La sexualidad de los platelmintos

Por la década del ‘60 apareció una revista con tono burlón y destinada, según su director, a humorizar un poco la ciencia para quitarle ese velo de seriedad y circunspección que tan mal le quedaba. Se trataba del “Worm Runner’s Digest” (Revista del Amaestrador de Gusanos), y fundada en los EEUU por el irreverente psicólogo James V. Mc Connell (5).
En el curso de sus investigaciones, Mc Connell se había interesado por el comportamiento sexual del platelminto, un gusano plano común con la cabeza en un extremo y la cola en el otro. Su indagación lo llevó a concluir que es el animal más antifreudiano que existe: a) al ser hermafrodita no experimenta la envidia del pene, pues tiene ambos sexos; y b) al poseer una misma abertura para comer y defecar, tiene confundidos sus estadios oral y anal.
Sin embargo, el interés original de Mc Connell no fueron los hábitos sexuales de este bicho imposible de acusárselo de machista o feminista, sino la posibilidad de amaestrarlos, lo que implicaba poder transmitirles cierta información para memorizar. Fue así que cierto día amaestró a un gusano y luego, presa de un ataque de sadismo, como él mísmo reconoce, lo cortó en dos pedazos. A partir de la cabeza se formó un nuevo gusano y a partir de la cola otro igual, ambos enteros con cabeza y cola, y comprobó no sólo que cada nuevo gusano recordaba lo aprendido, sino además que las colas recordaban aún mejor que las cabezas. Mc Connell concluyó que, al menos para los gusanos, perder la cabeza en realidad mejoraba la memoria.
Otro experimento consistió en agarrar un gusano -siempre desprevenidamente- y cortarle solamente la cabeza en dos mitades. Cada mitad regeneraba una cabeza entera, con lo cual se obtenía un gusano bicéfalo. Para sorpresa de Mc Connell, este gusano recordaba aún mucho mejor lo aprendido que cuando era normal, con lo cual obtuvo una segunda conclusión: para la buena memoria, es mejor tener dos cabezas en vez de una sola.
Otra experiencia, finalmente, se realizó cortando un gusano amaestrado en trocitos muy pequeños y dándoselos de comer a otros gusanos no amaestrados pero sí muy hambrientos, los cuales pronto empezaron a ‘recordar’ lo que habían aprendido. Basándonos en este experimento, podríamos llegar a una nueva conclusión: si usted quiere ser inteligente, cómase un muslito de Einstein.
Obviamente, las investigaciones de Mc Connell tenían su lado serio. Lo que en última instancia buscaba era el factor capaz de transferir la memoria, concluyendo finalmente que se trataba del ARN (ácido ribonucleico), pero la seriedad de esta preocupación no tenía porqué prescindir del lado cómico del asunto. Como en la vida, en la ciencia podemos ser responsables sin por ello perder el humor.
Urgido por su jefe de departamento, que lo conminaba a publicar o morir no importando si la investigación era mala (”total el decano no se iba a dar cuenta”), Mc Connell publicó finalmente sus conclusiones y, para su sorpresa, los únicos que se interesaron por su artículo no fueron sus ilustres colegas sino alumnos del colegio secundario, que lo atiborraron de cartas preguntándoles todo acerca del cuidado y amaestramiento de gusanos.
“Algunos de ellos -cuenta Mc Connell-, nos escribían exigiéndonos ‘de inmediato’ algunos centenares de animales ya amaestrados, pues ellos mismo no tenían tiempo para ponerse a hacerlo”, lo cual venía a demostrar que seguramente habrían de ser brillantes científicos. Entre Mc Connell y sus ayudantes terminaron armando un manual para alumnos, que finalmente se convirtió en el primer número de la Revista del Amaestrador de Gusanos. Hasta el momento en que Mc Connell rememoraba toda esta historia habían pasado ya diez años y la revista seguía saliendo con una circulación internacional (36 países) de miles de números, habiendo ya incorporado toda clase de artículos serios entremezclados con burlas, sátiras y anécdotas de todo tipo. No pocas veces algún lector desprevenido se enfrascaba en la lectura de un trabajo y por la mitad descubría que en realidad era una sátira. Hubo que imprimir los textos fraudulentos en forma invertida para evitar la confusión entre la ficción y la realidad
Pablo Cazau. Licenciado en Psicología y Profesor de Enseñanza Media y Superior en Psicología (Universidad de Buenos Aires). Ejerce la docencia en las Cátedras de Psicopatología, Problemas de Aprendizaje, Epistemología, Didáctica General y Diseños Experimentales. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.


