que la historiografía actual agrupa en íberos, celtas y celtíberos de forma muy básica y que en su interior gestaron conjuntos humanos con ciertas diferencias en materia de lengua, religión o costumbres. Hablando de forma sencilla, no era igual un íbero bastetano que uno oretano por muchas concomitancias que tuvieran. Incluso en cada poblado habría facciones enfrentadas que veían en Roma y Cartago una posibilidad de eliminar a sus rivales.

Con la rendición de Gadir en el 206 a.C. el Imperio de Cartago quedaba oficialmente expulsado de la Península pero entonces se generaba un nuevo problema. Si los latinos habían llegado como amigos y aliados tocaba entonces el momento de marchar, sin embargo eso no sucedió. Pasaron los años y las fuerzas romanas permanecieron en una situación que debió hacer sospechar a las gentes hispanas, hasta que en el 197 antes de la Era el Estado romano declaraba amplios territorios costeros meridionales y orientales dominio directo. Nacían las provincias de Hispania Ulterior o "lejana" y de Hispania Citerior o "cercana".

¿Y qué ofrecían los nuevos dominadores? Lo cierto es que para nosotros, desde nuestra perspectiva actual, la respuesta es fácil. Leyes, organizaciones políticas nuevas, elementos culturales de casi todo el mundo mediterráneo, productos exóticos, avances técnicos y científicos, etc. Pero en un primer momento lo que percibieron las sociedades indígenas fue la de unos intrusos que demandaban en muchos casos tierras, soldados auxiliares y tributos. Sus recursos alimentaban a una Roma que además limitaba su independencia política. Los pueblos que integraban las dos provincias podían comerciar entre ellos, hablar sus lenguas, adorar a sus dioses y vivir de una manera parecida a como lo habían hecho, pero siempre bajo la supervisión de los romanos. Eso sin contar con que muchos aristócratas se dieron cuenta de que el poder les podía ser fácilmente arrebatado por los nuevos amos. No es de extrañar que a algunos esto les pareciera una situación insostenible, aunque sin las pretensiones nacionales que algunas visiones historiográficas les dieron en su día. De hecho uno de los principales problemas era la posesión de las tierras, que en el caso de las comunidades estipendiarias, las de condición más baja, pasaban a la posesión directa de Roma, por lo que sus antiguos dueños debían pagar un stipendium para disfrutar de su usufructo cuando éste se les concedía, además de estar más firmemente controladas por los gobernadores provinciales. Para colmo los publicanos, o recaudadores de impuestos privados romanos, llegaron a provocar más de un problema por sus desmanes a la hora de rapiñar unas riquezas que nunca se les mostraban suficientes. Por su parte, algunos gobernadores vieron en la ampliación de las tierras de las provincias una forma de conseguir suculentos botines de guerra y en las victorias militares unos buenos reconocimientos para sus carreras políticas. A los legionarios el saqueo de comunidades enemigas les proporcionaba recompensas económicas en forma de dinero, bienes y esclavos y para los comerciantes la posibilidad de nuevos productos y materias primas con los que comerciar. Por ello conquistar era hasta cierto punto, un negocio muy lucrativo.

Autor: Ignacio Monzón Acosta - Fuente: Historia de Iberia Vieja

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